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El coronavirus dispara la venta de termómetros de infrarrojos a distancia

Estos dispositivos que miden la fiebre sin contacto con la piel se comercializan desde que hace una década surgió el virus de la gripe A.

Así se utiliza un termómetro de infrarrojos que mide la fiebre sin contacto con la piel
Así se utiliza un termómetro de infrarrojos que mide la fiebre sin contacto con la piel
Guillermo Mestre

El brote de coronavirus ha llenado aeropuertos de medio mundo de cámaras térmicas y de termómetros infrarrojos capaces de medir al temperatura a distancia, sin tener contacto con la piel. En muchas imágenes, los pasajeros que provienen de China, protegidos por sus mascarillas, pasan por delante de una especie de 'pequeñas pistolas' que detectan su temperatura corporal a distancia. Es la penúltima tecnología aplicada a este cotidiano gesto, que se comercializa en las farmacias desde hace una década. Estos días la venta de estos termómetros de infrarrojos se ha disparado en algunas farmacias zaragozanas por el nuevo virus.

Arturo Borau, farmaceútico con un local en el paseo de la Independencia, ha visto cómo la venta de estos termómetros frontales ha subido desde que se empezó a hablar del coronavirus. "Normalmente los compran mucho para bebés y para niños pequeños, porque son muy cómodos ya que basta con acercarloas a la frente, sin llegar a tocarla. Pero en las últimas dos semanas sí hemos tenido clientes chinos que nos los han pedido y también gente de aquí que tenía previsto viajar a algún país oriental", cuenta. También los hay que tienen que ponerse sobre frente o dentro del oído para que funcionen.

"Los termómetros de infrarrojos empezaron a venderse de forma más habitual cuando en 2009 se produjo el virus de la gripe A. A partir de ese momento se convirtió en una alternativa más que también ha ido evolucionando -cuenta Pilar Labat, farmaceútica zaragozana y vocal del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Zaragoza-. Al principio tenían forma de pistola, como los que estos días se están viendo en algunos aeropuertos, pero ya hay versiones más pequeñas y cómodas de usar".

Los de galistán han sustituido a ese clásico de los hogares españoles que era el de mercurio, prohibido por toxicidad desde 2006. Son similares en cuanto a comportamiento. El calor corporal hace que los metales se calienten y lleguen a la marca de temperatura. Su desventaja es que son más lentos que otros y tardan unos cuatro minutos en tener un registro.

El precio tiene mucho que ver en las preferencias. Si uno digital, el más habitual, sale por entre 6 o 7 euros, el precio de los infrarrojos puede variar entre los 25 y 50 euros dependiendo de la marca. Pilar Labat tiene su particular 'pero' a los de galistán: "El vidrio es algo frágil y a un cliente se le derramó el líquido por las manos. Nadie me supo dar una respuesta sobre si había o no algún riesgo".

El gesto de llevarse el termómetro a la axila parece que cada vez tiene los días más contados. Por haber hay hasta termómetros chupete, que no garantizan que el pequeño los aguante en la boca el tiempo necesario para que la medición sea muy fiable. Además, en la actualidad hay aplicaciones en el móvil para casi todo y también para convertir el teléfono en un termómetro digital.

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