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50 años del Apollo 13, el fracaso más glorioso de la NASA

En abril se cumplió el 50 aniversario de un acontecimiento que tuvo al mundo en vilo durante una semana: el fracasado vuelo del Apollo 13 camino a la Luna, cuando una explosión a bordo dio al traste con el que debía ser el tercer desembarco en nuestro satélite. Aunque, para muchos, ese fracaso y la formidable operación improvisada para traer de regreso a los tres astronautas constituyó –visto con la perspectiva de los años– uno de los momentos de gloria de la NASA.

El módulo lunar del Apollo 13, Aquarius, visto desde el módulo de mando nada más salir despedido.
El módulo lunar del Apollo 13, Aquarius, visto desde el módulo de mando nada más salir despedido.
NASA

La película protagonizada por Tom Hanks, contribuyó en gran medida al aura de leyenda que rodea el Apollo 13. De hecho, parece que disfrutó tanto de la experiencia –se filmó en el interior de un avión simulador de ingravidez y con la asesoría de varios astronautas– que años más tarde el mismo actor produciría una serie de televisión sobre todo el programa Apolo.

El Apollo 13 despegó el 11 de abril de 1970 a las 13.13 de Houston. Nadie dio importancia al triple 13 que marcaría aquella misión. Y lo cierto es que una cierta maldición sí que parecía pesar sobre él. Y no solo por el nombre escogido para la nave principal: Odyssey. Apenas una semana antes del despegue, los médicos habían descubierto que el piloto del módulo de mando, Ken Mattingly, había estado expuesto a un contagio de rubeola. Fue sustituido por su suplente, con gran disgusto por parte de los otros dos tripulantes. Tan apresurado fue el cambio que no hubo tiempo ni de hacer las fotografías oficiales con el traje de vuelo ni de cambiar el nombre en la placa conmemorativa que dejarían en la Luna. El comandante James Lovell –que hacía su segundo vuelo a la Luna– y el piloto del módulo lunar, Fred Haise, eran inmunes.

El lanzamiento tampoco estuvo libre de contratiempos. Uno de los motores de la segunda etapa se apagó antes de hora debido a violentas vibraciones que casi rompieron las tuberías de alimentación de combustible. Hubo que compensar manteniendo los otros cuatro encendidos durante más tiempo. Pero, superado ese momento de crisis, el resto del viaje se desarrolló sin incidencias. Hasta la tarde del día 13.

Los dos astronautas que bajarían a la Luna habían pasado al módulo lunar para prepararlo y, de paso, transmitir un programa de televisión que mostrase al público el interior de su nave. Lo que no sabían es que ese público estaba empezando a aburrirse de la aventura lunar. Ninguna de las tres cadenas nacionales dio la emisión en directo. Una de ellas prefirió sustituirla por un refrito de la serie ‘I love Lucy’, de los años cincuenta, y otra, por un partido de béisbol en directo... que muchos estaban siguiendo en el propio centro de control de Houston.

Minutos después de terminar la transmisión, uno de los depósitos de oxígeno de la nave Odyssey estalló. Algunas tuberías que alimentaban los generadores eléctricos se rompieron; el lateral del módulo de servicio salió despedido al espacio, la antena principal perdió la orientación, y una nube de gas y residuos envolvió la nave. Incluso se sospechaba que el motor principal y hasta el escudo térmico podían haber resultado dañados.

La nave principal del Apollo, conocida por sus siglas CSM (módulos de mando y servicio) se alimentaba a partir de tres pilas de combustible. Estas eran unos reactores electroquímicos que combinaban oxígeno e hidrógeno a presión para producir corriente y –como subproducto– agua potable. Esta era la que consumirían los astronautas y también el sistema de refrigeración de todos los equipos eléctricos.

Perdido el suministro de oxígeno, la nave estaba eléctricamente muerta. No habría electricidad, ni agua, ni motor principal y los tres astronautas corrían el riesgo de asfixia antes de tener tiempo de volver a la Tierra. Se encontraban a 300.000 kilómetros de distancia y siguiendo una trayectoria que no garantizaba el retorno.

El módulo lunar como bote salvavidas

La única solución era utilizar el módulo lunar Aquarius, aún amarrado a proa, como bote salvavidas. Estaba contemplado como posible alternativa de emergencia pero que nunca se había intentado. El módulo lunar funcionaba con baterías, no con pilas de combustible, y disponía de reservas de agua y oxígeno suficientes para mantener a dos astronautas un par de días en la Luna; ahora, tendría que dar cobijo a tres, durante casi el doble de tiempo.

El equipo de controladores de Houston se enfrentaba así a una de sus peores crisis. Cualquier medida que se adoptase en un sentido tendría consecuencias nefastas en otro. Por ejemplo, la falta de corriente y agua de refrigeración exigiría apagar la mayor parte de equipos de a bordo. Y nadie sabía si sería posible reencenderlos después. El sistema de navegación había perdido su referencia interna; para orientar la nave habría que utilizar el sextante del equipo de navegación pero el enjambre de residuos que acompañaba a la nave se confundía con estrellas y hacía imposible tomar referencias exactas.

Tampoco era prudente utilizar el motor principal para corregir la trayectoria. Habría que recurrir al motor del módulo lunar que debía haber servido para posarse en la Luna. Era mucho menos potente pero, al menos, su empuje resultaba fácil de ajustar. Y con los motores de orientación del Odyssey también fuera de servicio por falta de corriente, el comandante tendría que hacer auténticos equilibrios para controlar su posición con los del Aquarius que, por supuesto, nunca habían sido pensados para eso. Al estar descentrados con respecto al centro de gravedad de la nave, cada vez que se intentaba corregir una desviación a izquierda o derecha se introducía otra hacia arriba o abajo.

La calidad del aire en la cabina constituía otro motivo de preocupación. Tanto el módulo de mando como el lunar utilizaban unos filtros de hidróxido de litio para absorber el CO2. Solo funcionaba el equipo del módulo lunar, pero, entre uno y otro, disponían de recambios de sobra para todo el viaje... excepto por un detalle: al ser dos vehículos construidos por diferentes empresas, habían escogido diferentes modelos de cartuchos: los del módulo de mando eran cuadrados; los del Aquarius, redondos. No encajaban.

Los técnicos de Houston se vieron obligados a improvisar una solución para adaptar los filtros del módulo de mando. Utilizando solo los materiales de que disponían los astronautas: bolsas de plástico, mangueras, cartón y cinta adhesiva. Y luego estaba el problema de transmitirles las instrucciones –con un enlace por radio de lo más precario– para ensamblar el invento y conectarlo al purificador de aire.

Para economizar la energía disponible en las baterías del módulo lunar Aquarius, también se apagaron todos sus equipos no esenciales. Por ejemplo, el sistema de orientación (pensado solo para operar en la Luna) únicamente se encendía como preludio a alguna maniobra para refinar la trayectoria. Y la iluminación de la cabina dependía de la luz del Sol que entraba por la ventanillas.

Un ambiente gélido

Una consecuencia de esta política era el frío. Las naves espaciales no tienen sistemas de calefacción. Aprovechan el calor generado por los numerosos equipos eléctricos y disponen de radiadores para descartar el exceso hacia el espacio. Pero, con los sistemas apagados, la situación era justo la contraria. El ambiente de la cabina era gélido, apenas por encima de los dos o tres grados. Se formaba escarcha sobre paneles de instrumentos y ventanillas. En el módulo de mando, un pequeño depósito de agua solo contenía hielo.

Para los astronautas, vestidos con ligeros monos de algodón, fueron unos días terribles. Agravados por la decisión de Lovell de racionar drásticamente el consumo de agua. Había que reservarla para la refrigeración de los equipos eléctricos. Fred Haise desarrolló una infección renal que le tuvo tiritando durante más de cuatro horas. Sus dos compañeros, quizás por su complexión más robusta, lo soportaron mejor.

Ya a punto de reentrar en la atmósfera, otro equipo de ingenieros en Houston tuvo que plantear la mejor forma de separar las diferentes secciones de la nave. El módulo de servicio estaba muerto, así que no podían contar con sus motores, que era el procedimiento normal. Se recurrió a una compleja coreografía, planificada al segundo. Aprovechando que Aquarius continuaba unido a proa, utilizar sus propulsores para impulsar toda la nave hacia popa; desconectar los flejes que mantenían unido el módulo de servicio e inmediatamente revertir el impulso de los motores. El módulo lunar ‘arrancó’, literalmente a la cápsula con los tres astronautas del resto del vehículo.

Como el corcho de una botella

A continuación, quedaba el problema que cómo separar el módulo lunar. Para ello, los astronautas se acomodaron en el módulo de mando, presurizaron el túnel que conectaba a ambas naves y abrieron las mordazas de sujeción. Aquarius salió despedido como el corcho de una botella. Pocos minutos después, se destruiría al contacto con la atmósfera.

La cabina de la nave Odyssey se posó en el Pacífico, a la vista del portahelicópteros de rescate. Sus tres ocupantes pasaron directamente a la enfermería donde, en efecto, los médicos constataron las consecuencias de su aventura: era la tripulación que regresaba en peores condiciones físicas. Pero vivos. Algo por lo que pocos hubieran apostado tan solo unos días atrás.

Rafael Clemente es autor de ‘Un pequeño paso para [un] hombre’

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