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Megan ya no es 'royal'

Muchos británicos creen que la huida de los duques de Sussex terminará mal para el príncipe Enrique

Enrique y Megan, el jueves, en Londres, en una entrega de premios.
Enrique y Megan, el jueves, en Londres, en una entrega de premios.
Neil Hall/EFE

Entre millones de experiencias tan similares en el encierro casi universal que ha provocado el temor a la pandemia, la de Enrique y Meghan en la medianoche de Windsor -cuatro de la tarde en California-, fue singular. A nadie más que a ellos se le despojó a esa hora del adjetivo 'royal'. Quizás pasaron ese segundo tumbados en el borde de la piscina de la mansión, de 'estilo italiano', que habrían alquilado en Malibú. La temperatura, unos veinte grados, era agradable.

Sin embargo, la gran mayoría de los lectores de la edición digital de 'The Times', que pasaban su encierro leyendo sobre los duques ante alguna pantalla y escribiendo comentarios a las últimas noticias, en un Reino Unido nublado y fresco, está convencida de que la nueva etapa en la vida de los Sussex, que comenzaba en circunstancias tan placenteras, tendrá pronto un desenlace infeliz.

Una lectora escribía: «Pobre Enrique, ¿recuperará el sentido algún día y regresará a la normalidad en Reino Unido?». Otra: «Hace falta un ego enorme para mostrar al mundo descaradamente tus propias maquinaciones psicóticas, utilizadas para lograr fama y fortuna». El comentario que sigue en estas líneas había salido de la imaginación de alguien con la firma 'Una perspectiva desde la City', que suena a falso potentado:

«Ha abandonado su deber y yo soy uno de los que se sienten abandonados. Ella es un peligro y, si le hubiese amado y respetado, le habría dejado para buscarse otra víctima. Se le han negado a la nación décadas de amorosa relación entre el rey y su hermano. Enrique hubiese podido ocupar un papel especial en la vida de nuestro país apoyando al rey, pero nos lo ha quitado una mujer ambiciosa y manipuladora. Es digno de Shakespeare».

Los Windsor

La realidad, sin embargo, es que un drama de la realeza que, sin llegar a la carnicería macabra que inspiró Lady Macbeth, tuvo más graves consecuencias que el distanciamiento entre Enrique y su hermano Guillermo, no produjo joya literaria alguna. El precedente es la abdicación de Eduardo VIII, hermano de su bisabuelo. Llegó como consecuencia de su matrimonio con una mujer de Estados Unidos y su deriva quizás es aleccionadora.

Tras la renuncia, su madre, la reina María de Teck, nunca más dirigió la palabra a su primogénito, por haber cambiado el trono «por eso». Durante la Segunda Guerra Mundial, el abdicado entabló alguna diplomacia escabrosa con los nazis, con los que habría simpatizado inicialmente, y fue finalmente acogido tras la guerra en Francia, cuyo Estado le mantuvo con casa y pensión. Recibió invitaciones como celebridad para acudir a actos diversos en Europa o Estados Unidos.

Los duques de Windsor fueron una pareja con poco atractivo personal, pero resistieron juntos la decadencia y los desaires. Él escribió un par de libros, visitó a su hermano y se vio ocasionalmente con su sobrina, Isabel II.

Eduardo y Wallis están enterrados en el cementerio real de Frogmore, a pocos metros de la villa que seguirá siendo la residencia de Enrique y Meghan, en una hacienda que forma parte del parque del castillo de Windsor.

El destino que los agoreros predicen para los duques de Sussex es el de ser empujados por Meghan a un mundo de famosos de Hollywood. En una ciudad, Los Ángeles, que ella conoce y que está por ver si dispensa a Enrique la admiración que los estadounidenses han sentido a menudo por las maneras de ingleses finos en el habla y en sus costumbres. Hay ya aspectos que confirman los prejuicios de los pesimistas.

El aterrizaje en la ciudad ha sido precipitado. Se habían refugiado en una mansión en la bahía de Vancouver, en el sudoeste de Canadá. Cuando el primer ministro, Justin Trudeau, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acordaron cerrar la frontera entre sus dos países, hace once días, los duques volaron rápidamente a California para pasar la cuarentena en territorio más familiar. Habrían alquilado una casa como paso previo a la búsqueda de una residencia permanente.

Negritudes

El estilo que adoptan en sus comunicaciones es muy diferente al de la realeza británica. Como el actual estado planetario de cuarentena les impide dar inmediatamente los primeros pasos de su nueva carrera, el público tiene una idea de sus intenciones por la explicación que una persona próxima a los duques ha ofrecido a la revista 'Vanity Fair' en Estados Unidos. Quieren «marcar diferencias a nivel global» y también, «tras un tiempo que no ha sido fácil», «ser la pareja que quieren ser».

Con el sello de sus dos iniciales enlazadas bajo el dibujo de una corona, Enrique y Meghan se han despedido temporalmente de sus seguidores en Instagram con un mensaje de agradecimiento, «por el apoyo, la inspiración y el compromiso compartido por el bien del mundo» con todos los sustantivos en mayúsculas.

«Ahora que todos encontramos la parte que hemos de desempeñar en este desplazamiento global y cambio de hábitos, estamos enfocando este nuevo capítulo para entender cómo podemos contribuir mejor», dice la traducción lo más literal posible del párrafo menos banal de una carta a sus seguidores que habrá estremecido al escritor de comunicados de la Casa Real británica.

La caída vertiginosa desde el estilo depurado de la monarquía a la improvisación poco culta; un calendario de eventos a menudo vacuos en nombre de la caridad; la dependencia en la discreción de sus sirvientes, que serán tentados para divulgar los detalles escabrosos de su vida privada; la morriña que puede sentir Enrique por sus excompañeros de armas, por los rituales o los partidos de rugby, por el mal tiempo,. 

Pero el efecto inmediato de la marcha de los duques en una monarquía dañada por la evasión por el príncipe Andrés de las investigaciones sobre posibles delitos sexuales, es que, precisamente ahora, cuando se postula una gran ambición global tras el 'brexit', queda más provinciana y ensimismada, más perteneciente como institución a una élite británica que no ha sido capaz de integrar a una actriz americana, mediocre y negra.

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