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Sociedad
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VISITA DEL PAPA

Un Papamóvil más veloz que de costumbre

Quedan segundos para la una y media en la confluencia de la calle de la Marina con el pasaje de Bofill. A ambos lados la gente se agolpa para ver pasar al Papa tras dejar la Sagrada Familia y allí se produce el inicio de una nueva amistad entre Julia, de Sant Boi, y Nuria, de Sant Joan de les Abadesas.

Ambas bordean la edad de la jubilación y han venido a Barcelona por la visita del Pontífice. La primera habla en castellano, la segunda en catalán, pero son las paradojas que tienen las aglomeraciones: personas desconocidas acaban entablando conversación.

"No me han dejado entrar en la Monumental y he tenido que seguir la misa en un bar, aunque se veía bien, que tenía la pantalla muy grande", se lamenta Julia, quejosa de la organización y agradecida al dueño del bar.

"Pues nosotras venimos de Sant Joan de les Abadesas y hemos estado en la avenida de Gaudí. Lo hemos visto muy bien cuando entraba y ahora lo queremos ver cuando se marche, porque para verlo por la tele ya lo veo en mi casa", apunta Nuria. En ese momento ambas se avisan y preparan sus cámaras de fotos... ¡Viene el Papa!

Pero el Papamóvil pasa a una velocidad de bastantes kilómetros por hora por encima de lo habitual en este vehículo. A la gente casi no le da tiempo a aplaudir. Julia y Nuria no dicen nada, pero en su cara se percibe un regusto de decepción, un poco al estilo de 'Bienvenido Mr. Marshall'.

Es curioso que un hombre de perfil intelectual y reflexivo como Joseph Ratzinger haya acabado sujeto a las mismas reglas que su predecesor, el "mediático" Juan Pablo II.

La pantalla lo agranda todo, como se demuestra durante el sermón, cuando los asistentes en la Monumental aplaudían y jaleaban las frases de Benedicto XVI que se referían a los derechos de los gestantes y, por tanto, coincidían con la ideología dominante entre muchos de los presentes.

Al final del sermón también emerge un largo aplauso en la plaza de toros, como si el espíritu del espectáculo para el que se ha diseñado el coso se hubiese apoderado de lo que, en principio, debería haber sido una liturgia de meditación y recogimiento.

Fuera de la plaza, muchos curiosos. Como Jacinto, que ha venido paseando desde el barrio vecino del Clot pero que advierte que si el Papa no aparece en diez minutos se va porque su mujer le espera para comer. O Ana, vecina de Sagrada Familia y que quiere ver al Papa, pero a la que la Policía ha requisado el DNI para bajar a por el pan y no se lo han devuelto hasta regresar con la 'baguette'.

Es lo que tiene cualquier espectáculo de masas: mezcla a creyentes con curiosos y luego cuesta distinguir a las ovejas descarriadas. Así, volviendo al escenario inicial de la calle de la Marina, un grupo de entusiastas intentaba que no decayese el ánimo gritando ante la indiferencia general: '¡Viva el Papa!' Lo hicieron varias veces, hasta que un gracioso, emboscado en la aglomeración, replicó: '¡Y viva la mama!'.

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