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El cuerpo y la mente en la covid: “sujétame este boli”

Hay una salud física y una salud mental, si es que tal separación puede delimitarse, y la pandemia amenaza constantemente a ambas. En medio de esta situación se ha publicado una investigación que puede parecer una ‘boutade’, pero que en realidad va bastante más allá: sujetar un boli entre los dientes hace que el mundo parezca mejor. (No se detenga aquí, por favor).

Los participantes en el estudio debían sujetar así el bolígrafo.
Los participantes en el estudio debían sujetar así el bolígrafo.
E.­ J. Wagenmakers, Titia Beek, Laura Dijkhoff y Quentin F. Gronau

Se conoce desde 1988, pero ahora, tras algunas dudas sobre su veracidad, este nuevo estudio ha vuelto a mostrarlo. Forzar la sonrisa el tiempo suficiente hace que interpretemos la realidad de forma más optimista: si se sostiene un bolígrafo entre los dientes las caras ambiguas parecen más contentas, los andares dudosos se antojan más felices. Se trata de engañar a su cuerpo, que no es ni más ni menos que usted, para que el engaño pase a interpretar la realidad.

No se trata de caer en frivolidades y autoayudas fáciles, no se trata de decirle al deprimido: "Anímate", de resumir al confinado en un: "Sujétame este boli"; pero sí de pensar en la fuerza de lo subjetivo, en el resultado como causa, como en esas películas donde todo el tiempo es simultáneo y circular. Se trata también de pensar en la importancia del cuerpo sobre la mente, si es que tal separación puede delimitarse (que no).

Este es el estudio, esta es la historia.

 

El experimento

Los voluntarios participantes eran recibidos en el laboratorio y guiados hasta una sala donde se sentaban frente a un ordenador. Para no condicionar los resultados se les dijo que el experimento trataba sobre la habilidad para realizar actividades multitarea, nada que ver con el objetivo real. Intercaladas entre otras actividades, a cada uno de ellos se les enseñaban fotografías de rostros manipulados por ordenador, así como figuras humanas realizadas con puntos luminosos y que caminaban con distintas cadencias y maneras. Cuando las veían debían indicar si las fotos o los vídeos les parecían representar a personas tristes o contentas. Y debían hacerlo sujetando un bolígrafo entre los dientes y sin él.

Los resultados indicaron que, cuando una persona forzaba la sonrisa así, tendía a interpretar las caras y las expresiones corporales de una forma más optimista. Las diferencias eran discretas, pero significativas. Después repitieron el experimento comparando sujetar el bolígrafo con los dientes a hacerlo con los labios, lo que impedía la sonrisa –por si no fuera ella, sino la activación general de los músculos de la cara lo que llevara al optimismo–. Las puntuaciones y las diferencias fueron casi un calco de las anteriores: no eran los músculos de la cara en global, era la sonrisa la que volvía a hacer ver las caras y las figuras de forma más positiva.

Esto decían en su lenguaje los investigadores: "La relación bidireccional entre acción y percepción ha demostrado que la percepción afecta a las acciones motoras y que las acciones motoras afectan a la percepción. Este es un principio central de la cognición encarnada".

Esa cognición encarnada se refiere a la importancia del cuerpo sobre la emoción y los pensamientos, y la idea viene de hace mucho tiempo ya.

Darwin, William James y una crisis en las ciencias

En 1865, el anatomista del cerebro Louis Pierre Gratiolet escribió: "Incluso los movimientos y posiciones circunstanciales del cuerpo resultarán en sentimientos asociados". Esa idea le dio pie a Darwin a pensar que mostrar una emoción puede actuar intensificándola, así que siete años más tarde escribió: "El que da paso a gestos violentos aumentará su rabia". Pero si se piensa en la cognición encarnada hay que pensar en William James, que unos años después fue un paso más allá, casi hasta el extremo. Para Jamesno lloramos porque estemos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos. No temblamos porque tengamos miedo, sino que tenemos miedo porque temblamos (o porque sentimos alguna de sus reacciones asociadas). Porque "una emoción humana puramente desencarnada es una entidad que no existe".

Sin embargo, hubo que esperar un siglo para que los experimentos empezaran a dar pie a sus ideas, aunque no impliquen llegar a esos límites. El estudio que se considera seminal es de 1988, lo ideó el psicólogo alemán Fritz Strack y consistía en mirar dibujos de un famoso cómic de la época. Los voluntarios tenían que decir si les parecía que estaban contentos o no... sujetando un boli con los dientes o con los labios. Y sí, les parecían más felices cuando usaban los dientes.

Ahora bien, ¿estamos seguros de este efecto? En los últimos años se habla de una crisis de reproducibilidad de la ciencia, con numerosos estudios que no encuentran los mismos resultados al volver a ejecutarse. El llamado Proyecto Reproducibilidad trató de repetir los resultados de cien trabajos de psicología: solo lo lograron con 39. Uno de los que se intentaron reproducir fue el de Strack, y él mismo lo sugirió. Diecisiete laboratorios internacionales y más de dos mil voluntarios formaron parte. Sin éxito. En unos lugares se daban los mismos resultados, en otros sucedía lo contrario: sujetar el boli con los dientes hacía ver los dibujos más tristes. En conjunto, el efecto era nulo.

¿Rompe esto con la teoría? No necesariamente. El intento de repetición presentaba problemas, algunos de ellos expuestos por el mismo Strack. Y, en cualquier caso, él admite que el efecto es pequeño. Poco después de publicar el artículo original recibió llamadas de muchos periodistas preguntándole si sujetar un bolígrafo con la boca podía curar la depresión. Al parecer, él se rio de ello: "Hay intervenciones mejores y más fuertes si quieres hacer feliz a una persona", les dijo.

Lo cual no quita que se hayan hecho hasta ensayos clínicos con inyecciones de bótox para aliviar la depresión. La dificultad para arrugar el rostro, para fruncir el ceño, mejoraría el ánimo de los pacientes. De hecho, así ha resultado en varios ensayos. Ahora bien, ¿es suficiente la evidencia? ¿Se debe a la inhibición muscular o al hecho de que los voluntarios se ven mejor? ¿Podría ser que otras personas las trataran mejor al creer por sus caras que ya no estaban tan preocupadas? A pesar del gran intento fallido de repetición con el experimento del bolígrafo, otros muchos –como el último que vimos hace unos párrafos– han encontrado resultados parecidos, lo que lleva a pensar que la teoría es cierta. Pero también: ¿podría ser que se publicaran mucho más aquellos que respaldan la idea de Strack?

Vaya, que es complicado. En cualquier caso, las teorías actuales tienen muy en cuenta al cuerpo como parte importante de la emoción, aunque no lleguen a los extremos de William James: al fin y al cabo no solo es el llorar lo que provoca la tristeza. Un ejemplo es el que pone el neurólogo Robert Sapolsky al hilo de las discusiones. Cuando dos personas discuten se activa su sistema nervioso autónomo: el corazón se acelera y el estómago se hace un nudo. Cuando lo arreglan y se piden disculpas todo debería haberse solucionado, pero ese sistema tarda un tiempo en frenarse y el tiempo en hacerlo varía según las personas o los momentos. Aunque la discusión pasó, siguen notando la taquicardia y el nudo, y eso les puede llevar a pensar que por alguna razón tienen que seguir enfadados.

Y esto es lo que dice el también neurólogo Antonio Damasio en su libro ‘En busca de Spinoza’: "¿Qué hace que los pensamientos sean felices? Si no experimentamos un determinado estado corporal con una cierta calidad que llamamos placer y que encontramos ‘bueno’ y ‘positivo’ en el marco de la vida, no tenemos ninguna razón para considerar que ningún pensamiento sea feliz. O triste".

Así que si quiere haga la prueba: piense que es gratis, que tiene una posible base y que, al menos con esto en particular, nadie va a hacer negocio a su costa. Que de paso le puede ayudar a recordar la importancia del cuerpo en su mente. Que, aunque no puedan delimitarse, él también es usted.

¿Sujétame este boli?

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