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Salud

Ictus: Inspirados por Mandela

Aprender de nuevo a hablar, a caminar, a moverse. El ictus se presenta sin avisar y solo con un esfuerzo diario se pueden
superar los obstáculos. Asociaciones atienden a familiares y afectados con terapias y recursos, pero la lucha final es personal.

David Navarro Actualizada 24/10/2016 a las 13:50
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Palmira Sancho. La fisioterapeuta Sara Beltrán trabaja con Palmira en favorecer los movimientos para fortalecer el lado sano y ganar en elasticidadOliver Duch

La frase es de Nelson Mandela, y cuelga de la pared de la sala de la logopeda. "Todo parece imposible..., hasta que se hace". Porque tras un ictus que deja secuelas físicas la vida se convierte en un reto continuo, "supone volver a empezar, y solo con perseverancia y constancia se puede superar el día a día. Por eso, nuestro mensaje como equipo es que todo es posible, que vamos a intentarlo", resume Marta Mañeru, logopeda de la Asociación de Ictus de Aragón (AIDA), y que en su gabinete atiende a pacientes que tras sufrir un episodio presentan problemas de habla. "Nunca se sabe cuál es el límite de tiempo para trabajar, ni tampoco cómo evolucionará la persona. Cada ictus es diferente, pero tiene un elemento en común:del esfuerzo personal dependerá si parte de esas secuelas logran revertirse".



El ictus es un accidente vascular que interrumpe el riego de sangre al cerebro. Dependiendo de su gravedad y de la rapidez en la intervención médica puede causar un fallecimiento, dejar graves secuelas o significar un simple aviso. "Se habla poco del ictus, mucha gente todavía no reconocen los síntomas, ni sabe qué hay que hacer si alguien a su lado lo está sufriendo. Pero es un hecho que afectará a uno de cada seis aragoneses a lo largo de su vida, que sufren más de 3.000 personas cada año en Aragón, y que puede significar la muerte o graves secuelas físicas si no se actúa con rapidez", destaca Miguel Lierta, secretario de AIDA. "El ictus viene de repente. No hay un aviso previo, y muchos hacen caso omiso de las señales que indican que se puede producir:tensión alta, colesterol alto, estrés...". Por ello, para esta próxima semana han organizado talleres y actividades que coinciden con el Día Mundial del Ictus (29 de octubre), con el fin de concienciar a la población, "porque un cambio en nuestro modo de vida y un conocimiento mayor no solo reducirán la tasa de mortandad, sino las secuelas posteriores", señala Lierta. Hace unos años, un tercio de los afectados fallecía, otro tercio quedaba con graves secuelas y el resto lograba recuperarse. Ahora, y gracias a las campañas de información, los cambios sanitarios y una mayor concienciación, el 40% sobrevive sin daños y la mortandad ha bajado al 12%.

Reaccionar a tiempo

Volver a empezar no es fácil. Volver a aprender a andar, a moverse, a masticar y tragar, a pronunciar frases, a mover una mano... "Sucede de un día para otro. Te acuestas bien y cuando te levantas no te puedes mover. Sin previo aviso", cuenta Mariano Oriz, zaragozano de 61 años que en 2012 sufrió un ictus mientras dormía. "No tenía ni idea de lo que era el ictus, lo había oído, pero poco más. Yo vivía en Almería, en Cabo de Gata, solo. Me acosté perfectamente y al levantarme para ir al baño me caí al suelo. Ya no me pude mover, ni tenía a nadie en casa a quien avisar de lo que me sucedía. No podía levantarme, ni siquiera arrastrarme para ir al teléfono, porque tenía toda la parte izquierda del cuerpo paralizada. Estuve así 29 horas. Más de un día tumbado en el suelo, sin saber si me encontrarían, de la ansiedad sufrí un ataque cardíaco". Finalmente, sus hijos llamaron a la Guardia Civil, preocupados porque su padre no cogía el teléfono, y Oriz fue llevado al hospital. "Pero había pasado ya demasiado tiempo, demasiadas horas, y poco se pudo hacer". 

Las campañas de prevención y atención se centran en aprender a identificar un ictus:si el afectado no puede hablar, o no logra coordinar sus movimientos o su sonrisa no es simétrica, se debe llamar al 061 y alertar de que se ha producido un ictus para que se inicien los protocolos hospitalarios. La rapidez de reacción es la clave, según explica Carlos Tejero, neurólogo del Hospital Clínico de Zaragoza, "porque los medicamentos pueden recuperar el flujo sanguíneo en las primeras cuatro horas y media, y otros tratamientos lograrían efectos similares en ocho horas. Después, todo dependerá de qué zona del cerebro se ha visto afectada por la falta de riego". En ese esfuerzo por actuar con la máxima rapidez y evitar fallecimientos o secuelas graves, se creó en Aragón un plan específico para que todos los pacientes tengan acceso al tratamiento, ya sea en hospital o mediante teleasistencia. "El protocolo ha logrado bajar casi un 10%el número de fallecidos y descender a menos de la mitad las secuelas graves".

"El problema venía una vez el paciente recibía el alta hospitalaria. La Seguridad Social ofrece un buen servicio de rehabilitación, que además se inicia desde el primer momento, pero el trabajo de los afectados ha de ser continuo y de por vida. Por eso fue tan importante crear esta asociación", destaca Miguel Lierta. "Antes del año 2000, la persona que había sufrido un ictus era un bicho raro, nadie hablaba de ellos, no se les veía por la calle... Y para pacientes y familia era un problema tremendo, porque rompía toda una vida y había que empezar de nuevo. La asociación ha sido un alivio".

AIDA acoge a las familias, es un lugar de encuentro y recursos para agrupar, informar, asesorar, rehabilitar y dar apoyo psicológico. Un servicio gratuito, ya que la asociación funciona gracias a aportaciones de socios y fondos públicos. Cuenta con un equipo de un médico rehabilitador, cuatro fisioterapeutas, tres terapeutas ocupacionales, dos neuropsicólogos, dos logopedas y una trabajadora social. Los primeros seis meses son clave para la recuperación de la movilidad y el aprendizaje, "porque nuestro cerebro tiene elasticidad y neuronas nuevas pueden aprender las funciones de aquellas que han muerto por falta de riego", señala el doctor Tejero.

Un trabajo emocional

Con Mariano Oriz trabaja la fisioterapeuta Sandra Carnicero, de 28 años y natural de Calatorao (Zaragoza). Desde hace cinco años atiende a pacientes en el centro de rehabilitación, sobre todo para evitar la epasticidad muscular, el ‘acartonamiento’ de los músculos de la parte inmovilizada. "Es importante mantener la flexibilidad para poder hacer tareas normales, comer solo, ser independiente. Hay que aprender a moverse, aprovechar cada recurso. Pero nuestro trabajo es también emocional, porque esos primeros seis meses han de aprovecharse al máximo, y son precisamente los más duros psicológicamente, porque la persona ha de asumir que su vida ha podido cambiar para siempre. Así que el trabajo es de equipo, porque solo un buen estado de ánimo puede llevar a la recuperación".
Es el caso de Palmira Sancho, vecina de Alfocea (Zaragoza), de 78 años, y que sufrió un ictus en 2010. Tuvo suerte, porque una vecina percibió rápidamente que algo raro pasaba y llamó al hospital. "Pero sufrí varios ataques más al llegar al Servet, que me dejaron la parte derecha paralizada", explica. Pero Palmira luchó desde el primer día, y trabajó muy duro para recuperar movimientos, aprender a valerse, y el trabajo duro que realizó con los especialistas del hospital y, después, en AIDA, le permitieron recuperar los músculos faciales. "Es un logro importante, porque no solo es vital la comunicación para llevar una vida lo más normal posible, sino que esos músculos intervienen en la deglución de alimentos", explica la logopeda Marta Mañeru. En su gabinete está Mercedes Tirado, que sufrió un ictus y ha de aprender de nuevo articular palabras. "Acciones tan intuitivas como hablar se realizan con una parte del cerebro que, tras quedar dañada, ya no funciona. Mercedes tiene que aprender de nuevo a pronunciar cada consonante, tomar aire...".

En esa lucha diaria que supone la rehabilitación tras el ictus, la familia es fundamental. "Porque las personas tienen que trabajar en su casa, y si tienen a alguien que les anima el resultado será mejor", considera la fisioterapeuta Sara Beltrán. Con ella, Palmira y Mariano trabajan en el equilibrio y control de músculos, relajación y procesos de levantarse y sentarse. "Y para que esa familia esté implicada, pero que también pueda rehacer su vida, trabajamos en AIDA con talleres, ayuda extra en domicilio, valoramos la situación social...", enumera Ruth Ambrós, trabajadora social del centro. Talleres de cine, para favorecer la relación entre pacientes, o de ocio, para que salgan a la calle y aprendan a esquivar las barreras arquitectónicas, contribuyen a cambiar la mentalidad y dan fuerzas para afrontar el nuevo proceso de aprendizaje. "Ycada paciente tendrá que desarrollar sus propias capacidades –concluye el doctor Tejero–. Más allá del trabajo hospitalario está el factor emocional. El poder de convicción de que se puede, porque si el paciente se convence de que podrá, logrará más de lo que creía". Como Mandela, que en prisión mantuvo la esperanza de una libertad que llegaría décadas después. Porque todo parece imposible, hasta que se hace.




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