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Educación

Lección de neurociencia para profes

Los últimos hallazgos de la neurociencia sobre cómo aprende nuestro cerebro aportan algunas claves para que los educadores lo tengan más fácil a la hora de enseñar nuevos conocimientos y habilidades a sus alumnos.

Elena Sanz 17/11/2016 a las 06:00
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El buen funcionamiento de la memoria se puede favorecer desde fuera, algo muy interesante desde el punto de vista educativo.Camilla Nilsson

«La mayor parte del cableado de las neuronas del cerebro surge después de nacer y depende de las experiencias que viven los críos», concluía el panel de expertos de una comisión educativa estadounidense creada para analizar el impacto de la investigación neurocientífica sobre las políticas educativas. Y recordaban a los docentes que la inteligencia de una persona depende de las conexiones –sinapsis– entre neuronas, y esas conexiones, a su vez, están condicionadas por el entorno en que nos educamos y formamos. Desde que la ciencia echó por tierra la idea de que nacemos con un número fijo de neuronas, la responsabilidad de los maestros ha aumentado. Que el cerebro no sea rígido sino moldeable y plástico, continuamente reorganizándose, implica que la etapa escolar define en buena medida con qué sesera creceremos.

Claro que si el cerebro cambia y se reorganiza constantemente, ¿cómo conseguimos aprender y fijar conocimientos? Se lo debemos en parte a unas células con forma de estrella consideradas hasta hace poco meros actores de reparto del cerebro: los astrocitos. Según averiguaron un par de años atrás investigadores de la Universidad de Ginebra (Suiza), estas células forman complejas estructuras alrededor de las sinapsis que protegen las conexiones entre neuronas, las estabiliza y se ocupan de que sean duraderas. Es más, cuantos más astrocitos cercan una sinapsis, más tiempo dura esta. Y más fácil es que lo que hemos aprendido se grabe a fuego en nuestra memoria.

Aprender del error

Lo interesante desde el punto de vista educativo es que el buen funcionamiento de la memoria también se puede favorecer desde fuera. La primera lección que nos enseña la neurociencia es que tener la oportunidad de equivocarnos nos vuelve más sabios. Escudriñando el cerebro de decenas de universitarios con escáneres de resonancia magnética, un equipo de neurocientíficos liderado por Giorgio Coricelli, de la Universidad del Sur de California (EE. UU.), demostró que cuando nos equivocamos pero se nos da la oportunidad de aprender del error, en el cerebro se activan las áreas del circuito de recompensa. Es decir, un fallo nos causa tanto placer como ganar un trofeo o sacar un sobresaliente. Siempre y cuando entender lo que hemos hecho mal nos dé la oportunidad de triunfar la próxima vez.

Curiosidad y memoria

La curiosidad mató al gato, pero reaviva a los estudiantes. Es más, cuando la curiosidad nos pica nuestras neuronas retienen información con mayor facilidad. De probar el estrecho vínculo entre curiosidad y memoria se encargaron Matthias Gruber y sus colegas de la Universidad de California. Sus pesquisas muestran que, cuando se logra generar un estado de curiosidad, cualquier información –y no solo la que despertó nuestro lado indagador– se memoriza mejor. Y que este efecto sobre la capacidad de retener información dura nada menos que 24 horas. «La curiosidad, una vez que se despierta, funciona como un remolino o vórtice que absorbe toda la información que exista alrededor que sea susceptible de aprender», concluía Gruber.

Hacer de profe y gesticular

La retentiva mejora asimismo cuando se le pide que aprenda para enseñar en lugar de estudiar para afrontar con éxito un examen. Un estudio de la Universidad de Washington sacó a relucir que cuando alguien estudia con la previsión de convertirse en instructor de lo que está aprendiendo, la información se organiza mejor en su sesera y retiene mejor los datos importantes. Después de todo, somos animales sociales, y nuestro cerebro no lo disimula. De ahí que el trabajo cooperativo –aprender interactuando con otros– también favorezca el aprendizaje.

Lo que no hay que frenar mientras estudiamos son las manos. Porque se ha comprobado que los gestos ayudan a memorizar. En concreto, los críos que usan los dedos de las manos para resolver problemas matemáticos son tres veces más propensos a recordar lo aprendido que aquellos que afrontan la tarea con las manos quietas, según un estudio que publicaba la revista ‘Cognition’. A la hora de aprender un nuevo idioma, ya sea el materno o uno extranjero, gesticular también favorece la retentiva. Sin olvidar que se ha comprobado que cruzando los brazos persistimos más en el empeño y resolvemos mejor los problemas que con las extremidades extendidas.

¡En pie!

Otra estrategia que funciona bien en el cole es pedirles a los estudiantes que se pongan de pie. Es más, al levantarse, la participación y la implicación de los chavales en las clase aumenta hasta un 12%, según cálculos de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Texas, que sugiere usar pupitres altos en los que los alumnos no estén sentados sino erguidos.

Tampoco es mala idea tararear lo que estamos aprendiendo. Sobre todo en clase de inglés o francés. Científicos de la Universidad de Edimburgo demostraron hace poco que memorizamos el doble palabras en un nuevo idioma si las cantamos, en comparación con lo que retenemos cuando solo las pronunciamos en voz alta, tal y como se podía leer en ‘Memory and Cognition’. A estos efectos positivos se le suma que, después de cantar, las tareas que requieren dosis de creatividad se nos dan mejor, sobre todo si se trata de una canción animada y con ritmo.

Recreo y deporte

Otra conclusión neurocientífica irrefutable es que tanto el recreo como la clase de gimnasia son tan importantes para el coco como el resto de actividades escolares. Al fin y al cabo, hincar los codos resulta mucho más efectivo cuando se practica deporte. De hecho, cuanto más ejercicio practica un chaval, más grande es el área de su cerebro dedicada a la memoria. Sin ir más lejos, los alumnos que se someten a un test de comprensión lectora, ortografía o aritmética después de una actividad aeróbica moderada de 20 minutos obtienen mejores resultados que quienes permanecen quietos ese rato. A esto se le suma que un estudio británico demostró que quienes practican ejercicio físico habitualmente sacan mejores notas en inglés, ciencia y matemáticas. Y cada 15 minutos ‘extra’ de ejercicio diario pueden aumentar la nota de bien a notable o de notable a sobresaliente. Entre otras cosas se debe a que ejercitarnos aumenta los niveles de una proteína llamada factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), que mantiene a las neuronas sanas y aumenta la plasticidad neuronal, indispensable para aprender.
 
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