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Sociedad

VATICANO

Ratzinger derrapa a la derecha

El perdón a los 'lefebvrianos' y la polémica consiguiente con los judíos resucita el temor de tics retrógados en el Vaticano.

El papa Benedicto XVI
Ratzinger derrapa a la derecha
EFE

El cura facha que interpretaba Agustín González en 'La escopeta nacional', de Luis García Berlanga, clamaba contra «esos rojos del Concilio», la corriente innovadora que se impuso en el Concilio Vaticano II, el último de la cristiandad, celebrado en los sesenta.

Los 'lefebvrianos', un grupúsculo de sacerdotes y fieles que mentalmente sigue en aquella época y se consideran depositarios de la esencia de la verdadera Iglesia, hasta el punto de crear el último cisma católico en 1988, han recuperado protagonismo esta semana de forma sorprendente.

Han sido perdonados por Benedicto XVI, veinte años después de la excomunión a seis de sus obispos. Pero lo llamativo es que regresan crecidos, casi victoriosos, como si el Vaticano se hubiera plegado a su punto de vista. De hecho, al manifestar claramente algunas de sus opiniones han desencadenado una ruptura de relaciones de la Santa Sede con el mundo judío, incidente equivalente al que desató con el Islam el célebre discurso de Ratisbona en 2006. El detonante ha sido uno de sus obispos, Richard Williamson, de 68 años, que ha negado la dimensión del Holocausto y la existencia de las cámaras de gas nazis. Otro colega italiano añadió que el gas era sólo para desinfectar.

Misas en latín

El asunto se ha gestionado mal desde el Vaticano pero, al margen de eso, hace surgir preguntas de fondo: ¿Por qué la Iglesia, tan inflexible en otros campos, tiene tantos miramientos con una banda de integristas retrógrados? ¿Por qué hay espacio en ella para quien reniega del Concilio Vaticano II? Los seguidores del arzobispo francés Marcel Lefebvre, fallecido en 1991, son 498 sacerdotes y 160 monjas.

Su sede está en Suiza y dicen contar con un millón de fieles en 31 países, aunque es más fácil conocer un socio del Betis, y son sólo 40.000. Siguen celebrando la misa en latín y con el cura de espaldas, no creen en la libertad religiosa ni en que haya salvación fuera del cristianismo, abogan por la sumisión del Estado a la ley religiosa y continúan condenando a los judíos como el pueblo «deicida». La paradoja es que esto parece más tolerable hoy que hace 40 años y lo que está en juego, en realidad, es el gradual desplazamiento de la Iglesia a posiciones del pasado, más conservadoras. Aunque Ratzinger dice hacerlo en aras de la unidad cristiana, en algunas ideas no está tan lejos de ellos. Según el teólogo disidente suizo Hans Küng, gurú de los sectores progresistas, afianza un proceso de «restauración».

Los casi cuatro años de pontificado de Benedicto XVI han corregido desde luego parte del rumbo de la Iglesia. El Papa ha querido una liturgia más sobria, ha rescatado el gregoriano y, en un guiño a los 'lefebvrianos', resucitó en 2007 la misa en latín con el viejo rito, algo que nadie, salvo ellos y al parecer Benedicto XVI, echaba de menos. Este grupo no ocultó su alegría por la elección de Ratzinger, autor en 2000 de la declaración 'Dominus Iesus', que negaba la salvación sin el reconocimiento de Cristo.

Los gestos del pontífice hacia ellos comenzaron enseguida. Cuatro meses después de ser elegido recibió al superior de la orden, Bernard Fellay, y a final de ese año, en un discurso clave ante la Curia, afirmó que el Concilio Vaticano II no fue una ruptura con la tradición, sino un paso más en la continuidad de la Iglesia. Otro guiño que espantaba los últimos aires de revolución del Concilio, añorados como algo incumplido por los progresistas de la Iglesia.

Ninguno de estos gestos tuvo respuesta de los 'lefebvrianos', que no obstante han visto cómo se les levantaba el castigo. Pese al malestar interno en la Iglesia, el trámite podía haber pasado silenciosamente si no hubiera sido por las declaraciones de Williamson. La polémica con los judíos ha obligado esta semana a Benedicto XVI a condenar expresamente el Holocausto, algo sobre lo que no había dudas, y exigir por primera vez públicamente a los 'lefebvrianos' la adhesión al Concilio Vaticano II. Ha matizado que el perdón no significa aún la plena reconciliación. Williamson pidió al final disculpas al Papa, pero sólo por los problemas causados por sus «imprudentes» palabras. Nada de arrepentimiento sobre esas ideas, tan sólo sometimiento a la autoridad.

Viaje en el aire

La reaparición en la Iglesia del gen antisemita retrotrae a los tiempos preconciliares. En la oración de Viernes Santo de la vieja liturgia recién restaurada, los judíos eran «pérfidos» -ahora se ha cancelado el adjetivo- y hay que rezar por su conversión. Pero lo peor es que ha agravado un momento de tensión entre judíos y el Vaticano, tras la polémica sobre la beatificación de Pío XII y otros roces. Abarca también las relaciones con Israel, siempre difíciles y sólo establecidas en 1993. En la Santa Sede, históricamente pro-palestina, hay un cierto prejuicio contra Israel, que nace del resentimiento secular acompañado de tesis políticas.

Según el vaticanista y teólogo Sandro Magister, se basa en una especie de idea de «provisionalidad» de Israel, nacido en suelo árabe y obligado a defender su posición con las armas. El Vaticano nunca ha defendido con vehemencia el derecho de existir del estado hebreo, como nunca ha condenado expresamente a Hamás ni las proclamas de exterminio judío de Irán. Por eso se perfila tan importante un posible viaje del Papa a Tierra Santa en mayo, que aún está en el aire.

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