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Aquí hay ciencia

La técnica que nos reencontró con los neandertales (el otro era el mismo)

En algunas cuevas, tiempo y espacio se abrazan. Descubre la técnica que ha revelado a los neandertales como los artistas más antiguos hasta ahora conocidos.

 

Jesús Méndez 02/03/2018 a las 05:00
Pinturas en la cueva de La Pasiega hechas por neandertales hace más de 64.000 añosReuters

El otro era (más o menos) el mismo.

Tres misteriosas cuevas españolas escondían la prueba de nuestro racismo histórico. Una mano en negativo, un depósito mineral cubierto de pintura, las líneas de una escalera: las que creíamos que podían ser algunas de nuestras pinturas artísticas más antiguas ni siquiera las hicimos nosotros. Una nueva técnica de datación deja pocas dudas sobre sus autores: fueron los neandertales, nuestros denostados primos extintos. Los —rudos, toscos e indignos de llamarse humanos modernos— neandertales jugaban a ser artistas mucho antes de que nosotros ni siquiera llegáramos aquí.

Este nuevo capítulo de humildad histórica y evolutiva se ha publicado hace unos días en la revista 'Science'. Las pinturas, en cuevas de Cantabria, Cáceres y Málaga, eran magnéticas por su misterio. La idea anterior era que tenían unos 40.000 años, más o menos el momento en que los humanos modernos alcanzamos la península. Es decir: podíamos haberlas pintado nosotros.

Pero no. La nueva técnica, basada en la datación radiactiva de uranio-torio, dice que se realizaron al menos 20.000 años más atrás. Que se sepa, como representantes del género homo en ese entonces solo se encontraban los neandertales. Eso significa que no tenemos la exclusiva del arte ni del pensamiento simbólico, al que considerábamos tan propio. Cuando las pintaron, ni el dinosaurio ni nosotros estábamos allí.

Los neandertales han ido recibiendo todo tipo de desprecios. Eran más bajos, de anatomía más ruda, con la frente huidiza. La posición de su laringe difería, y eso hacía pensar que no tenían nuestro lenguaje hablado, que ni siquiera compartíamos formas de pensamiento. Los humanos modernos somos de una homogeneidad genética tal que debería invalidar desde la base cualquier tipo de tentativa racista. Para eso, y para quien quisiera, existía el consuelo histórico. Al fin y al cabo, por alguna razón ellos se extinguieron y nosotros no.

Ahora el arte y la técnica nos los acercan. Quizás no fueran el mismo, quizás no se comunicaban igual y, aunque nos gustaban lo suficiente como para tener hijos con ellos y acoger genoma neandertal, muchas veces el proyecto fracasaba por incompatibilidad. Quizás no eran el mismo, pero estaban bien cerca. Para saberlo ha hecho falta una nueva técnica, un método: la datación uranio-torio. La frialdad de un conteo radiactivo y aparentemente ausente para cambiar la biografía de lo más íntimo y vivo.

“No es ninguna metáfora sentir la influencia de los muertos en el mundo, así como no es ninguna metáfora escuchar el cronómetro de radiocarbono, el contador Geiger amplificando la débil respiración de una roca de cincuenta mil años de edad. (Como el pálpito débil tras la pared de la matriz)”. Eso escribe Anne Michaels en su libro 'Piezas en Fuga'. Y un poco después: “La memoria humana está codificada en corrientes de aire y sedimentos fluviales. Éskeres de ceniza esperan ser recogidos, vidas reconstituidas”.

El párrafo es precioso pero el radiocarbono aquí no servía. Decir radiocarbono equivale a decir datación por carbono-14, la técnica estrella de la radiocronología. De manera sencilla, funciona así: los organismos vivos generan e intercambian continuamente moléculas orgánicas, basadas en el carbono. Una mínima parte del que se encuentra en el planeta es radiactivo, originado por la entrada de rayos cósmicos en la atmósfera. Decir radiactivo es también decir inestable: es decir que con el tiempo se transforma, 'decae', y se convierte en nitrógeno, un elemento de lo más imperturbable. Cuando un ser vivo muere deja de intercambiar carbono, por lo que el carbono-14 queda atrapado. Como sabemos el tiempo medio que tarda en transformase, podemos estimar su antigüedad a partir de su proporción hasta un máximo aproximado de 50.000 años.

Pero aquí no servía. Las pinturas eran minerales, no orgánicas. Y su antigüedad bien podía ser superior.

Se usó entonces el más moderno sistema uranio-torio, muy útil cuando las pinturas están recubiertas de carbonato cálcico, como la calcita que abunda en estas cuevas. También de forma sencilla, funciona así: el uranio es soluble en el agua que llega hasta las cuevas. Con el tiempo, y por las propiedades del agua en ese entorno, se van formando depósitos minerales de carbonato, que acabarán dando lugar a estalactitas y estalagmitas y que atrapan a los elementos en su interior. Una pequeñísima parte de ese uranio es uranio-234, inestable y radiactivo, que con el tiempo se transforma en torio-230. El torio no se disuelve en agua, por lo que no estaba presente al inicio y solo se produce por transformación. Midiendo lo acumulado y mediante ciertos cálculos matemáticos se puede estimar la edad de una muestra hasta los 250.000 años de antigüedad, la 'respiración de la roca'.

Y basta con tomar unos pocos miligramos.

Eso hicieron los investigadores. Rascaron hasta llegar cerca de las pinturas, pero sin tocarlas. “Estamos arañando la superficie de un mundo completamente nuevo”, escenificó João Zilhão, investigador de la Universidad de Barcelona y coautor de la publicación. Esa superposición histórica y espacial, de materiales y biografías, dictaba una antigüedad mínima de las pinturas: tenían al menos 65.000 años. Esa era la edad del fragmento más próximo que pudieron recoger y que era forzosamente más reciente de lo que eran ellas. En las cuevas, tiempo y espacio se abrazan indefectibles.

Aún más: en un trabajo paralelo y publicado al unísono, la técnica ha permitido fechar la edad de unas conchas marinas perforadas y pintadas a modo de collares que hace años se encontraron en una cueva de Cartagena, en Murcia. En 2010 se calculó, de forma indirecta, que eran de hace unos 50.000 años. Ahora se ha doblado la edad: tienen al menos 115.000. Esto significa que los neandertales, por lo que se sabe hasta ahora, los fabricaban y decoraban más de 20.000 años antes de que los humanos modernos comenzáramos a hacerlo en África.

Esto dice Michael Ondaatje, el escritor canadiense autor de 'El paciente inglés', donde se recrea cómo el conde de Almásy descubría la cueva de los nadadores, una gruta con pinturas rupestres de figuras nadando en lo que ahora es el desierto al suroeste de Egipto: "El pasado sigue siendo un lugar que no está resuelto de forma segura".

Para confirmarlo, una técnica ha venido a decirnos que estuvimos menos solos de lo que creíamos. Vidas reconstituidas nos gritan que el otro era (casi) el mismo.





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