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Ubicación / desubicación

Paisaje y geometría de dos artistas complementarios: Sarramián y Silván.

Alejandro Ratia Actualizada 26/05/2015 a las 22:14
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Una de las espectaculares piezas de paisaje del riojano Julio Sarramián. Al lado, una composición de color y geometría de Cristina Silván.A del Arte

Julio Verne viajó mucho menos que sus personajes. De Emilio Salgari dicen que no se movió de casa. Sus descripciones de escenarios pintorescos, sea un volcán islandés o los manglares de la India, se beneficiaron del trabajo de las Sociedades Geográficas. Si a finales del siglo XIX, los espacios en blanco ya eran pocos en los mapas, hoy no hay rincón que se libre del escrutinio del satélite. De las ilustraciones de aquellas novelas a las imágenes de Google Earth hay una distancia notable, pero no dejan de ser intermediarios técnicos entre nosotros y el paisaje.

El pintor Julio Sarramián se refiere a ello en su proyecto ‘Naturaleza hiper-transfronteriza’. Al pie de sus cuadros, en el suelo, hay códigos de geo-localización. Si los tecleamos en el ordenador, nos vemos transportados a un punto concreto del globo. Por ejemplo, a una playa de Groelandia a la que llegan fragmentos de banquisa. Lugares deshabitados que se muestran desde el aire. La pintura de Sarramián finge que estemos frente a ellos. Los modelos matemáticos permiten simular en 3D el aspecto que ofrecerían al supuesto viajero. Pintar esa imagen virtual la materializa, pero constata, en paralelo, una tarea imposible. En tiempos de Julio Verne quedaba algún vacío en los mapas, retando a la imaginación; hoy, cualquier desierto es accesible, reconduciendo el concepto de lo pintoresco a un punto patológico. Estos cuadros de Julio Sarramián tienen el aire metafísico de algunos paisajes surrealistas o del Realismo Mágico de entreguerras. Plantean una mirada que, en algún sentido, es onírica y posthumana.

Si la mirada filtrada de Sarramián tiene un aire posthumano y habla de lo postpintoresco, la obra de Cristina Silván se ubica en un territorio postpictórico. Una de las cosas que une a estos dos artistas -emparejados en A del Arte- es la nitidez y la limpieza, algo que se opone al concepto de lo "pictórico" (malerisch) de Wolfflin. Una pintura "no pictórica" donde lo expresivo, el trazo, o la bravura no cuentan, sino la línea y el color plano. Esto es algo que explica la aparente contradicción del término Post Painterly Abstraction, acuñado por Greenberg: abstracción post pictórica. En el caso de Cristina Silván, la reivindicación de la Geometría y sus juegos llega en un tiempo marcado por un olvido real de la pintura, y resulta ser la recuperación y reinvención de un territorio. Sus obras recientes, llenas de círculos y semicírculos, recuerdan las creaciones de Sonia y Robert Delaunay. Los viejos círculos de los Orfistas querían ser encantadores en un sentido mágico, transportar al espectador.

También se asociaban a una visión optimista de la técnica. En Cristina Silván la interacción de formas y colores conduce a un territorio tan lúdico como reflexivo, donde proliferan los avisos. Véase al respecto esa pared que ha poblado de papeles circulares, llenos de señales contradictorias y de lecturas múltiples. Las formas, al relacionares, construyen significados; al variar los colores, la estructuras se transforman. Uno de sus soportes predilectos está siendo la madera, donde el color es mucho más literal y plano. El que parte del tablero lo deje a la vista es una especie de advertencia sobre lo real que subyace, y sobre el riesgo de engañarnos.




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