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Aquí hay ciencia

Un descontrol de calor

Miguel Barral Actualizada 21/11/2016 a las 17:31
Playa de Salou el 1 de noviembre.EFE

Cuando los medios de comunicación nos abruman con el irrefutable dato de que el periodo 2011-2015 ha sido el más cálido de la historia (desde que hay registro de temperaturas) y que según todos los pronósticos, 2016 apunta a batir récords, lo que demuestra que este incremento de la temperatura media anual es una tendencia; y cómo esto va afectar al medio ambiente y al planeta, con el deshielo ártico, el incremento del nivel de los mares, el efecto invernadero, la capa de ozono, la extinción de especies, la mayor incidencia de huracanes, lluvias torrenciales y otros fenómenos meteorológicos extremos, la extensión de epidemias y plagas, y tantos otros escenarios catastrofistas; a mí me ha dado por mirarme al ombligo y pensar en cómo este “largo y cálido verano” va a afectar a mi forma de ser y a mi relación con mis vecinos.

Que lo va a hacer, si atendemos al nuevo modelo, presentado por la Vrije Universiteit Amsterdam y la Ohio State University el pasado mes de julio, que bajo el acrónimo de CLASH (CLimate Aggression and Self-control in Humans) explica –o al menos pretende hacerlo- cómo el clima moldea nuestra forma de ser. Y de paso, sirve para justificar el estereotipo de la bulliciosa, por no decir bullanguera forma de ser de los latinos y/o mediterráneos.

La idea fundamental sobre la que se vertebra el nuevo modelo es que un clima caluroso favorece una estrategia o estilo de vida más despreocupado e inmediato, más centrado en el aquí y ahora, el carpe diem, que en los objetivos y planificación a largo plazo. Recurriendo a la fábula, más próximo a la cigarra que a la hormiga. Y que a la postre se traduce en un carácter más impulsivo y descontrolado.

Desde un punto de vista simplista -o evolutivo-, lo anterior se justifica porque en climas cálidos los individuos no tienen que preocuparse y organizarse para almacenar comida, apilar leña y remendar las prendas de abrigo en previsión de soportar y superar el crudo invierno. Expresado en términos coloquiales, que el buen tiempo nos vuelve más despreocupados y 'viva-la-vírgen'. Porque si mañana no estamos 'pa ná' tampoco es tan grave.

Hasta aquí todo buenas noticias, porque ¿a quién no le gusta la fiesta de la que es sinónimo el verano? Pero según el modelo, el clima cálido, también conlleva que seamos más impulsivos, irritables y agresivos. De nuevo desde una perspectiva simplista/evolutiva, el calor favorece el aumento de estrés ante la sudoración excesiva, la proliferación de parásitos y bichos varios, la dificultad para descansar… Por eso cuando hace demasiado calor enseguida se enciende uno. A lo que hay que sumar la 'inflamable' convivencia con más gente durante más horas, al pasar más tiempo en la calle.

Algo fácil de entender ahora que se acercan las entrañables fechas y fiestas navideñas. Y es que no es lo mismo celebrar el Año Nuevo en una atestada playa de Copacabana, buscando desesperadamente un sitio donde extender tu toalla y siendo salpicado por miles de copas de champán por el camino; que cada uno recogido en su casa (y Dios en la de todos), al amparo de la chimenea y viendo cómo nieva; y donde como mucho podrás pelearte con tu cuñado y/o tu suegro. Claro que el modelo no concluye nada en lo tocante a eso.




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