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Ciencia de andar por casa

Los superpoderes del chasquido de dedos

Todo el mundo sabe chasquear los dedos; y, de hecho, lo hacemos muy a menudo: para llamar la atención, para seguir el ritmo, como un tic… Pero ¿conoces el sofisticado mecanismo físico que explica este –a priori– sencillo gesto? ¿o por qué el chasquido de algunas personas es más sonoro que el tuyo y de qué factores depende? ¿Y qué creerías si te dijesen que un simple chasquido de dedos correctamente ejecutado puede significar el fin de media humanidad?

El todopoderoso Thanos, en la película ‘Infinity War’ (Anthony Russo, Joe Russo, 2018).
El todopoderoso Thanos, en la película ‘Infinity War’ (Anthony Russo, Joe Russo, 2018).
Marvel Studios

También en la ciencia, hay veces que basta con chasquear los dedos para hacer un sonoro descubrimiento que puede llegar a evitar la desaparición de media humanidad. Literalmente. Que se lo digan a los investigadores del Georgia Tech Institute of Technology que decidieron analizar el mecanismo físico del chasquido de dedos. Un trabajo que les ha llevado a concluir que se trata de un mecanismo tipo ‘sistema de muelle mediado por pestillo’. Es decir, un sistema donde un motor o fuente de energía externo suministra la ídem para comprimir un elemento tipo muelle que es liberado al soltarse el pestillo o cerrojo que lo retiene. 

En términos más coloquiales, el chasquido de dedos puede asimilarse a lo que sucede cuando presionamos con toda nuestra fuerza un muelle contra una puerta cerrada con un cerrojo hasta que algún graciosillo lo descorre y tú y el muelle salís disparados hacia delante a gran velocidad, trastabillado y con evidente riesgo de caer de morros.

Conversión de energía

En el caso del chasquido de dedos, el motor que proporciona la energía es la musculatura del brazo y el hombro; el elemento comprimible, los tendones que conectan el antebrazo con los dedos; y el pestillo o cerrojo que lo retiene temporalmente, las rugosas huellas dactilares de nuestros dígitos. Un factor sobre el que volveremos en un momento. Justo después de explicar que este en apariencia anecdótico gesto constituye un perfecto ejemplo de conversión de energía potencial en energía cinética que, al ser transferida a las moléculas del aire, se convierte a su vez en una sonora onda mecánica. Toda una concatenación de transformaciones e intercambios energéticos que se efectúa en el ínfimo lapso de 7 milisegundos; la vigésima parte de lo que lleva un parpadeo de ojos.

Y en este punto retomamos la rugosidad de las huellas dactilares, que, según concluye el estudio, es precisamente el factor crítico que justifica la efectista sonoridad de un chasquido. Resulta que la punta de nuestros dedos presenta el perfecto equilibrio entre resistencia al deslizamiento del gordo sobre el anular y compresibilidad; de tal modo que, cuando el primero acumula la suficiente energía, la presión compresiva que ejerce sobre el segundo provoca que el cerrojo que supone la fricción entre ambas huellas dactilares se venza y el dedo sale proyectado en un movimiento ultrarrápido.

Llegados a este punto, todo aquel que hasta ahora se torturaba cuestionándose por qué sus chasquidos eran más pobres o menos sonoros que los de su compadre/pareja/colega/vecino/compañero-que–no-amigo de trabajo/bailaor de flamenco… ya estará vislumbrando la terna de posibles explicaciones: una musculatura en el brazo menos tonificada; unos tendones menos comprimibles y más anquilosados (cuánta razón tienen los que afirman que estirar bien es clave); y/o bien unas manos menos rugosas, más cuidadas. 

De hecho, los investigadores han comprobado que untarse las manos con una loción o crema reduce el coeficiente de fricción hasta el punto de que el movimiento se vuelve cuatro veces más lento y en consecuencia apenas suena –al requerir acumular menos energía que luego se convierte en energía cinética que a su vez se transfiere a la onda sonora, para superar el cerrojo de la fricción–.

Pero, claro, una mano encallecida en exceso tampoco es lo ideal, porque entonces la resistencia que ofrece al deslizamiento es excesiva y, durante el mismo, gran parte de la energía acumulada se disipa en forma de calor por la fricción (una situación si no análoga, sí pareja a lo que provoca el encendido de una cerilla) y el resultado es un chasquido de nuevo más lento y menos sonoro, aunque más caluroso.

(Nota al margen: el hecho de que el sonido dependa de la rugosidad de la huella dactilar también invita a pensar –al menos a mí– que si aquella es única e identificativa para cada individuo, también debería serlo el registro sonoro del chasquido de cada persona. ¿Serviría entonces para identificarnos?, ¿acaso puede ser empleado como futuro patrón biométrico?).

Atención: ‘spoiler’ No obstante, lo más alucinante es el motivo que propició la investigación: determinar si el inevitable Thanos, el destructor de mundos de las dos últimas entregas de la saga de ‘Los Vengadores’ –‘Infinity war’ y ‘End game’-, podría hacer desaparecer a la mitad de la humanidad (Vengadores incluidos) chasqueando los dedos metidos dentro del guantelete de armadura en el que están engarzadas las gemas de la eternidad. 

Y la conclusión es que por mucho que se empeñase, no podría, puesto que el guantelete (que lleva puesto) no cumple los requisitos imprescindibles debido a su naturaleza metálica, que lo hace rígido, incompresible y pulido. De hecho, por más que lo intentase lo único que iba a conseguir seria acariciarse las yemas en el universal –nunca mejor dicho- gesto de ‘money, money’, o bien cruzar los dedos (y esperar a que su deseo se cumpla). Una conclusión que, de hecho, es fácilmente verificable: basta con comprobar si a estas alturas de la película la mitad de los lectores todavía no se han esfumado.

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