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Sociedad

Tercer Milenio

Billete al futuro

Diagnósticos médicos artificiales

El diagnóstico asistido por inteligencia artificial ya es una realidad, pero ¿llegará a considerarse más fiable que la opinión de un médico?

Analizando mamografías
Analizando mamografías
Heraldo

El presente: análisis de mamografías, mejor a medias

En el momento actual ya existe al menos un sistema de inteligencia artificial (IA) más eficaz que los especialistas humanos a la hora de diagnosticar y detectar casos de cáncer de mama.

Tal como recoge un estudio recientemente publicado, un equipo de investigadores británico-estadounidense ha entrenado a un sistema de inteligencia artificial para la detección de cáncer de mama mediante el análisis de mamografías. A continuación, la IA fue puesta a prueba frente a un panel de seis expertos radiólogos obteniendo mejores resultados –menos falsos positivos y negativos– que cada uno de los especialistas, a pesar de que estos disponían del historial médico y los antecedentes familiares del paciente, además de las mamografías.

A los médicos les queda el consuelo de que, al menos por ahora, la inteligencia artificial no alcanza los resultados de dos especialistas trabajando en equipo –procedimiento habitual en muchos países–. Pero sus creadores están convencidos de que, más pronto que tarde, podrá mejorarlos también, conforme avanza en su entrenamiento. Mientras tanto, la opción que proponen es que la IA pueda emplearse como segunda opinión, formando equipo con un especialista humano –en lugar de ser necesarios dos–, de tal forma que complementen sus capacidades y reduzcan los plazos de espera.

Al mismo tiempo, los investigadores, que ya previamente habían desarrollado una tecnología similar para la detección de cáncer de pulmón, trabajan para ampliar la aplicación de estos prometedores sistemas de inteligencia artificial a otros tipos de cáncer.

El futuro: "Su diagnóstico, gracias"

–Sr. Labrar ya puede pasar por favor.

Sin mediar palabra el Sr. Labrar accedió a la consulta.

–Es mi obligación informarle de que no soy una persona, sino un programa de inteligencia artificial entrenado para examen y diagnóstico médico. ¿Entiende lo que ello supone? ¿Accede a que sea un programa de inteligencia artificial (IA) quien le diagnostique? Es necesario que responda afirmativamente para poder continuar.

–Sí lo entiendo y sí accedo –respondió el Sr. Labrar, aplicando la fórmula rutinaria en todo tipo de consultas médicas desde hacía ya varios años.

–Se lo agradezco Sr. Labrar. Entonces, si es tan amable, desnúdese y entre en la cabina.

El Sr. Labrar procedió en silencio y accedió a la pequeña cabina tubular situada en el centro de la sala. En cuanto la puerta se cerró y las luces interiores se encendieron, sintió el ya conocido cosquilleo que siempre experimentaba al ser consciente de que, en ese mismo momento, estaba siendo bombardeado por radiaciones de de diferente naturaleza que penetraban en su organismo en busca de indicios de todo tipo de enfermedades o lesiones. Era curioso pero, aún siendo igualmente consciente de que esa sensación era algo mental, subjetivo, y que todo aquel procedimiento era inocuo, inofensivo e indoloro, no podía evitar experimentar esa ligera y desagradable sensación de quemazón combinada con pudor. Intentó obviarla pensando si también le pasaba lo mismo cuando las consultas y los exámenes aún los hacían seres humanos. Unos pensamientos que se interrumpieron cuando una aguja penetró ligeramente en su antebrazo para tomar una muestra de sangre, al mismo tiempo que una microsonda penetraba con quirúrgica precisión en su aparato urinario para tomar una muestra de orina. Al cabo de unos pocos minutos, las luces se volvieron a apagar y la voz neutra del sistema de IA resonó en el interior de la cabina:

–Hemos terminado con el procedimiento, Sr. Labrar. Ya puede salir de la cabina y vestirse. Gracias por su colaboración. El diagnóstico estará en unos instantes. Si puede permanecer a la espera en la consulta, en unos momentos se le comunicarán los resultados.

El sistema de IA se limitaba a procesar y analizar datos, parámetros, imágenes y muestras. Además del historial clínico del paciente y sus familiares, integrados en la base de datos a la que tenía acceso. Sin necesidad de conocer ni requerir valoraciones del paciente respecto a cómo se sentía. No lo precisaba. Ni tan siquiera cuando se trataba de diagnosticar enfermedades o trastornos mentales. De hecho, ese había sido el último reducto de los médicos humanos. Hasta que, finalmente, en los albores del recién estrenado siglo XXII, habían sido reemplazados también por sistemas de IA que emitían su diagnóstico examinando imágenes de los procesos mentales y la actividad de las distintas regiones del cerebro ante diferentes estímulos.

Y los inmejorables resultados alcanzados mediante este nuevo y artificial procedimiento confirmaban su superioridad y justificaban su total implantación.

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