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Tercer Milenio

la vida de las piedras

Practicar la aceptación geológica

La aceptación, la capacidad de asumir la vida tal cual es, tiene una pintoresca aplicación más allá de la psicología humana. La superficie de la Tierra, con nuestra ayuda o sin ella, cambia cada día. Esos cambios, en ocasiones súbitos e inesperados, nos descolocan y reaccionamos a ellos de formas peculiares. Merece la pena reflexionar un poco sobre el tema. Allá vamos.

Chimeneas de hadas en el barranco de Arás (Alto Gállego), la de la derecha de reciente formación.
Chimeneas de hadas en el barranco de Arás (Alto Gállego); la de la derecha, de reciente formación.
Luis Carcavilla

Violentos vientos de más de 130 km/h acompañados de fuertes lluvias azotaban las islas Canarias el lunes 28 de noviembre de 2005. La tormenta Delta se empleaba a fondo contra la costa de Gran Canaria y siguió el trabajo de las tormentas y el oleaje que la precedieron en los últimos 300.000 años: hacer retroceder la línea de costa.

Ocurre que esta vez lo hizo derribando un elemento que se había vuelto icono del paisaje local: el Roque Partido o Dedo de Dios. Esta pérdida generó una comprensible tristeza y desconcierto entre los habitantes de la isla. Naturalmente, no faltó la declaración inmediata del alcalde afectado deseando su reconstrucción para disfrute de las generaciones venideras. Tampoco faltó el tono afectado y melancólico de algunas crónicas periodísticas: que una explicación geológica no te arruine un pequeño drama. El tiempo y el debate posterior hicieron prevalecer el sentido común: se respetaría la acción de los procesos naturales en lugar de restituir la morfología perdida. ¿Aceptación geológica? Llamémoslo así.

En terrenos más próximos a nosotros, otros elementos de fama local han corrido parecida suerte. En el barranco de Arás, cerca de Biescas, la erosión de una morrena lateral del glaciar del Gállego dio lugar a dos chimeneas de hadas conocidas como O Cura y a Casera, aunque el nombre cursi y posterior de Las señoritas de Arás es más conocido. Una de ellas (A Casera), al progresar la erosión del pedestal que la sustentaba, hizo bascular y caer el grueso bloque de roca que ejercía de protección. Sin él, la erosión ha sido implacable y de ella queda ya muy poco. Y subiendo a Santa Orosia desde Satué, la erosión a favor de las fracturas que rajan el conglomerado individualizó una morfología que recordaba a una persona. La leyenda correspondiente la bautizó como O cura de Aurín y el mosen perdió su cabeza tras otra tormenta.

Menos conocidos pero no menos espectaculares son los habituales derrumbamientos en la rápida geología monegrina. Murallas de arenisca, tozales y arcos colapsan en el tradicional anonimato de esta parte de Aragón a medida –y he aquí la clave- que otros se van formando.

Así son las cosas, la construcción de un relieve suele ser a costa de la destrucción de otro. Pensar que el paisaje es algo estático, colocado para fondo de nuestros selfis de Instagram, es banalizar el asunto y alejarnos de la comprensión del planeta y del deleite que eso conlleva. Cada cambio puede ser una pérdida pero también la oportunidad de conocer mejor dónde vivimos, de entender las reglas de la naturaleza y –deportivamente– aceptarlas y vivir con ellas. Eso sí, explicar y que nos expliquen implica pausa. La geoconservación y sus afanes deberían protegernos no del normal proceder de los procesos naturales, sino de la ambición por adaptar la naturaleza a nuestros cambiantes gustos. Aceptación geológica, si la humana fuera igual de fácil… Pero eso ya es otra historia.

Ánchel Belmonte Ribas Geoparque Mundial de la Unesco Sobrarbe-Pirineos 

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