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Sociedad

CRISIS HUMANITARIA EN EL CARIBE

La ONU entra en el barrio más peligroso de Puerto Príncipe para desactivar la violencia

Dos réplicas del seísmo de 4,5 grados frustraron la tarea de calmar los ánimos con el reparto de galletas energéticas.

La ONU entra en el barrio más peligroso de Puerto Príncipe para desactivar la violencia
La ONU entra en el barrio más peligroso de Puerto Príncipe para desactivar la violencia
AFP PHOTO

En Haití Carefour no es un supermercado. Es el segundo barrio más pobre de Puerto Príncipe, el epicentro del terremoto más devastador que se haya visto nunca en el Caribe, el retrato de todas las miserias más dantescas que pueda imaginarse uno en Haití, el embrión de una revolución a punto de estallar que ayer la ONU intentó desactivar con el primer reparto de víveres.

 

"Necesitamos agua, comida, medicinas, ropa. ¡Tantas cosas!". Delcy Evens no suplica ayuda, la pide airado a gritos, está viendo morir a su gente. "No tenemos nada para sobrevivir, he perdido a mi padre, a mi hermano, a mi...", se atraganta. "Necesitamos muchas cosas, y ya. No podemos sobrevivir más".

 

Un contingente de cascos azules en tanquetas de la ONU armado hasta los dientes custodia la incursión al corazón de la miseria haitiana, después de atravesar durante una hora calles sembradas de basura y escombros que quizás no estaban mejor antes del devastador terremoto del martes.

 

"¡Ven aquí que no te voy a morder! ¡Solo quiero que me escuches!", espeta con acritud Carlos Héctor, mientras la masa de hambrientos desventurados engulle a esta corresponsal. "Ahí adentro -dice señalando la piña de improvisadas chabolas que se extiende hasta donde llega la vista- tenemos muchos niños de meses desnudos al sol. Necesitamos darles agua o se van a morir. El sol los va a matar. Yo tengo uno de un mes, pero hoy todos son míos, me ocupo de todos". Hay 40 grados cada día desde que asoman los primeros rayos de sol, más plomizo que nunca, cuentan, como si la naturaleza se hubiera propuesto darle el tiro de gracia a este país.

 

En la ciudad de los bigotes blancos Colgate es el rey. Se taponan la nariz con pasta de dientes y se lo extienden por encima del labio para soportar el olor nauseabundo a muertos que lo impregna todo. Cuando la muerte se pega al paladar hasta el agua sabe a carne podrida. Tienden la manta sobre sus propios orines, porque no hay donde ocultarse para dejar los excrementos que pronto traerán el cólera y otras epidemias. Y cada rugido del estómago es un empujón más hacia la rebelión.

Héctor se conformaría con pastillas potabilizadoras de agua para dar beber a los niños, pero el camión de la ONU solo trae barritas energéticas, y tampoco puede dárselas uno a uno. Ellos temen que si se las dejan a alguien nunca las verán, tendrán que confiar en el cura salesiano que vive en Carefour. Son demasiadas bocas hambrientas para un camión que se ha llenado a pulso con el sudor de esta corresponsal y los cooperantes que pretendían abortar la revolución tapando el hambre, que aquí es como tapar el sol con un dedo.

 

La noble idea de empezar a calmar los ánimos con galletas en el segundo barrio más conflictivo de Haití se tropezó ayer por la mañana con el rugido de la tierra, que repitió dos seísmos de 4,5 grados en la escala Richter cuando los peones iban a cargar el camión.

 

Al primer bramido el muro frontal del almacen secreto de la ONU que oscila desde el martes como una torre de pizza amenazó con desmoronarse y todo el mundo salió espantado a gritos. No hubo forma de convencerles para que volvieran al trabajo, han visto caerse todos los muros de la ciudad y aún sigue gente aplastada bajo los cascotes. El coordinador pensó que si los occidentales demostrábamos valor y entrábamos con paso firme en la nave perderían el miedo y seguirían el ejemplo, pero no ocurrió. Dos corresponsales españolas, seis cooperantes internacionales, un militar de Sri Lanka y un conductor local iniciaron la pesada tarea de llenar caja a caja dos camiones de seis toneladas que habían de llevar la esperanza al mítico barrio de Cité du Soleil, madriguera de todas las mafias haitianas con sus ejércitos de macheteros, y el mísero Carefour.

 

Los cascos azules argentinos se niegan a ayudar, dicen que su misión es solo velar por la seguridad. Los refuerzos peruanos tardan horas en llegar mientras el camión se sigue llenando pensamente, un augurio de lo que será la travesía.

 

Millones de haitianos no tienen nada a lo que aferrarse. El país vive un impasse entre la vida y la muerte que amenaza con estallar en un brote de violencia. Sería contra natura pedir a la gente que se deje morir de hambre y de sed sobre sus propios excrementos sin rebelarse por la vida y asaltar lo que encuentre a su paso.

 

Y mientras aún hay resquicios de esperanza cuando se halla gente con vida entre los escombros. Solo ayer fueron más de una veintena.

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