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Sociedad

Tercer Milenio

Entrevista

Federico López Mateos: “El ingeniero es ahora un currante de la técnica que da soluciones”

Catedrático en la Universidad de Zaragoza y la Complutense de Madrid (Madrid, 1936), Federico López Mateos fue el primer director de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Zaragoza. La primera promoción celebra ahora su 40 aniversario.

Federico López Mateos, en el Campus Río Ebro.
Federico López Mateos, en el Campus Río Ebro.
Raquel Labodía

Se celebra el 40 aniversario de salida de la primera promoción de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Zaragoza, de la que fue primer director. No ha querido perdérselo.

En la Universidad de Zaragoza (UZ), yo asisto a todo lo que me invitan porque he vivido esta universidad con una intensidad fenomenal durante diez años: del 74 al 79 como primer director de la Escuela y del 79 al 84 como rector.

No sería nada sencillo abrir aquella escuela superior.

No fue nada sencillo, pero fue una gran aventura de la UZ, comandada por quien fue rector antes que yo: don Narciso Murillo Ferrol. Una aventura porque se creó por decreto del Ministerio de Educación y Ciencia el 9 de agosto de 1974 y empezó a funcionar con sus primeros alumnos el 4 de noviembre de aquel mismo año. Era una apuesta durísima, cuando no había enseñanza de ninguna especie.

¿Qué supuso?

Veo ahora, con la distancia de los 45 años que han pasado, que fue una ruptura: de una universidad tradicional a una Universidad de Zaragoza amplia. En aquellos tiempos, antes del 74, había cinco facultades: Filosofía, Ciencias, Derecho, Medicina y Veterinaria; y tres escuelas: EGB, Ingeniería Técnica Industrial y Comercio. Y nada más. La llegada de la Escuela Superior de Ingenieros Industriales fue una verdadera revolución, un salto tremendo. Se abría un terreno nuevo. En técnica, se decía, con mucha broma y demasiada poca vergüenza, que Zaragoza tenía ‘peritonitis’, porque lo más alto que había aquí era una Escuela de Peritos. Al abrir una escuela de ingenieros, supe que podía ser la semilla de una universidad politécnica, que es lo que en este momento tenemos.

Cuentan los integrantes de aquella primera promoción que, al comienzo, terminaban cada curso con una gran incertidumbre: ¿continuarían las clases a la vuelta del verano?

Así es. Porque no había dónde dar clase. Estábamos en el Aulario, el Interfacultades. Sus grandes pasillos se partieron por la mitad para que los profesores tuvieran sitio. Eran los despachos de los departamentos. Como laboratorios se usaban los de Ciencias.

Había que buscar emplazamiento.

Se creó a la vez la Escuela de Económicas y Empresariales, pero sus enseñanzas son de papel y pizarra, mientras los ingenieros necesitan laboratorios, talleres, instalaciones. En una reunión pública que salió en los periódicos, yo pedí: "Zaragozanos, a ver, ¿quién aporta aquí algo?". Se barajaron cinco emplazamientos: los cuarteles de Palafox (para mí, el sitio ideal, al lado de la universidad, pero el alcalde Ramón Sáinz de Varanda me dijo que no, que eran para servicios de la ciudad), Montecanal, Valdespartera, Malpica y la parcela 5 de la Actuación Urgente de Urbanización (ACTUR), que estaba reservada para la universidad.

Aquello era la nada entonces.

Esto donde estás sentada era un campo de alcachofas y desde la autopista hacia acá no había nada más que el campo de fútbol. Había que hacerlo todo. Pero, esta zona se convirtió en un foco de atención y se ha creado una ciudad alrededor.

¿Qué dificultades hubo para poner en pie el Centro Politécnico Superior?

Entre 1974 y 1981 hubo que hacer un peregrinaje. Las competencias no estaban transferidas y los proyectos no se llevaban en ‘pendrive’ como ahora, sino en unas cajas tremendas. Tenías que haberme visto, con toda mi pompa y boato de rector, paseando por los pasillos del Ministerio de la Vivienda, de mesa en mesa, para que aprobaran cada una de las tres etapas de las obras. El terreno lo compró el Ministerio de Educación y Ciencia y, agarraos fuerte, ¿sabes cuánto costaba el metro cuadrado? 144 pesetas, menos de un euro. ¡Y aún pusieron pegas! Por fin se aprobó la Escuela por un presupuesto de mil millones de pesetas... de aquel entonces. Eran los años de la gran crisis económica del petróleo y nos decían que estábamos locos. Fue un parto tremendo.

¿Todo el mundo apoyó?

Tuvo enemigos, hasta en el Colegio de Ingenieros Industriales que, al ver que iban a salir más ingenieros, ellos iban a perder y que además querían mandar en la escuela. La Escuela de Ingenieros fue una respuesta del Ministerio a unas algaradas estudiantiles que hubo en el año 1972, cuando se llegó a tapiar con ladrillos la Facultad de Ciencias. Una de las cosas que pedían es que vinieran más estudios a Zaragoza. Pero para la Facultad de Ciencias fue la sombra porque dejaba de ser la única opción para los que les gustaban las Ciencias. A mí, que era catedrático de Ciencias, me decían que me había ‘vendido’ –digamos mejor que me había polarizado– a la Escuela de Ingenieros. Una de las cosas buenas que tiene la vejez es que eres más libre que nunca, porque ya no aspiras a nada. Y tienes muchos recuerdos de mucho peso.

¿Cómo acogió la escuela el tejido empresarial aragonés? Era una cantera de futuros profesionales para la industria.

Estupendamente. La empresas se abrieron para que alumnos fueran a practicar en sus talleres. Hubo mejor recepción por parte de las empresas que de los organismos oficiales. Y ayudó mucho la Cámara de Comercio. En esa época se creó la Fundación Empresa-Universidad, de la que fui el primer director. Eso no tiene mérito porque era el momento y me tocaba hacerlo. Empezó a crear ese tejido, esas reuniones para que las empresas vieran que había una escuela de ingenieros, que tenía laboratorios -o que los iba a tener-, que estaba a su disposición.

¿Se colocaron con facilidad aquellas primeras hornadas de ingenieros superiores 'made in' Aragón?

Divinamente. Zaragoza cambió. Antes se veía a los ingenieros como una élite donde ellos eran los directores de planta, los gestores, los supermanes, como una especie de clase privilegiada. Se decía: "¡Mi hija se casa con un ingeniero!". Y ahora el ingeniero es un currante de la técnica, el que da soluciones, el que tiene iniciativas.

¿Cómo eran aquellos primeros aspirantes a ingenieros superiores?

Eran unas personas normales pero muy estudiosos, ¡muy! Fíjate si eran estudiosos que empezaron la carrera 144, entre alumnos libres y oficiales, y acabaron 32. Siempre ha sido una carrera muy dura, muy vocacional; mucha gente, a la mitad del camino, veía que no podía con ello.

Ha sido profesor en la Complutense muchos años. ¿Cómo ha cambiado el alumnado?

Los alumnos de entonces eran muy respetuosos, iban a clase no se levantaban cuando entraba el profesor pero casi casi. Iban todos con sus pantalones vaqueros y sus jerséis y ahora de repente te encuentras alguno con chanclas y el dedo fuera, pantalones cortos... Desde el punto de vista formal, un disparate. De carácter, aquellos eran tan respetuosos que no se atrevían casi a hablar y sin embargo ahora la comunicación es tremenda. Y los recursos que tienen los estudiantes de ahora... no tienen nada que ver con los de los comienzos. Yo he dejado de dar clase a los 73 años y ahora sigo estudiando. Tres o cuatro horas al día, pero sin ordenador. Si cojo el ordenador estoy pensado más en dónde está la a o la z y en corregir una frase. No tengo la agilidad de olvidarme del método. Prefiero escribir a mano porque a la vez que escribo estoy pensando en lo siguiente. Es un pecado que no me perdonan mis hijas. 

¿Qué le interesa ahora mismo?

Estoy estudiando mucha historia, encajando las influencias de las actuaciones de tipo social y político sobre el desarrollo, eso que los tontos de ahora llaman 'el progreso', porque no se ha progresado más que cuando se ha puesto el capital al servicio de la técnica para realizar cosas que merezcan la pena y creen puestos de trabajo. 

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