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LOS LUNES AL SOL

"Monté mi propia inmobiliaria, pero cuando estalló la burbuja, tuve que cerrarla"

Ruth Rondán ha sido siempre una buscavidas, una persona inquieta y emprendedora. Desde los 18 años, nunca ha estado más de un par de meses en el paro, pero ahora, con los 35 cumplidos, lleva desde principios de 2010 sin encontrar nada. "Trabajo hay, pero lo que no estoy dispuesta es a tener que poner dinero para ir a trabajar", cuenta.

Esta zaragozana se introdujo temprano en el mercado laboral. Estudiaba un cursillo de empresariales e informática cuando sobrevino la crisis del 92, empezó a escasear el dinero en su familia y tuvo que dejar los estudios. "Mi padre cogió un bar para llevarlo la familia", explica. Entonces vivían en Navarra, pero al poco se trasladaron a Zaragoza. "Vinimos a buscarnos la vida. Empecé con el buzoneo, y a los tres meses, me salió un trabajo en Pryca", dice Ruth. Corría el año 1998, y tanto ella como sus hermanos dejaban el sueldo íntegro en casa. "Sabíamos que se necesitaba, y lo entendíamos", señala. En el 2000 se quedó embarazada, y la ETT decidió prescindir de ella alegando "fin de servicio".

Cuando su hija cumplió un año, Ruth entró a una empresa de turrón. "Era un trabajo a destajo, dentro de una cadena. Pero tampoco quería eso. Me enteré de que buscaban a gente en el Corte Inglés, y comencé a trabajar en el obrador del paseo Sagasta", relata. Como entraba a las 6 de la mañana, tuvo que irse a dormir a casa de sus padres, para no trastocar los hábitos de su hija. "Mi marido lo entendió, y mi hija no se enteraba", explica. Aguantó un año.

Entonces, compró un piso del grupo Girón por 5 millones de pesetas. "El piso no nos gustó, y a los 2 meses lo vendimos por 7 millones y medio. Ahí fue cuando nos dimos cuenta del negocio inmobiliario. Era un buen momento", recuerda. Animada por su marido y conocidos respondió a un anuncio de una inmobiliaria que buscaban comercial, y la cogieron.

"Era una pequeña empresa. Yo era la única empleada como comercial, y aprendí mucho. Pero llegó un día en que me empecé a quemar", explica. Decidió montar junto a su marido su propia empresa. Se hicieron autónomos, alquilaron un local y pusieron en marcha la inmobiliaria 'Andrés y Rondán'.

"Compramos un ordenador, dos mesas, dos teléfonos, un archivador, papel y boli. No quisimos pedir ni una ayuda, ni coger ningún préstamo, porque si en algún momento la cosa iba mal, bastaba con echar la persiana. De hecho, con el dinero que teníamos ahorrado aguantábamos dos meses", cuenta Ruth. Finalmente todo fue bien, y en los buenos tiempos vendían cinco y seis pisos al mes. Su secreto: unas comisiones más bajas que la competencia. Trabajaban de lunes a domingo, y su teléfono móvil estaba siempre encendido. En ese momento aprovecharon para invertir, y compraron un par de pisos, que ahora les permiten tener un colchón económico.

La burbuja inmobiliaria explotó, y cada vez vendían menos. Su marido pasó a ser empleado de una empresa de transportes. En 2008, dieron de baja la empresa y ella comenzó a trabajar de comercial en una editorial. Al año, le despidieron por un recorte de plantilla.

Desde entonces, busca trabajo. "Los empresarios no quieren apostar por los trabajadores. Muchos ofrecen contratos 'free-line', en los que cobro según lo que venda. Y además, quieren que trabaje para ellos como autónoma. O sea, ellos quieren lo mejor de los autónomos, y nosotros nos quedamos con lo peor", sentencia.

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