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Ciencia de andar por casa

Ciencia de multitudes: no mires arriba… mira a Pamplona

Porque el estudio y análisis de cómo se mueve y se comporta la multitud de corredores en los encierros de los sanfermines puede resultar clave para la supervivencia de una despavorida población en una futura catástrofe de proporciones armageddónicas.

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Fotograma de la película ‘No mires arriba’ (‘Don’t Look Up’, Adam McKay, 2021).
Hyperobject Industries / Bluegrass Films / Netflix

El reciente estreno de ‘No mires arriba’ recupera –aunque con una vuelta de tuerca– el entrañable género de películas de catástrofes. Un género que tradicionalmente se ha caracterizado por apocalípticas secuencias con multitudes huyendo despavoridas –y cayendo como moscas– del ‘armaggedón’ de turno; ya fuese un meteorito, un incendio, un tsunami, un supertornado, un terremoto, un volcán, una invasión alienígena o una horda de zombis hambrientos.

Pero, tranquilo, que aquí no vamos a volver sobre la veracidad o realismo de estas y otras amenazas, sino sobre cómo se mueve una multitud cuando escapa a la carrera de un peligro inminente –un asunto, el del movimiento de grandes grupos de personas, del que se ocupa la disciplina conocida como dinámica pedestre–.

Y para ello es perentorio no mirar arriba, sino a Pamplona y en concreto a los sanfermines y a sus encierros, en los que una multitud de… ¿valientes, inconscientes…?, dejémoslo en corredores, hacen precisamente eso: correr para escapar de una manada de toros de lidia.

Análisis del movimiento

 Y si a Pamplona hemos de ir es porque un reciente estudio se ha valido del análisis del movimiento de los corredores durante los encierros para descubrir y describir dicho desplazamiento –una información que se antoja fundamental a la hora de diseñar las salidas de estadios y grandes recintos, así como para establecer planes de evacuación de emergencia en eventos multitudinarios–.

Lo primero que hay que tener claro es que el movimiento de un grupo amplio desplazándose conjuntamente se rige por dos parámetros o variables interconectadas entre sí: la velocidad y la densidad. Por lo general, en grupos de viandantes o de corredores que persiguen algo o se dirigen a una meta lo que sucede es que velocidad y densidad se contrarrestan o se compensan entre sí, de modo que cuanta mayor es la velocidad, menos denso es el grupo y viceversa. Es fácil visualizarlo si se piensa en una prueba atlética de fondo: cuando los corredores más rápidos incrementan la velocidad, comienzan a distanciarse del resto y el pelotón se estira –se hace menos denso– y solo se vuelve a concentrar si se produce un parón en la cabeza del grupo.

Sin embargo, y en contra de lo que se esperaba y se asumía, el referido estudio ha constatado que las multitudes que huyen a la carrera se comportan de modo opuesto. La velocidad y la densidad van de la mano, de tal modo que el grupo se hace más denso cuando la velocidad aumenta y, cuando esta disminuye, el grupo se dispersa.

Esto implica que el grupo empieza a correr a una velocidad moderada y suficientemente separados unos de otros y, en un momento dado, la velocidad aumenta y el grupo se hace más denso, los corredores se apretujan más; un acelerón grupal tras el que la velocidad decae de nuevo y los corredores vuelven a espaciarse. En resumen, las multitudes en huida se desplazan por arreones u oleadas.

Una suerte de sístole y diástole multitudinaria que se entiende si nos ponemos en situación: cuando los corredores de la parte de atrás del grupo ven cómo la amenaza –en este caso los toros– se acerca peligrosamente, aceleran aún más, por lo que se echan encima de los que les preceden, que de forma instintiva también aceleran al intuir el motivo.

Un acelerón que dura hasta que el grupo logra abrir un hueco suficiente para aflojar el ritmo y recuperar el resuello; primero los del fondo, que son los que llevan más tiempo esprintando, y progresivamente los demás, con lo que el grupo se vuelve a estirar… hasta que los toros se acercan otra vez y se produce un nuevo arreón de velocidad y apretujamiento.

Además, el estudio también ha comprobado que el momento crítico se alcanza cuando la densidad es igual a dos corredores/m². Al superar este límite de densidad o concentración del personal, la velocidad del grupo decae de forma acusada porque los corredores empiezan a tropezar unos con otros.

La buena noticia es que lo normal es que esto no llegue a acontecer porque el grupo regula de manera intuitiva su velocidad a fin de evitar atropellarse.

La mala noticia es que cuando se alcanza esa concentración límite, la velocidad máxima a la que se puede correr sin tropiezos es de 2 metros/segundo. Mal asunto, porque se trata de un trote cochinero que no garantiza escapar de nada.

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