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Metáforas en el laboratorio. Poderosas herramientas de cognición y emoción

El poder de las metáforas atrae la atención de científicos de diversas ramas del conocimiento, desde psicólogos a politólogos, pasando por lingüistas, neurólogos, publicistas y terapeutas. Esta potente herramienta de pensamiento activa las áreas emocionales del cerebro.

Metáforas como esta llegaron a las marquesinas de los autobuses.
Metáforas como esta llegaron a las marquesinas de los autobuses.
Campaña de Ecoembes y la administración local (2019-2020)

Al leer la palabra ‘metáfora’, el lector seguramente habrá pensado que este iba a ser un artículo sobre literatura; es normal, estamos demasiado acostumbrados a pensar que las metáforas son solamente un recurso estilístico, típico de composiciones literarias como la poesía. "Metáfora. Traslación del sentido recto de una voz a otro figurado, en virtud de una comparación tácita, como en ‘las perlas del rocío’, ‘la primavera de la vida’ o ‘refrenar las pasiones’". Definiciones y ejemplos como estos que aparecen en el Diccionario de la Lengua Española ofrecen una visión algo distorsionada, o si se quiere corta de miras, del potencial real y de lo que verdaderamente hacemos y sucede en nuestro cerebro cuando utilizamos una metáfora en nuestra vida diaria.

La metáfora es un mecanismo de cognición, con sus propias marcas de activación cerebral y que no solamente nos permite pensar y entender conceptos abstractos, sino que es también una herramienta de persuasión

Lejos de ser solamente un artificio embellecedor, difícil de crear y apto para eruditos, el poder de la metáfora es un tema que ha atraído la atención de científicos de diversas ramas del conocimiento, desde psicólogos a politólogos pasando por lingüistas, neurólogos, publicistas y terapeutas. La metáfora es una herramienta de pensamiento muy potente; es un mecanismo de cognición, con sus propias marcas de activación cerebral y que no solamente nos permite pensar y entender (para después, expresar) conceptos abstractos, que no tienen una materialidad física, sino que además, nos da la oportunidad de acceder y manipular los sistemas de creencias que tienen las personas (sociedades, culturas…) que nos rodean. No en vano la metáfora es también una herramienta de persuasión, un mecanismo que crea y manipula emociones.

De un campo a otro

Algo en lo que coinciden diferentes teorías sobre la metáfora desde la Antigüedad es que hace posible que tomemos conceptos de un campo del conocimiento, normalmente más cercano y concreto, para referirnos a conceptos de otras áreas del conocimiento, generalmente más lejanas y abstractas. Por ejemplo, cuando intuimos que algo sucede solemos utilizar expresiones relacionadas con el olfato (‘me huele que esta moción de censura no va a prosperar’) pero, si estamos seguros de lo que ocurre, utilizamos la vista (‘enseguida vi que tenía claro que iba a hacer’). Quizás la modernidad de algunas teorías reside en que la metáfora no es simplemente un juego de palabras, sino un mecanismo que manipula ideas para luego codificarlas a través de recursos lingüísticos orales (‘me huele’, ‘vi’, ‘claro’, etc.) o multimodales (‘tocarse la nariz’).

Entre las claves para entender la actual investigación científica de la metáfora encontraremos la corporeización, que nos hace trasladar al lenguaje percepciones físicas. Experimentos conductuales analizan nuestra ‘conciencia metafórica’, que aparece en la infancia, y las técnicas de neuroimagen y encefalografía se adentran en el cerebro para explorar el procesamiento metafórico. Las áreas que se activan revelan que las metáforas son emocionales, con todo el poder de persuasión que esto implica.

Empoderamiento

Este artículo empezaba por ‘desmentir’ esa visión estrecha de la metáfora como una desviación del camino recto del significado propia de literatos con un talento singular. En el recorrido de este reportaje se harán varias paradas para mostrar que la metáfora es un increíble vehículo de cosmovisión, además de una potente herramienta de cognición y emoción. Cada una de estas paradas se ha avituallado con diversos estudios científicos realizados en el laboratorio desde diversas perspectivas psicológicas, antropológicas, lingüísticas, neurológicas... Estudios que en muchos casos están siendo desarrollados desde la Universidad de Zaragoza por investigadores y colaboradores de laboratorios como el del grupo de investigación de referencia Psylex. Ahora solo queda que los resultados de estas investigaciones dejen una huella en el lector para que la próxima vez que oiga la palabra ‘metáfora’, además de poesía, también le invada un fuerte sentimiento de empoderamiento... Al fin y al cabo, tiene en sus manos un poderoso mecanismo de pensamiento y emoción.

Corporeización: esto me huele a chamusquina, no lo veo claro

Las metáforas no se basan solamente en parecidos funcionales o físicos (la forma redondeada y brillante de las gotas del rocío recuerda a la de una perla), sino en percepciones de parecidos simulados e imaginados que no existen realmente, pero que los hablantes experimentamos gracias a la interacción sensomotora de nuestros cuerpos con el mundo exterior y a nuestro bagaje sociocultural. A esta base conceptual o motivación se la conoce como corporeización. 

Un ejemplo. En las sociedades occidentales, el olfato es útil para detectar que algo pasa, pero no para identificar exactamente qué es lo que se huele. La vista, en cambio, es fiable porque permite extraer información muy detallada (color, tamaño, etc.). Estas mismas cualidades de la percepción física se trasladan inmediatamente a la percepción figurada del conocimiento. De ahí que oler se relacione con ‘intuir’ o ‘sospechar’ y, ver, con ‘conocer’ y ‘entender’. Ahora bien, estas correspondencias no son universales. En otras culturas, como las de los aborígenes de Australia, confían en el oído como fuente fiable de conocimiento. Y es que la cosmovisión de los hablantes del mundo que los rodea está condicionada por el cuerpo, el entorno y la cultura en la que viven.

Qué sucede en nuestro cerebro

Los procesos cognitivos metafóricos se sustentan a través de la experimentación neuropsicolingüística. No se debe al azar el hecho de que se usen las relaciones espaciales (arriba, derecha...) para referirnos a cantidades (‘sube el número de infectados por coronavirus’), al poder (‘fue escalando puestos hasta llegar a presidente’; ‘hacer una genuflexión’) o a las emociones (‘tras años de amistad, últimamente se han distanciado’). Diversos experimentos conductuales han mostrado que los hablantes acceden, entienden e identifican las correspondencias metafóricas rápidamente. 

Un estudio sobre la relación entre verticalidad y poder (el control está arriba) reveló que los informantes tardaban menos en identificar los casos en los que el controlador se situaba encima del controlado (carcelero-prisionero) que en los de la posición invertida (prisionero-carcelero). 

Esta sensibilidad para identificar y procesar correspondencias metafóricas o ‘conciencia metafórica’, es una capacidad que tenemos desde muy pequeños. Niños de hasta 3 años, ante estímulos adecuados a su edad, son capaces de explicar por qué se usa una parte del cuerpo como la mano para indicar ‘ayudar’. Es más, esta capacidad es también crucial para la adquisición de segundas lenguas tanto a edad temprana como adulta. Se sabe que el ser conscientes de la motivación existente entre estas correspondencias metafóricas y el desarrollar esta conciencia metafórica a partir de actividades que ayuden a aumentan la competencia metafórica, facilitan el procesamiento y, además, hacen que el aprendizaje sea más efectivo y duradero.

Activación de la amígdala, centro de emociones del cerebro.
Activación de la amígdala, centro de emociones del cerebro.
F. M. M. Citron

El procesamiento metafórico se está explorando también por medio de herramientas neurofisiológicas como las técnicas de neuroimagen (fMRI), que topografían las zonas del cerebro activas a partir del flujo de la sangre, y las de encefalografía (EEG), que registran la actividad bioeléctrica del cerebro. 

Aunque aún incipientes, estos estudios muestran que las respuestas neurofisiológicas al leer expresiones con metáforas convencionales frente a expresiones literales son diferentes. Cuando hay metáforas aparece una mayor activación neuronal tanto en zonas prefrontales, asociadas con la memoria de trabajo y a funciones ejecutivas, como en zonas temporales, relacionadas con el procesamiento semántico.

Enemigos, burbujas y una visión del mundo

Las metáforas son emocionales. Se puede ver cómo nos afectan en las reacciones, tanto de rechazo como de agrado, que han suscitado las metáforas bélicas al describir la pandemia de la covid en la ciudadanía. Estas metáforas son efectivas para canalizar los primeros estadios de situaciones difíciles como una pandemia. Sin embargo, su uso prolongado puede ser contraproducente, al poder crear sentimientos de frustración cuando, a pesar del esfuerzo, el problema no se soluciona; o desencadenar reacciones violentas y/o poco ortodoxas al situar a quien las oye o lee en una situación excepcional como una guerra (‘balconazi’).

El poder emocional se ha testado también en el laboratorio. Se ha mostrado que ‘condicionando’ a los informantes a partir correspondencias metafóricas, sus respuestas son manipulables. En un estudio, basándose en la metáfora que vincula afecto y calor (‘dar una cálida bienvenida’), se hacía que los informantes, antes de describir a personas en fotos, sujetaran un recipiente con líquido caliente o frío. Los del líquido caliente utilizaban palabras afectivas para describir a las personas, pero los del líquido frío preferían características no empáticas.

El procesamiento de metáforas provoca una mayor activación en la zona de la amígdala, una de las áreas emocionales del cerebro

La relación entre emoción y metáfora tiene también su fundamento neurofisiológico: el procesamiento de metáforas provoca una mayor activación en la zona de la amígdala, una de las áreas emocionales del cerebro y, ante expresiones metafóricas sobre sentimientos, el ritmo cardíaco es diferente: se acelera con la ira, el miedo y la alegría pero se ralentiza con la tristeza.

El poder emocional y el valor cognitivo de la metáfora se explota en diversos campos aplicados. Su poder persuasivo es fundamental en la publicidad porque ayuda a comunicar los beneficios de un producto de forma indirecta y de manera sutil. El público, al tener que interpretar la asociación metafórica, se siente dueño del mensaje, con lo que se mitiga el valor práctico y comercial del anuncio. Además, favorece su memorabilidad, apreciación y efectividad. Su función cognitiva para estructurar la cosmovisión de una comunidad de hablantes abre muchas posibilidades. Si se conocen las metáforas de una comunidad, podemos no solo entender mejor su comportamiento (en qué cree y qué le importa), sino también obtener las claves para influir, cambiar o copiar sus fundamentos. En otras palabras, las metáforas no solamente nos pueden ayudar a saber qué quieren decir, sino también para meternos en su propio mundo, comprender qué es lo que funciona y cómo se puede mejorar.

Este poder de canalizar la visión del mundo de las metáforas se ha aplicado en ámbitos tan diferentes como el de la salud –a la hora de entender enfermedades mentales como la esquizofrenia y en la elaboración de terapias curativas–, el de la política –en la comprensión de las bases morales de los partidos políticos para elaborar una estrategia electoral exitosa– e incluso el de la sociología de la covid– al describir estilos de liderazgo basados en el lenguaje de la distancia que se centran en el virus como algo irremediable (‘un enemigo invisible que se mueve’) o en el de la cercanía y corresponsabilidad que llaman a la cautela y a la acción personal (‘caminar sobre una capa fina de hielo’, ‘quedarse en una burbuja’).

Iraide Ibarretxe-Antuñano Departamento de Lingüística y Literaturas Hispánicas de la Universidad de Zaragoza

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