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Gazapos de cine

‘Infierno azul’: Si estás surfeando y aparece un tiburón blanco, es normal quedarse frío

Cuando un chófer frío como el acero te brinda una clase gratuita de termodinámica mientras conduce a un caluroso y paradisíaco destino, no conviene rechazarla. Sobre todo si la alternativa es que la lección la imparta el guionista de una película sobre surfistas.

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Columbia Pictures, Ombra Films, Weimaraner Republic Pictures

Nancy, una joven aventurera, apasionada del surf, emprende un viaje de redención que la lleva a la costa mexicana y a una solitaria playa, buscando el sitio perfecto para practicar su deporte favorito. Pero lo que se suponía que iba a ser una jornada ideal se torna en una pesadilla cuando se queda atrapada en un islote a solo cien metros de la costa y un enorme tiburón blanco se interpone entre ella y la orilla.

Encuentra el gazapo científico en este diálogo de la película ‘Infierno azul’, dirigida por Jaume Collet-Serra en 2016.

El diálogo de película

-Oye, ¿cómo se llama esta playa? –preguntó la surfera protagonista, y , al no obtener respuesta por parte del chófer nativo, añadió: 
–No me lo vas a decir, guay. Eres frío, frío como el acero.
Eso es imposible. Hace mucho calor –replicó con seriedad el conductor.
–Me refiero a que tú eres un tío frío… déjalo.
–Ja, ja, ja –rio el chófer relajando su hasta entonces imperturbable rictus– te entendí a la primera.

El gazapo

No deja de ser curioso que todos, desde el chófer nativo hasta casi cualquier habitante del planeta, entendamos perfectamente y a la primera una expresión que es de lo más desafortunada. Porque el acero no es ni frío ni caliente, sino que depende de las circunstancias o de cada ocasión.

La clave para entender esta ambigua afirmación es a qué aludimos realmente cuando decimos que un objeto es frío o caliente. En realidad, lo que estamos haciendo es comparar la temperatura interna a la que está nuestro cuerpo (aproximadamente 36ºC en todo momento) con la del exterior.

¿El exterior? Sí, porque cualquier objeto, después de un cierto tiempo de permanencia en un entorno o ambiente determinado, adopta la temperatura ambiente, equipara su temperatura interna con la del entorno. Una consecuencia ineludible de las leyes de la termodinámica –y, si me apuras, de la naturaleza, que reniega de las desigualdades–, según las cuales el calor, entendido como una manifestación de la energía interna que acumula un cuerpo, siempre fluye del cuerpo más caliente al más frío hasta que ambos igualan sus temperaturas. 

Esto significa por un lado que si tenemos una barra u objeto de acero en una habitación refrigerada a 20ºC, esa sería la temperatura del acero al alcanzar el equilibrio térmico y, al tacto, nos resultaría frío. Lo que sucede cuando lo tocamos es que a través de la superficie de contacto, parte de nuestro calor fluye hacia el objeto en un desesperado intento de igualar nuestras temperaturas, de reparar el desequilibrio existente. Así pues, lo que percibimos realmente como frío es nuestra pérdida de calor.

Pero por otro lado, si ese mismo objeto de acero se encuentra confinado en un horno a 180ºC, cuando lo toquemos sentiremos, con razón, que quema. O, tal y como lo resume el chófer con gran lucidez, es imposible que el acero esté frío en un ambiente tan caluroso como el de una paradisíaca isla tropical.

La explicación anterior también implica que dentro de la misma habitación, un objeto de acero y uno de plástico o madera estarán a la misma temperatura…

…Y sin embargo, notamos el metal más frío. La responsable de esta contraintuitiva sensación es la conductividad térmica. Como consecuencia de ella, cuando tocamos un objeto de acero y lo sentimos más frío o más caliente que otro de madera, lo que sucede es que parte de nuestro calor pasa a la superficie de contacto y desde allí escapa enseguida, por lo que la superficie vuelve a enfriarse y a demandar que la sigamos calentando. Por el contrario, en la madera, dada su baja conductividad térmica, la energía transferida tras el primer contacto tarda en disiparse al resto del objeto, por lo que enseguida dejamos de percibirlo como tan frío.

De todo lo anterior, y ya como reflexión final, también cabe inferir que los tipos fríos como el acero en una isla tropical no son tipos tan fríos como los de regiones más septentrionales.

Qué es la conductividad térmica

La conductividad térmica es una propiedad intrínseca de cada material, de su naturaleza o estructura íntima, atómica. Cuando el calor fluye de un cuerpo más caliente a uno más frío lo hace mediante un sistema equiparable al tú-la-llevas a escala atómica. Según el cual, en la superficie de contacto los átomos ‘calientes’ chocan con sus vecinos más ‘fríos’ y les ceden parte de su energía. Energía que desde allí se transfiere por idéntico sistema al resto del objeto, a fin de que todos sus átomos estén a su vez en equilibrio térmico. Vaya, que no haya un extremo caliente y otro frío.

En el caso del acero y del resto de metales, precisamente por su naturaleza metálica, los átomos que los conforman tienen una gran capacidad para moverse, por lo que el calor se transmite muy rápido de unos a otros. En tanto que en los materiales aislantes, como el plástico o la madera, sus partículas son mucho más reacias a vibrar y al calor le cuesta más avanzar y fluir a través

de ellos.

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