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Sociedad

TOROS

Oreja de regaliz para Huertas, en un simulacro de novillada con picadores

La presidencia debió echar algún novillo más al corral por su falta de fuerzas; el turolense Cerezo se justificó ante un pésimo, desclasado y desrazado lote. El resto fue para olvidar.

Emilio Huertas en un ayudado por alto al tercero de la tarde, de nombre Quitadón.
Oreja de regaliz para Huertas, en un simulacro de novillada con picadores
CARLOS MONCíN

Cuando acabó la tarde, la soporífera tarde, no quedaba nadie en los tendidos. Ni los venidos de Teruel a ver al paisano. El autobús esperaba y al torero de sus amores, le aguardaba la ducha y el Mercedes en la puerta. Si esta novillada sale en la feria, cuando el tendido 4 y adyacentes están en su apogeo, se van todos para atrás. Correcta, sin estridencias, fue la de Miranda y Moreno. Debut y despedida en otros tiempos. Volveremos a verla, como premio a nuestra constancia, el año que viene. Así está esto. Así me lo como y así lo vendo. Inválida como aquellos de Cafarnaún que inventaron la silla de ruedas. Sosos, descastados, mansos, sin raza, sin alma. Solo fachada y no todos. Simulacro en todos los tercios. Rajados. De mando a distancia sin pilas. De puntada sin hilo.Sergio Cerezo está hecho. Cuajado. Toreado. Perfecto en la dirección de lidia mientras le dejaron. No perdonó ningún quite. Quiso y siempre estuvo bien colocado. Maneja con suavidad y soltura el capote. Pulcro. Sincero. Sus animales fueron dos burras: el uno embistió rebrincado y el otro, sin celo, acabó acostándose. El de Teruel citó de lejos, rectificó al ver que no iban y, se puso tan cerca, que acabó pesado.

Cristian Escribano se llevó el colorado ojo de perdiz que hizo segundo. El único que se dejó pegar en el caballo cuando le taparon la salida -como a todos-. No lo entendió. Se puso en el fuera de cacho y le pegó pases hasta aburrir. Al quinto bis, un sobrero de la tierra, de los Hermanos Marcén, tampoco lo entendió. El torete, manso y con la fortaleza de un asmático, se dejó. Escribano echó un borrón y lo ahogó. Lo mejor fue su espada.

Emilio Huertas vino con un vestido entrado en años. Posiblemente de alquiler; pero vino y quiso. No se asustó de las puntas astifinas que lucieron sus galanes. Tres lances con el mentón en el pecho y una buena media dieron pie a que su cuadrilla diera una lidia infernal al que también pudo moverse, el tercero. Un novillo que, casi crudo, repitió, pidió sitio, colocación y distancia. Huertas, intermitente, se la dio a ratos. Le faltó franqueza, ajuste y ligazón. Pese a ello sacó muletazos de bello trazo sin bajarle nunca la mano y siempre en el mismo terreno. Estocada baja y oreja de regalo. Al de la jota, un manso que no se dejó picar, que pareció una pelota de tenis rebotando entre los caballos, le compuso una faena sosita, sin unidad. No lo atosigó. Le puso la muleta muy cerca y en la cara, pero ni con esas. Imposible bajarle la mano. Como al presidente, que la tiene muy fácil.

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