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Sociedad

Tercer Milenio

Aquí hay ciencia

Momias, tatuajes y un inventor exconvicto

Los tatuajes son hoy tan corrientes como el maquillaje, pero no siempre fue así. Antaño se asociaron a culturas tribales, con un significado ceremonial o como expresión de pertenencia, ya fuera a una mafia o a la tripulación de un barco. La invención de la tatuadora eléctrica lo cambió todo: nuevos diseños y menos dolor convirtieron el tatuaje en moda.

Un punzón manejable es la clave de la máquina con la que se realizan los tatuajes.
Un punzón manejable es la clave de la máquina con la que se realizan los tatuajes.
Aránzazu Navarro

La alianza entre la fotografía infrarroja y la arqueología ha permitido desvelar la existencia de tatuajes ocultos en siete momias egipcias de más de 3.000 años de antigüedad halladas en la excavación de Deir-el Medina. Un descubrimiento catalogado como excepcional puesto que, hasta el momento y tras más de cien años de excavaciones en Egipto, solo se habían descubierto otras seis momias con tatuajes. Según las últimas interpretaciones, los dibujos que lucen estarían asociados al papel de sus portadoras –de las trece momias, doce son féminas– como sacerdotisas y sanadoras en ritos ceremoniales y de ámbito religioso.

Más allá de su posible significado, no deja de ser curioso que descubrir antiguas momias con tatuajes sea algo excepcional en una época –la actual– en la que casi lo excepcional, o por lo menos lo curioso, es encontrar a alguien que no luzca ningún dibujo en su dermis. Una moda o tendencia que, de facto, es bastante reciente pues surgió a caballo entre el siglo XIX y el siglo XX.

Cultura tribal

Lo cierto es que, durante muchos siglos, los tatuajes fueron algo muy restringido, muy asociado a las culturas tribales; en tanto que en el mal llamado mundo ‘civilizado’ eran algo poco menos que clandestino y restringido; casi una marca iniciática y/o de pertenencia a determinados colectivos, léase marineros, soldados, pero también mafiosos o convictos.

Pero todo eso cambió a partir de 1891, con la invención de la primera máquina tatuadora eléctrica de la historia, por parte de Samuel F. O’Reilly.

Hasta ese momento, los tatuajes se hacían de forma manual, con agujas u objetos punzantes impregnados en tintes, tal cual llevaban haciendo la mayoría de pueblos y tribus del mundo desde que el hombre es hombre. Así, en los primeros locales de tatuajes, que se establecieron en Norteamérica, los tatuadores profesionales seguían aplicando este método, heredado y/o aprendido de los nativos e indígenas. Así pues, la aparición del ingenio de O’Reilly motivó una verdadera revolución. No en vano era más rápida –daba muchas más puntadas por minuto– y más precisa. Lo que permitió a los artistas dar rienda suelta a toda su imaginación y talento para crear dibujos mucho más elaborados y sofisticados. El arte de los tatuajes, abierto a plasmar casi cualquier diseño imaginable, se elevaba a una nueva dimensión. Y lo mejor es que el proceso resultaba mucho menos doloroso. La combinación de estos factores fue lo que, en definitiva, convirtió a los tatuajes en el fenómeno de masas que es hoy en día.

La tatuadora eléctrica de O’Reilly

Esencialmente, la tatuadora eléctrica de O’Reilly es un punzón motorizado, donde la aguja se mueve arriba y abajo propulsada por una bobina electromagnética rotatoria. Una bobina no es más que un imán en torno al cual se enrolla muy apretado un cable eléctrico. El imán, al moverse, al oscilar a un lado y otro, genera un campo magnético oscilante que induce la aparición de una corriente eléctrica en el cable. En suma, una forma muy sencilla y compacta de generar una pequeña corriente eléctrica. Corriente que en la máquina tatuadora era capaz de hacer girar el aro que rodeaba la bobina, con lo que la energía eléctrica se convertía en un movimiento rotatorio, que, a su vez, se transmitía a la aguja, consiguiendo que esta se moviese arriba y abajo.

Pero lo mejor de todo, o mejor dicho lo más interesante de este invento, es su peculiar árbol genealógico. Vaya, la singular familia de la que desciende. No en vano se puede afirmar que Thomas Edison es su abuelo y O’Reilly su padre. O, lo que es lo mismo, que desciende directamente de uno de los más prolíficos inventores de la historia y de un tatuador exladrón de poca monta, exmarine y exconvicto.

El abuelo de la primera máquina tatuadora eléctrica se llamaba Edison

En la década de 1870, Thomas Edison, al parecer inspirado por el mecanismo de avance de los trenes de vapor –en los que el vapor generado en la caldera accionaba un pistón que, a su vez, transmitía su movimiento a las ruedas haciéndolas girar– comenzó a darle vueltas a la idea de hacer lo mismo pero con la corriente eléctrica. Es decir, convertir la energía eléctrica en movimiento rotatorio que pudiese mover objetos. Así, se puso a trabajar en el diseño de lo que bautizó como ‘motor eléctrico’. Y, en concreto, y como primera aplicación, en un bolígrafo o punzón eléctrico. El principal problema con el que se encontró fue la necesidad de hacer un motor lo suficientemente pequeño, compacto y ligero para que el punzón resultase manejable. Lo resolvió con la bobina rotatoria.

Tras patentar su punzón eléctrico, y aunque este gozó de un relativo éxito comercial –como casi todo lo que llevaba el sello Edison, por otro lado–, el inventor se centró en otros proyectos y otras ‘guerras’ y se olvidó del tema. Es entonces cuando entró en escena la figura de O’Reilly, que era hijo de emigrantes irlandeses en Nueva York, en una época en la que los miembros de esa comunidad no tenían muchas oportunidades y donde la mayoría de los jóvenes corrían el riesgo de acabar de la misma manera: formando parte de pandillas primero y luego trabajando para alguna de las familias o clanes que controlaban el comercio ilegal: la mafia irlandesa.

O’Reilly se convirtió en un ladronzuelo de poca monta junto a otros colegas. Hasta que le pillaron y tuvo que pasar una temporada en la penitenciaría estatal. Al salir, se alistó en la Marina, aunque desertó a los pocos meses. Eso sí, fue en esa etapa y en esos ambientes donde, al parecer, entró en contacto con el mundo del tatuaje.

Tras abandonar la Marina, lo siguiente que se sabe de él es que, en abril de 1877 y junto a sus padres y otros dos parientes, robó en un almacén neoyorquino, por lo que O’Reilly fue condenado a cinco años en la prisión estatal.

Y luego, tras salir de la cárcel, la siguiente noticia que se tiene de él es la que nos lo presenta ya como el ‘profesor O’Reilly’, tatuador profesional en su estudio de Chinatown, en Nueva York. Fue entonces cuando se asume que empezó a barruntar sobre la necesidad de un sistema más eficaz que el método manual tradicional para hacer sus dibujos. Entonces y según la versión más extendida –y previsiblemente adornada–, la idea surgió en su cabeza al pasar por delante del escaparate de un comercio que vendía el novedoso punzón eléctrico de Edison. Tras entrar y probarlo, lo vio claro. Así, basándose en el punzón eléctrico, introdujo un par de modificaciones para mejorarlo que a la postre resultaron decisivas: añadió un depósito para la tinta; modificó la cánula o tubo para que admitiese tres agujas intercambiables; y, sobre todo, introdujo un par de bisagras que permitían colocar el motor detrás de la mano, lo que facilitaba mucho su manejo. De este modo, en 1891 solicitaba la patente para su flamante ‘máquina tatuadora eléctrica rotatoria’, que lo iba a convertir en el más famoso y demandado tatuador de Nueva York en un momento además –o a lo mejor como consecuencia de la introducción de su ‘indoloro’ ingenio– en el que los tatuajes pasaron de ser algo marginal y para marginales a ponerse de moda entre la aristocracia y la gente bien, que comenzó a reclamarle para trabajos a domicilio generosamente remunerados.

Gracias a ello, y especialmente a la invención de la primera maquina tatuadora eléctrica, cada vez es más difícil encontrar a una persona cuya piel permanezca inmaculada y no luzca algún tatuaje.

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