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Un hongo patógeno amenaza el cultivo mundial de plátanos

Un hongo se está extendiendo por las plantaciones de plátanos de medio mundo y está acabando con ellas de forma rápida. En los años cincuenta este mismo hongo, que causa la enfermedad de Panamá en el banano, terminó casi por completo con la principal variedad cultivada de plátanos, que tuvo que ser sustituida por otra resistente que ahora también se ve afectada ¿La enfermedad de Panamá podría llegar a hacer desaparecer estos cultivos? ¿Qué se puede hacer para remediarlo?

Síntoma de la enfermedad de Panamá del banano, decoloración vascular del pseudotallo (vista en sección)
Síntoma de la enfermedad de Panamá del banano, decoloración vascular del pseudotallo (vista en sección)
Picasa

En los últimos años un hongo patógeno está diezmando los cultivos de plátanos en distintos países de Asia y ya ha llegado a América central. El responsable es Fusarium oxysporum que produce la conocida como enfermedad de Panamá y enfermedades denominadas en conjunto fusariosis en otras plantas como la tomatera, las cucurbitáceas, las legumbres o la del tabaco.

Los hongos del género Fusarium se encuentran habitualmente en la tierra, donde por regla general son inofensivos o incluso desempeñan un papel beneficioso descomponiendo la materia orgánica de la que se nutren o viven en simbiosis con las plantas que colonizan.

Sin embargo, algunas cepas de F. oxysporum producen enfermedades en las plantas. Como la que en los últimos tiempos preocupa a los agricultores plataneros; la conocida con el nombre Tropical Race 4 (TR4), que fue identificada por primera vez en Taiwán en 1967, pero que en la actualidad ya ha sido detectada por todo el mundo.

Este moho acaba con la bananera desde su interior. Penetra en ella a través de las raíces, coloniza los conductos xilemáticos, que la planta utiliza para transportar la savia bruta, y termina por bloquear el aporte de nutrientes y energía.

Impedir su transmisión no es una tarea fácil ya que se propaga de forma subrepticia a través de suelos y aguas contaminadas por sus esporas y su presencia no se hace evidente hasta que infecta al banano, las hojas se vuelven amarillas y se marchitan. La necrosis o muerte de las hojas termina finalmente por producir la muerte de la planta infectada.

Una variedad de plátanos dominante

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) existen más de 1.000 variedades de plátanos cultivadas y consumidas en todo el mundo. No obstante, muchas de ellas son de consumo local y el comercio mundial de plátanos está dominado por unas pocas variedades.

En la actualidad, las variedades más habituales son los cultivares del subgrupo Cavendish, que representan casi la mitad de la producción mundial, e incluyen variedades como la Cavendish enana (Dwarf Cavendish), mayoritaria en Canarias, o el Grande Naine, que destaca en el comercio internacional, y otras como Poyo, Robusta, Valéry, y Williams.

Tienen en común que producen una gran cantidad de frutos y son muy resistentes a las inclemencias del tiempo. También son los más consumidos en Europa y en Estados Unidos porque los frutos soportan muy bien el transporte a larga distancia.

Plátanos clónicos

Los plátanos que comemos se han originado a partir de dos especies silvestres de plantas tropicales: Musa acuminata (el plátano malayo o rojo) y Musa balbisiana (el plátano rosado).

Una de las principales diferencias entre las especies silvestres y los plátanos comerciales es que los frutos de las primeras tienen semillas, mientras que los plátanos que comemos no.

Plátano comercial sin semillas (izquierda) y plátano típico procedente de un ancestro fértil salvaje como el que se ha secuenciado (derecha).
Plátano comercial sin semillas (izquierda) y plátano típico procedente de un ancestro fértil salvaje como el que se ha secuenciado (derecha).
Angélique D'Hont.

Esto es debido a que las variedades comerciales se han obtenido o bien por hibridación a partir del cruce entre las dos especies silvestres, o bien derivan de M. acuminata, y en ambos casos, son triploides –es decir tienen tres dotaciones de cromosomas, en vez de las dos habituales– y ello hace que sean estériles.

Mientras que las especies silvestres (diploides) se propagan por reproducción sexual, las variedades comerciales, sin semillas y estériles, tienen que propagarse de forma vegetativa (asexual). Lo hacen mediante chupones, vástagos de la planta original que brotan de su tallo subterráneo o rizoma dando lugar a nuevas plantas. Cuando los chupones llegan a un determinado tamaño, se pueden separar de la planta principal y ser trasplantados a otro lugar.

Desde un punto de vista genético, el chupón es un clon prácticamente idéntico de la planta madre, a excepción de las pocas mutaciones que cada planta haya podido incorporar por azar. Este es el caso de los cultivares Cavendish que se han ido propagando a partir de una primera planta originada en China, en 1826, derivada de la especie silvestre M. acuminata.

En la agricultura, la reproducción vegetativa por clonación tiene la ventaja de que permite mantener estables ciertas características deseadas de la planta y del fruto. No obstante, esta homogeneidad genética también hace que los cultivos sean más vulnerables a ciertas enfermedades, como la enfermedad de Panamá. Por ello, la susceptibilidad de los plátanos Cavendish a la cepa TR4 del hongo Fusarium oxysporum y el predominio del monocultivo de estos cultivares en gran parte del mundo representan un serio problema para la industria platanera global.

Los plátanos se cultivan principalmente en Asia, América latina y África, y los principales productores son la India y China, aunque la mayor parte de su producción se destina al consumo local. Otros grandes productores son Filipinas, Ecuador y Brasil.

La práctica desaparición de Gros Michel

Hasta los años cincuenta del siglo pasado, la mayoría de plátanos cultivados eran de la variedad Gros Michel. Esta variedad tenía unas características que también la hacían ideal para su comercio mundial: unos frutos de piel gruesa muy resistentes y el crecimiento en densos racimos, lo que facilitaba su transporte.

A pesar de ello, una enfermedad causada por otra cepa del hongo Fusarium oxysporum, Tropical Race 1 (TR1), que había sido descrita en 1874 en Australia, empezó a propagarse por las plantaciones de plátanos de América Central. Esta enfermedad fue identificada primero en Panamá y por esta razón recibió el nombre de este país.

La epidemia de la enfermedad de Panamá fue diezmando las plantaciones de Gros Michel durante los años sesenta e hizo que se plantaran otras variedades de plátanos resistentes a TR1, como por ejemplo la Cavendish, que terminó por sustituir a Gros Michel como la principal variedad cultivada.

No obstante, a partir de los años setenta, una nueva cepa de Fusarium oxysporum (la TR4) empezó a ensañarse también con los cultivares Cavendish, que hasta entonces se creía que eran inmunes al hongo patógeno.

Desde su aparición, la cepa TR4 ha sido detectada en veinte países de distintos continentes. Principalmente en Australia y en Asia, donde fue identificada inicialmente en Taiwán, Indonesia, Malasia, Papúa Nueva Guinea, China, y Filipinas. Más recientemente se ha propagado por India, Pakistán, Omán y también ha llegado a África (Mozambique), Oriente Medio (Jordania, Líbano e Israel) y otros países asiáticos como Laos, Vietnam, Myanmar y Tailandia. Finalmente, en 2019 fue detectada en América, primero en Colombia, y después en Perú (en 2021).

TR4 representa una gran amenaza para la industria mundial del cultivo de plátanos, que mueve más de 30.000 millones de euros anuales, y también para la alimentación de millones de personas que obtienen más de una sexta parte de su ingesta calórica de este fruto.

Controlar el hongo TR4

A fecha de hoy, no se dispone de métodos efectivos para combatir TR4, que no puede ser controlada con fungicidas, ni tampoco existe una variedad comercial de plátano resistente a esta cepa. Por ello, las medidas preventivas son la principal estrategia para evitar nuevos focos de la enfermedad.

Sin embargo, los investigadores tratan de dar con soluciones y estrategias para hacer frente al TR4. Entre estas destacan, por ejemplo, la generación de variedades transgénicas de banano Cavendish que expresan genes que confieren resistencia a TR4, como el gen RGA2 aislado de una variedad silvestre de platanera diploide, Musa acuminata ssp. malaccensis, que tiene semillas, o el gen Ced9 procedente de un gusano nemátodo. El gen RGA2 está presente en la variedad Cavendish pero no está activo. El mismo equipo que produjo los transgénicos, liderado por el investigador James Dale, de la Universidad de Queensland, en Australia, quiere aplicar la técnica de edición del genoma CRISPR para poder modificar directamente variedades comerciales como la Cavendish para hacerlas resistentes.

Finalmente, otros investigadores proponen la utilización de hongos del género Trichoderma, antagonistas naturales de Fusarium oxysporum, que podrían actuar como un método de control biológico del hongo patógeno.

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