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Un piano de cola a las puertas del AVE

Ayer hubo concierto de música clásica. ¿En el Auditorio o el Eduardo del Pueyo? No, en la Intermodal de Zaragoza.

Miguel Cariñena, mitad del dúo Cariñena-Jábega, ensaya minutos antes de dar comienzo el recital, cerca de la zona de taquillas.
Un piano de cola a las puertas del AVE
josé miguel marco

Los hay que tocan en la calle o incluso muestran su arte en el metro. Pero en la misma estación de tren, a un paso de los raíles, no es frecuente. Y menos aún cuando los instrumentos no son una guitarra o una flauta, sino un violonchelo y un piano de cola. Pues eso hicieron ayer Miguel y Ángel, el dúo Cariñena-Jábega: se plantaron a pocos metros de las taquillas del AVE y se pusieron a tocar, por Debussy o Brahms, en una de las salas de espera de la estación intermodal de Zaragoza.

 

Antonia Cañas, una de las primeras en llegar a tan peculiar recital, estaba que no se lo creía. "Soy muy aficionada a la música clásica y me parece una iniciativa novedosa y muy grata", dijo. Y eso que aún no había empezado la función?

La iniciativa partió de la Fundación Barenboim-Said, nacida en 2004 en Andalucía y cuya misión es utilizar la música como medio de diálogo para la paz. Entre sus proyectos, además de esa orquesta que dirige el argentino Daniel Barenboim y que agrupa a cristianos y judíos, también existe una escuela de formación: La Academia de Estudios Orquestales, que en 2006 firmó un convenio con Adif para llevar la música a las estaciones y convertirlas en recinto cultural. "La experiencia es interesante y divertida. A los músicos les cuesta al principio, pero acaban encantados, porque rompen con los lugares en los que habitualmente actúan y acercan la música a todo tipo de público", contó ayer Clara Criado, coordinadora de la Academia. "Al que viene a estos conciertos realmente le apetece disfrutar de la música clásica y, además, no tiene que vestirse de traje o etiqueta", bromeó Clara.

 

Y así fue en la tarde de ayer en Zaragoza. En primera fila, el joven Alberto José García reconocía haber ido por su madre. "Es que es violonchelista", argumentó. A Alberto, muy asiduo de la estación, la experiencia le parecía rara. "Pero muy divertida también", matizó. Y los músicos se mostraron completamente de acuerdo con él. Miguel Cariñena, violonchelista y profesor asistente de la Academia de Estudios Orquestales, justificó el singular emplazamiento del recital: "Es poco habitual, sí, pero la música no entiende de fronteras. Además, es un reto profesional". Su compañero en escena, el pianista Ángel Jábega, se asustó cuando se lo propusieron. "Pensé: '¡Están locos!", reconoció. Pero el lunes ya se estrenaron en la estación de Valladolid y la cosa no pudo ir mejor. "La gente responde muy bien", informó.

 

Cuando ya casi se iniciaba el evento, apareció por el recinto Pedro Marín, cargado con maletas. "Hasta las 18.00 no tengo AVE, así que he visto que había gente por aquí y me he asomado", admitió. Pedro no se definió, precisamente, como un devoto de la música clásica, pero el concierto le convenció: "Así, las esperas se hacen mucho más amenas".

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