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Tercer Milenio

Desafíos globales

Renovables a gran escala: ellas también impactan en el entorno y la biodiversidad

Las energías renovables –solar, eólica, hidráulica y geotérmica– son energías (más) limpias e inagotables. De acuerdo, pero ¿son realmente energías verdes (de bajo impacto medioambiental) y sostenibles (se pueden utilizar sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras)? Y, sobre todo, ¿son la alternativa de futuro? ¿O tal vez sus innumerables ventajas como solución a corto plazo al calentamiento global nos están cegando y nos impiden ver sus contras y los riesgos que implican?

Granja eólica de San Gorgonio en California (Estados Unidos)
Granja eólica de San Gorgonio en California (Estados Unidos)
Erik Wilde

El otro día mi hija Sabela volvió del colegio con cara de preocupación. Al día siguiente iban a realizar un debate en clase de Física y Química sobre energías renovables y a ella le había tocado en desgracia posicionarse en contra. Su preocupación, por consiguiente, era más que justificada porque "¿cómo voy a argumentar en contra de unas energías que son limpias, sostenibles, ecológicas y que son el futuro?".

Traté de explicarle que, en realidad, las energías renovables no eran la panacea y que presentan el mismo problema que las fuentes de energía convencionales o basadas en combustibles fósiles: explotadas a la escala masiva necesaria para cubrir las necesidades de la sociedad actual serían igualmente lesivas para el medio ambiente, pues alteran y deterioran los distintos hábitats y ecosistemas y amenazan la biodiversidad. Sin embargo, y a tenor de la mirada de incredulidad que me dedicó y lo preocupada que marchó al colegio el día siguiente, mis explicaciones no debieron de convencerle. Y lo entiendo, porque lo cierto es que desde todos los ámbitos –sobre todo nosotros, los medios de comunicación, pero asimismo desde los distintos estamentos políticos– se han vendido y publicitado las bondades y beneficios de las energías renovables y la necesidad de que reemplacen a las convencionales como una de las claves para controlar el calentamiento global y, con ello, el cambio climático. Y, por el contrario, casi nunca se hace mención y se explican los contras y riesgos que presentan. Seguramente porque, al nivel de explotación actual, son asumibles e incluso muchas veces pasan desapercibidos. Pero no si, como se aspira, se acaban imponiendo como la ‘única’ fuente de energía; porque entonces estos riesgos sí resultarán perceptibles.

En este sentido un estudio recientemente publicado –el último de tantos– parte de una evidencia, que en Estados Unidos cada año mueren cientos de miles de pájaros por accidentes provocados por instalaciones eólicas y de energía solar térmica (a diferencia de la solar fotovoltaica, la energía solar térmica convierte la radiación solar en energía calorífica recurriendo a superficies reflectantes curvas que concentran los rayos solares sobre un depósito o tubería por el que circula un fluido que, al calentarse, genera un chorro de vapor que pone en marcha una turbina eléctrica). La cifra de aves muertas en parques eólicos o solares térmicos va in crescendo conforme lo hace el número de estas instalaciones. 

El estudio analiza y revela cómo estas dos fuentes ‘ecofriendly’ de energía, amenazan a las poblaciones avícolas y comprometen su supervivencia: las instalaciones eólicas provocan la muerte de muchos pájaros por impacto directo contra las palas o las torres; pero también como consecuencia de las turbulencias que generan y que desestabilizan su vuelo. Además, suponen un peligroso reclamo como lugar de anidamiento y su presencia puede modificar las rutas migratorias de muchas aves y desorientarlas. 

En el caso de las instalaciones solares térmicas, a lo anterior (impacto directo, anidamiento…) hay que sumar que muchas aves mueren al sobrevolarlas por efecto de la deshidratación o el ahogamiento que les provoca el intenso calor que se acumula sobre ellas; por la acción de los rayos solares que concentran (merece la pena echar la vista atrás y recordar los espejos parabólicos que Arquímedes ideó como arma de destrucción en el sitio de Siracusa); y por las corrientes convectivas verticales que se producen sobren las mismas que, otra vez, desestabilizan su vuelo. Y también las hay que fallecen como consecuencia de confundir estas superficies reflectantes con masas de agua en las que hidratarse, alimentarse, refrescarse y reposar. Más las que mueren envenenadas en los tanques de evaporación de aguas residuales vinculados a estas instalaciones.

La conclusión de este estudio –como las de otros en la misma línea–, y extensible a esta disertación, es que es imprescindible identificar y analizar todos los inconvenientes y riesgos asociados a las energías renovables a fin de subsanarlos antes de dar el gran salto de implementarlas a una escala global. Porque, en caso contrario, lo único que conseguiríamos es pasar de una amenaza –el cambio climático– a otra –la destrucción de biodiversidad– y tal vez ni siquiera eso, porque todavía no se sabe con certeza cómo puede influir sobre el clima la proliferación de estas instalaciones. Por ejemplo, cómo las corrientes convectivas y las turbulencias ya referidas pueden afectar a la dinámica atmosférica y oceánica (aunque, por otro lado, sí sabemos que a la escala actual ya alteran la meteorología de su entorno).

Pero desde una perspectiva más amplia y realista, el problema no es la naturaleza de las fuentes de energía empleadas, sino la actual demanda energética de la humanidad. Por lo que la única solución viable pasa por un cambio de paradigma: el reto no es conseguir una fuente de energía sostenible, sino una sociedad sostenible.

Unas conclusiones con las que Sabela habría salido airosa (¿y exitosa?) del debate. Porque queda mucho por debatir.

Huellas

A la hora de analizar los efectos de las energías renovables, los expertos aluden a una huella medioambiental o en la biodiversidad equivalente a la huella de carbono vinculada al uso de combustibles fósiles; y que se define como el impacto sobre el medio ambiente provocado de forma directa o indirecta por el empleo de aquellas fuentes de energía. Una huella medioambiental que va (bastante) más allá de su manifestación más (re)conocida y visible, como es la alteración de hábitats y entornos naturales para su instalación (deforestación, adaptación y reestructuración del terreno, construcción de vías de acceso y servicio, desvío y modificación de cursos de agua). E incluso del impacto generado por la minería asociada a la cada vez mayor demanda de los minerales necesarios para producir la tecnología empleada para explotar estas fuentes de energías renovables. Y una huella que se genera por múltiples, variadas y muchas veces insospechadas vías.

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