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Viticultura

Vinos nuevos con mucha historia

Existe un sello de calidad que asocia las virtudes del vino al territorio en el que se producen. Es la Indicación Geográfica Protegida Vinos de la Tierra. Y en Aragón hay seis.

Chus García 21/11/2016 a las 10:30
Vinos de calidad de una de las bodegas incluidas en la Indicación Geográfica Protegida del Bajo Aragón.Guillermo mestre

No todo el vino que pasea por el mundo la calidad del viñedo de Aragón luce el sello de una de sus cuatro denominaciones de origen. Existen otros caldos, no de menos cualidades, que se están abriendo paso en los mercados de todo el mundo avalados por una relativamente nueva figura de calidad cada vez más conocida y reconocida por expertos y consumidores.

Son los llamados Vinos de la Tierra, que comenzaron a tomar forma allá por 1999 y fueron perfilándose con la Ley de la Viña y el Vino de 2003 y la ley de calidad alimentaria de 2006 como una mención que garantizaba el origen geográfico, las variedades utilizadas y las características de los vinos de unas zonas con no poca tradición pero mucho olvido. En Aragón esta figura se esparció por seis zonas productoras que dieron apellido a los Vinos de la Tierra del Bajo Aragón, de la Ribera del Gállego-Cinco Villas, de Valdejalón, de la Ribera del Jiloca, de Valle del Cinca, y de la Ribera del Queiles, esta última compartida con Navarra.

Lo que comenzó siendo una relación de municipios productores en los que se regulaban las variedades a cultivar tomó velocidad cuando en 2012 la entrada de la nueva Ley del Vino, auspiciada por la Unión Europea, dio a estos caldos categoría de Indicación Geográfica Protegida (IGP). Un paraguas que resguarda a «aquellos vinos procedentes y elaborados en un área geográfica delimitada, teniendo en cuenta unas determinadas condiciones ambientales y de cultivo que puedan conferir a los vinos características específicas y que poseen una calidad, reputación u otras características específicas atribuibles a su origen geográfico». Así lo dice la normativa comunitaria, que en ningún caso establece si estas cualidades están por encima o por debajo de las que caracterizan a los vinos con denominación de origen, de los que se diferencian porque en las IGP al menos el 85% de las uvas procede exclusivamente de la zona geográfica, un porcentaje que en el caso de la D. O. tiene que alcanzar el 100%.

Aunque así se han presentado en el mercado desde hace apenas cuatro años, los vinos que lucen este marchamo no son nuevos, como tampoco es nuevo el arte de la vitivinicultura en las comarcas en las que se elaboran. En los 190 pueblos que integran los Vinos de la Tierra en Aragón, la existencia del viñedo se remonta, como mínimo, a la Edad Media. Muchos de ellos eran importantes centros de comercio de este alimento, en la mayoría la vid era el cultivo primero y son muchas sus cooperativas y bodegas que hunden sus raíces en la primera mitad del siglo XX. Un poderío, que fue perdiendo terreno en la década de los 80 al mismo tiempo que avanzaban las ayudas para el arranque de viñedo, que ahora remonta con los galardonados caldos que producen 25 bodegas que engloban 2.237 hectáreas de cuyo fruto se elaboran 60.619 hectolitros de vino, según los últimos datos del Gobierno de Aragón.

El objetivo primero, y hablamos de 1999, fue delimitar aquellas zonas en las que podía elaborarse vino de calidad embotellado. No hubo que inventar nada. Aragón es tierra de viñedo y su cultivo había estado extendido, más allá de la limitación geográfica que establecieron las denominaciones de origen, por toda la Comunidad, como poco, desde la época de los Templarios.

«No se trataba entonces de una figura de calidad sino de la delimitación de zonas geográficas asociadas a una viticultura tradicional en las que se reconocía que habían existido viñedos y se habían elaborado vinos durante muchísimos años», explica Paula Yago, presidenta de la Asociación Vinos de la Tierra de Aragón.

Se establecieron así seis zonas, una de ellas compartida con la vecina Navarra, aunque el trabajo se limitó entonces a enumerar los municipios y las variedades tradicionales en cada una de ellas. «Y poco más», destaca Yago, que recuerda que habría que esperar hasta 2012 para que esta mención tuviera categoría de sello de calidad internacional. En ese año la UE normalizó la norma que todos los países tenían que cumplir en aquellos aspectos relacionados con los caldos de calidad. Y los Vinos de la Tierra acompañaron su nombre con tres nuevas siglas, IGP, esto es, Indicación Geográfica Protegida.

No fue, sin embargo, tan sencillo. Cada zona,
detalla Yago, tuvo que redactar un pliego de condiciones en el que se autoimpusieron los requisitos que sus integrantes tendrían que cumplir. «Hubo que detallar rendimientos (producciones por hectárea) así como las características fisicoquímicas y organolépticas de los vinos y todo ello tenía que estar certificado por una entidad externa y homologada», matiza.

Con todo este trabajo comenzó también la revitalización vitivinícola de municipios históricamente productores de los que el viñedo se había marchado de la mano de las políticas agrarias que subvencionaron, especialmente en los años 80, el arranque de estas producciones.

Un revulsivo

«Se levantaron nuevas bodegas, se recuperaron cooperativas que estaban cerradas y se impulsaron aquellas instalaciones que elaboraban vino pero lo comercializaban a granel», destaca Yago, que también es directora gerente de Bodegas Témpore, situada en la IGP Vinos de la Tierra del Bajo Aragón. Pero sobre todo, insiste, «se generó valor añadido que se queda en el territorio, porque estas bodegas, que están en municipios con poca población y escasa actividad económica, han servido de revulsivo en aquellas problaciones en las que están instaladas».

No es que estos vinos se colgaran el nuevo sello y inmediatamente fueran recibidos con los brazos abiertos por el mercado. Hubo que poner mucho esfuerzo y trabajo en la promoción. «Ahora, en 2016, el consumidor tiene claro qué es un Vino de la Tierra, lo aprecia y lo posiciona, pero cuando empezamos se sorprendían y no distinguían ese concepto de figura de calidad asociada a un zona geográfica determinada», señala Yago.

Más fácil resultó la presentación en los mercados exteriores, sobre todo porque todos los países europeos productores, especialmente Francia e Italia, «comparten el formato IGP». Eso y la calidad de sus caldos -son numerosos los Vinos de la Tierra de Aragón que han conseguido elevadas puntuaciones de los gurús internacionales o que han subido al podio en las más prestigiosas competiciones internacionales- les ha permitido conquistar paladares de todo el mundo y actualmente todas estas bodegas exportan -algunas incluso el 90% de su producción- a mercados vecinos, como Europea, o tan lejanos como Estados Unidos o los países asiáticos. «De todas formas -puntualiza la presidenta de la asociación- en la comercialización internacional no importa tanto la vinculación con la tierra. Se compite con variedades, con calidad o quien quiere lo hace con volumen y precio, pero no cuenta tanto el origen».

A futuro

Aunque es mucho el camino recorrido, quedan todavía numerosos pasos por dar. En ello trabaja la Asociación Vinos de la Tierra de Aragón, cuyo objetivo se centra, explica su presidenta, en conseguir un mayor peso específico y, con él, un mayor reconocimiento institucional. «Es cierto que en ocasiones somos y nos sentimos el hermano pobre», señala Yago, aunque reconoce que la falta de disponibilidad presupuestaria del Gobierno central y autónomico durante la larga crisis se ha sentido en todas las figuras de calidad, llámese IGP o D. O.

No es su única misión. La asociación lleva dos años de continuas reuniones con Agroseguro, titular de las pólizas de viñedo, para poner fin a una discriminación en las indemnizaciones. «Esta entidad no ha tenido en cuenta la asimilación de las zonas con IGP a figuras de calidad, por lo que en caso de siniestro (pedrisco, heladas, etc.), la indemnización por kilo de uva es ridícula si se compara con lo que se paga a los viñedos amparados por una denominación», señala Yago, que insiste en que «curiosamente» las primas que pagan los viticultores no son inferiores por pertenecer a una IGP. «De momento nos escuchan, pero no dan solución, aunque seguiremos insistiendo», matiza.

Y todo ello sin dejar mirar a los mercados porque el objetivo que dio vida a esta asociación es el continuo impulso de la comercialización.



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