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Sociedad
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INVESTIGACIÓN

Cámara, canoa

Los zaragozanos Mario de los Santos y Laura Sipán acaban de volver de Colombia, donde han filmado un documental sobre los desplazados en el país.

Laura -brindando- y Mario -con boina-, en una de sus paradas.
Cámara, canoa
M. BECERRA

Se disponían a visitar un barrio de Cali. Y el panorama que se encontraron a su llegada fue desolador. Un joven, tirado en el suelo, acababa de recibir tres disparos. Una Colombia difícil, dura, fuera de los circuitos turísticos. La que los zaragozanos Laura Sipán y Mario de los Santos querían retratar. Y denunciar. Y, para ello, iban a superar todos los obstáculos: han cogido aviones, buses, camiones de carga, motos y hasta chalupas, unas típicas canoas que usan en zonas rurales para salvar los ríos. «Hemos ido en cualquier cosa que se mueve. Y, encima, en el invierno más crudo que han tenido», cuenta Laura. La cuestión era llegar a donde querían y, sobre todo, decir lo que querían.

El viaje comenzó antes de comprar billete. En el caso de Mario, escritor y productor de cortos, gracias a su pertenencia al Comité de Solidaridad Internacionalista de Zaragoza que, desde hace más de diez años, mantiene un proyecto de ayuda a Colombia. «Hemos tratado de sensibilizar sobre la realidad colombiana, pero nunca se había hecho nada en audiovisual», cuenta. Su conocimiento del país y los contactos que ya había establecido allí le permitieron poner en marcha el documental. Le faltaba apoyo audiovisual, pero encontró a Laura, cineasta aragonesa que ha estado trabajando en los nuevos proyectos de García Velilla o Sánchez Arévalo. Hicieron las maletas y se presentaron en Bogotá, base de operaciones para todos los sitios que visitaron, a finales del año pasado, Navidad incluida.

Aunque han sido muchos sus destinos, todos tenían un nexo en común: la situación de desplazados de sus anfitriones. «Vivimos con ellos, y en todos los casos llegamos a la misma conclusión: los paramilitares entran en sus terrenos de forma salvaje y, en 24 horas, tienen el pueblo desalojado», relata Laura. Según Mario, estas situaciones se producen en lugares muy deseados por sus recursos naturales, por lo que obligan a sus moradores a buscarse un nuevo hogar.

Así lo comprobaron al sur del país, en la zona de Las Pavas, donde visitaron un poblado. «Llevaban dos años fuera de sus tierras y apenas tenían qué comer. Vivían bajo hamacas, pero se ayudaban entre todos», explica Laura. «Su anterior hogar había sido cedido para plantar palma africana -detalla Mario- y, como no tenían título de propiedad, fue fácil arrebatárselo».

También filmaron en la mina de la serranía de San Lucas, un lugar de difícil acceso al que llegaron completamente embarrados y al que acudieron para contar la historia de sus mineros, en un pueblo como los del oeste de las películas, con caballos y 'saloon' incluidos. «Allí -cuenta Laura-, se explota el oro desde los 60. Como están muy organizados, no consiguen desalojarlos. Pero si bajan del poblado, los secuestran o los matan». Situaciones muy dolorosas que se viven en otras partes del país. Como en un barrio de desplazados de Cali, en el que conocieron a jóvenes de 13 años a los que les habían llegado a ofrecer trabajo como sicarios.

Pero, a pesar de lo que pueda parecer, ni Mario ni Laura volvieron desesperanzados. Y, hoy, mientras terminan el montaje de su trabajo, que apoyará una campaña europea de hermandad con Colombia y que quieren presentar en festivales de cine, agradecen a sus entrevistados sus lecciones de vida. «Hemos vuelto con unas enseñanzas increíbles. Estas personas viven en el extremo, pero no son victimistas y te llenan de fuerza», agradece Laura.

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