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Ciencia veraniega

Ricas tentaciones y cerebro: lo que los publicistas del Kit-kat no sabían (y ahora sí sabemos)

Porque si nos damos un respiro y paramos un momento a pensar, ¿caeremos en la tentación?

¿Chocolate o fruta?
¿Chocolate o fruta?
Eliza Adam / Flickr

'Tómate un respiro, tómate un Kit-kat'. Aunque es innegable que se trata de un eslogan pegadizo -y no hay mejor prueba de ello que el que la mayoría lo recordemos-, la realidad es que el mensaje que transmite es contraproducente, por no decir directamente perjudicial, para los intereses comerciales de la marca. Porque si nos paramos a pensar, ¿caeremos en la tentación?

Lo que no sabían los publicistas que lo acuñaron en su momento y que ahora acabamos de saber es que, al parecer, a la hora de valorar o juzgar un alimento, la primera información que procesa nuestro cerebro es su sabor, sus propiedades organolépticas, en definitiva, cuán apetitoso resulta; y solo más tarde procesa sus propiedades nutricionales, lo saludable que es. En concreto, la primera información es procesada en solo unos 400 milisegundos. En tanto que tramitar la segunda requiere el doble de tiempo.

Así pues, cuando una y otra no están en sintonía -como puede ser el caso de una chocolatina -que está de vicio, pero a costa de ser una 'bomba' de azúcares y grasas saturadas-, el irresistible placer que proporciona a nuestro sentido del gusto parte con ventaja frente a sus dudosas propiedades nutricionales.

Y es precisamente esta diferente velocidad de juicio lo que hace que cuando estamos famélicos y desesperados por devorar lo primero que pillemos, pero también cuando cogemos un tentempié deprisa y corriendo entre una obligación y el siguiente compromiso -porque no sé como nos las apañamos pero siempre andamos con urgencias-, casi siempre optemos por la opción menos recomendable, ya sea un dulce, una bolsa de patatas fritas o un poco de embutido antes que por una manzana o un trozo de queso fresco.

Y es por esa misma razón por la que invitar a tomarse un respiro no parece la mejor idea si de lo que se trata es de fomentar el consumo de una chocolatina rellena de crujiente galleta. Más bien debería ser todo lo contrario: 'No te tomes un respiro, tómate un KitKat', porque si te tomas un momento que te permita contemplar también las propiedades nutricionales (o calóricas; factor este que suele ser el que más pesa en la decisión de mucha gente) del resto de opciones que te ofrece la nevera, la despensa o el supermercado, es más probable que acabes decantándote por esa pieza de fruta que no arruine la operación bikini.

Fast, fast food

De lo leído hasta aquí se deduce que el riesgo de caer en la tentación de elegir 'comida basura' reside, sí, en las 'trampas' organolépticas con que esta nos engatusa -sal, grasas, y picantes en cantidad; todos potentes estimulantes para nuestras papilas gustativas-. Pero también en la dinámica en la que te ves atrapado en los establecimientos que la ofrecen: formando parte de una cola que ruge y avanza como una marabunta y con unos operarios -porque no les puede catalogar de camareros- en un frenesí de idas y venidas para coger el siguiente pack de doble de patatas, refrescos y hamburguesas embaladas -las hamburguesas pero también ellos-.

Y ante el argumento previo es lícito pensar “oye, ¿no estarás exagerando un poco? Al fin y al cabo solo necesitas 400 milisegundos más para procesar las cualidades nutricionales”. No creas, es cuestión de ponerse en situación -que no solo se da en las franquicias de 'fast food' yankis-: imaginemos por ejemplo que estamos en uno de esos habituales restaurantes de autovía, en el que invariablemente desembarcas al ser el primer sitio que encuentras tras media hora de creciente rugir de tripas, y en el que para avituallarte desfilas con tu bandeja por delante de un expositor donde tienes que coger lo que quieres sobre la marcha justo cuando se aparece ante tus ojos, porque como te demores un instante, ignorando el coro de ruidos estomacales de los que vienen detrás, estos te mirarán mal o te increparán. Y ya no es solo la presión de los que te siguen, sino que en el poco tiempo que tienes para seleccionar tu menú antes de que la fila siga avanzando y aquel ya no esté al alcance de tu mano, también tienes que considerar con idéntica urgencia otras cuestiones igual de fundamentales como dónde están las servilletas y los cubiertos o si ya te habrás pasado las bolsitas de mayonesa. Y otro tanto se puede decir de los bufetes de los hoteles, en los que no solo compites con el resto de clientes, sino también contra el crono para que los demás no vacíen las bandejas antes de que te hayas llegado a decidir. Por eso te ves obligado -o te obligas a ti mismo-a decidir a la carrera, lo que 'acarrera' que muchas veces optemos por llenar el plato con viandas no demasiado saludables.

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