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Sociedad

Tercer Milenio

Aquí hay ciencia

‘Éter’, sobre el miedo a la ciencia (y los miedos equivocados)

La llegada a los cines de la película ‘Éter’ sirve para recordar dos de los episodios más perversos sobre el uso de la ciencia: el experimento Tuskegee y las atrocidades del doctor Mengele. Pero también para analizar cuándo debemos tener miedo de los métodos y cuándo lo que subyace, en realidad, es el miedo al conocimiento. Porque "nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo".

La película ‘Éter’ es una coproducción entre Polonia, Ucrania, Lituania, Hungría e Italia.
La película ‘Éter’ es una coproducción entre Polonia, Ucrania, Lituania, Hungría e Italia.
Studio Filmowe / Interfilm Production Studio / Studio Uljana Kim / Laokoon Filmgroup / Revolver / Bielle Re / WFDiF / Canal+ / Polish Film Institute / The Ministry of Culture and National Heritage / Ukrainian State Film Agency / Hungarian National Film Fu

En algunos cines de algunas ciudades cuelgan ahora el cartel de la película ‘Éter’, de Krzysztof Zanussi, el cuasi desconocido por aquí director polaco. El título hace referencia a uno de los primeros anestésicos, ambiguamente confundido con el supuesto quinto elemento de la naturaleza o con una hipotética sustancia universal que permitiría la propagación de la luz.

Y de esa mezcla: "El éter es la quintaesencia que está en todas partes, le quita al hombre su voluntad y también su dolor". Eso dice el protagonista, un médico de escrúpulos restringidos y pasado más que imputable. Un médico que, en los años previos a la I Guerra Mundial y tras un exilio a lo Dostoyevski, consagra sus mayores esfuerzos a investigar acerca del nuevo anestésico. Para aliviar el dolor, pero también para tratar de controlar la voluntad: una suerte de semidios con fines discutibles y medios insoportables. Que manipula, abusa y utiliza cobayas humanas en su favor.

Que reconoce que la ciencia puede dar miedo, pero que "también la vida da mucho miedo" y ahí se escuda. Para el que la ciencia es sinónimo de progreso, sin debates ni claroscuros.

Pero vaya si hay y ha habido claroscuros. ‘Éter’ sirve para recordar dos de los ejemplos más infames sobre la perversión en cuanto a medios y/o fines que en la ciencia han sido.

El experimento Tuskegee

Tuskegee es una ciudad de Alabama conocida como el lugar donde tuvo lugar uno de los experimentos más vergonzosos de la investigación biomédica. En 1932, el Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos utilizó a 600 aparceros afroamericanos para estudiar la evolución natural de la sífilis. Por aquel entonces, los tratamientos eran bastante tóxicos y de eficacia discutida, por lo que se decidió reclutar a unos 400 enfermos para estudiar mejor la progresión de la enfermedad y decidir si podrían o deberían evitarse (otros 200 afroamericanos sanos sirvieron como grupo control).

La idea inicial era observar la evolución de los enfermos durante seis u ocho meses, pasados los cuales se les administraría un tratamiento. Pero no solo no les comunicaron su enfermedad (en aquel momento no era obligatorio el consentimiento informado, y les comunicaron su infección con el término ambiguo ‘mala sangre’), sino que se les negó todo tipo de terapia durante 40 años. Al comienzo los remedios eran discutibles, pero a partir de los años cuarenta la penicilina se incorporó como un antibiótico eficaz y obligatorio contra la sífilis. Sin embargo, a los integrantes del estudio se les ocultó la información (se les recomendó incluso que evitaran la penicilina), se les administraron placebos y se les practicaron punciones lumbares diagnósticas bajo la apariencia de tratamientos. En 1972, las denuncias públicas consiguieron poner fin al estudio. Con el propósito de observar el progreso de la sífilis, 28 personas murieron por la enfermedad y se estima que alrededor de otro centenar lo hizo por complicaciones médicas asociadas. Además, 40 mujeres de los participantes fueron infectadas y 19 niños la contrajeron al nacer.

John Heller, el responsable del estudio, cuando este salió a la luz pública: "La situación de esos hombres no justifica el debate ético. Ellos eran sujetos, no pacientes; eran material clínico, no personas enfermas".

En la película ‘Éter’, una mujer ingresada en un manicomio roba una muestra de sífilis y, sin ningún tipo de control ni dosis, se la inyecta directamente con la esperanza de que las bacterias sirvan contra su tipo de locura, si no a ella, sí en el futuro. Unos segundos después, pregunta: "Doctor, ¿mi sufrimiento traerá alivio a otros?".

Los gemelos de Mengele y los miedos equivocados

Josef Mengele fue el médico del campo de concentración de Auschwitz desde 1943. Conocido como ‘el Ángel de la Muerte’, acabó con la vida de un número enorme e indeterminado de judíos en apenas dos años. Obsesionado con la idea de la ‘higiene racial’, sus experimentos se centraron sobre todo en personas con anomalías y en gemelos, con los que esperaba mejorar la fertilidad de las mujeres alemanas y acabar sustituyendo así a las ‘razas inferiores’.

Entre sus prácticas, además de ensayos sobre la resistencia al dolor, estaban las amputaciones, las inoculaciones de bacterias o incluso la intención de recrear siameses cosiendo a gemelos por su espalda.

Si en el experimento Tuskegee dan miedo los medios, en la investigación nazi da miedo todo: fines y medios y posibles usos. Pero en ‘Éter’ aparece también otro tipo de temor, el del descubrimiento en sí. Como el hecho de que, si una sustancia es suficiente para controlarnos, no seamos al fin y al cabo (ni) más (ni menos) que materia.

Decía el investigador en inteligencia artificial Zachary Lipton que "conviene no tener miedo de las cosas equivocadas". La ciencia ya ha dado bastantes pruebas en contra de la existencia del alma, y tiene unas cuantas que cuestionan el libre albedrío radical. Pero que seamos materia no significa que no seamos una materia que siente e incluso imagina. Decía Goethe a través de Fausto que "nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo". El miedo al descubrimiento es un miedo infantilizante en el peor sentido.

Por cierto, entre medios, fines, usos y descubrimientos, tenemos ya aquí una tecnología con la capacidad potencial de modificar y editar nuestro ADN casi a voluntad. Se llama Crispr y, además de sus incuestionables bondades, despierta con razón el miedo a la eugenesia, a su posible uso para crear razas de caracteres mejorados. Por ejemplo, a un hipotético y escogido aumento de inteligencia. Ese puede no ser un fin deseable, pero: ¿si fuera la consecuencia de, pongamos, prevenir la ansiedad excesiva y a menudo paralizante? ¿Si fuera la consecuencia de aliviar un sufrimiento?

"También la vida da mucho miedo".

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