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Sociedad

RECONOCIMEINTO INTERNACIONAL

El flamenco y la dieta mediterránea ya son Patrimonio de la Humanidad

La Unesco también concedió esta distinción a los 'castells' catalanes, el 'Canto de la Sibila' mallorquín y la cetrería.

Pleno español ante la Unesco. El flamenco es ya Patrimonio de la Humanidad. Pero también la dieta mediterránea, la muy catalana tradición de los 'castells', el atávico mallorquín 'Canto de la Sibila' mallorquín y el milenario arte de la caza con rapaces, la cetrería que se practica desde la península Ibérica a Mongolia, pasando por Chequia o Arabia.

Así se decidió ayer en la quinta reunión del Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura celebrada en Nairobi (Kenia).

Por fin el duende, el quejío y la jondura, que ya aspiraron al reconocimiento en 2005, ganaron categoría de patrimonio universal en una sesión en la que la Unesco valoró un total de 47 propuestas de distintos países. Este esperado reconocimiento no lleva aparejadas ni dotación económica ni políticas especiales, pero aporta un prestigio y una repercusión global que sí puede traducirse económicamente a través de un mayor interés mediático y en productos culturales y turísticos.

España había presentado cinco candidaturas. Tres eran de exclusividad ibérica -el flamenco, el 'Canto de la Sibila' y los 'castells'- y otras dos compartidas con varios países de la ribera del Mediterráneo: la dieta de esta zona (presentada junto a Grecia, Italia y Marruecos) y la cetrería (junto a Francia, Emiratos Árabes Unidos, Bélgica, República Checa, Corea, Qatar, Mongolia, Marruecos, Arabia Saudí y Siria).

En la lista de la Unesco había ya 166 manifestaciones diversas de 77 países, a los que se suman desde ahora (además de las propuestas españolas) la comida tradicional mexicana, la Ópera de Pekín, el baile peruano de la Huocanada, la lucha turca de Kirpinar, los cantos coreanos del Gagok y la medicina tradicional china.

España participaba por primera vez, a través de los Ministerios de Cultura y de Exteriores y Cooperación, como miembro electo del comité, formado por 24 países de los 132 que han ratificado la Convención de Patrimonio Inmaterial.

A la segunda va la vencida

Cinco años después de quedarse a las puertas de la declaración favorable, el flamenco veía sancionada positivamente su propuesta, promovida por la Junta de Andalucía y respaldada por los gobiernos de Extremadura y Murcia. Más de dos millones de andaluces se subieron a este carro universalizador de sus raíces flamencas a través de las mociones de apoyo aprobadas en los ayuntamientos de un sinfín de pueblos y ciudades. Miles de personas de más 60 países respaldaron también a través de internet la propuesta de encumbrar al flamenco, junto a centenares de cartas de apoyo de instituciones my diversas y colectivos de artistas.

En la documentación remitida por España a la Unesco se planteaba que "el flamenco es una expresión artística producto del cante, la danza y la música". Se lo presentaba como "la más significativa y representativa manifestación del patrimonio cultural inmaterial del sur de España" y se ponía el acento en su papel social, destacando que "dota de identidad a comunidades, grupos y personas; aporta ritos y ceremonias de la vida social y privada; y crea un vocabulario y corpus de expresiones".

Con respecto a la dieta mediterránea, se subrayó que, además de ser un tipo de alimentación, "se manifiesta también a través de fiestas y celebraciones que propician gestos de reconocimiento mutuo, hospitalidad, buena vecindad, amistad, transmisión intergeneracional y diálogo intercultural.

Los 'castells' son una manifestación festiva típica de Cataluña, con más de 200 años de antigüedad, que consiste en el levantamiento de torres humanas, acompañado de una música característica interpretada con un instrumento de viento llamado 'gralla'.

Por su parte, el 'Canto de la Sibilla' se escenifica en todas las iglesias de Mallorca la noche del 24 de diciembre. Se introdujo en toda Europa en la Edad Media y llegó a Mallorca con la conquista cristiana de 1229. Lo que da valor a esta tradición milenaria es la conservación de sus valores originales, ya que mantiene en su esencia sus características medievales, y su arraigo entre la población.

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