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Tercer Milenio

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una entrevista rescatada de la Milenioteca

Margarita Salas: "Me enamoré de un virus"

Acaba de fallecer la bióloga molecular Margarita Salas, una de las grandes figuras de la ciencia española. En 1996, publicamos esta entrevista que hoy recuperamos en nuestra Milenioteca.

La bioquímica Margarita Salas, en un momento de la entrevista.
La bioquímica Margarita Salas, en otra entrevista realizada en julio de 2019.
Román G. Aguilera

"Hace 29 años me enamoré de un virus". Así resume Margarita Salas una vida dedicada a la investigación entendida como pasión. A pie de laboratorio, la presidenta del Instituto de España ha vivido el espectacular desarrollo de la biología molecular.

Margarita Salas recuerda su estancia postdoctoral en Nueva York junto a Severo Ochoa como "una experiencia inolvidable". "Era un maestro fabuloso, un científico sencillo y austero, de un rigor fantástico", explica. Fue"una época muy estimulante porque tuve la suerte de vivir los grandes descubrimientos de la biología molecular".

En 1967, ella y su marido, Eladio Viñuela, decidieron retornar a Madrid "con la condición autoimpuesta de que si no éramos capaces de seguir investigando aquí, nos volvíamos". Gracias a una ayuda americana que consiguió Ochoa compraron los primeros reactivos y empezaron su larga aventura con el virus Phi-29. Lo más emocionante de todos estos años de investigación fue descubrir que existía una proteína unida a los extremos del ácido nucleico del virus. Poco a poco, se iría demostrando que "lo que uno encuentra haciendo investigación básica es aplicable y tiene un interés socioeconómico". De hecho, no es anecdótico lo que ocurre en Phi-29, sino que hay otros virus con esa proteína terminal: adenovirus relacionados con el cáncer, virus de las hepatitis A y B, la poliomielitis y otros que afectan a plantas o al ganado vacuno. Próximamente, una empresa americana va a comercializar la DNA polimerasa de Phi-29 como herramienta biotecnológica.

Para Salas es claro que "sin investigación básica no hay investigación aplicada". Si no se apoya la investigación de base "matamos la gallina de los huevos de oro, no es posible avanzar". En su opinión, "en la Comunidad Europea existe una tendencia muy peligrosa a financiar únicamente investigaciones con aplicaciones inmediatas. Gracias a las ayudas de las últimas décadas, hoy los grupos de trabajo españoles compiten con los extranjeros en calidad, pero nos falta número".

Con una brillante carrera profesional a la espalda, Margarita Salas se encuentra últimamente "un tanto abrumada" porque considera que el hecho de ser mujer ha amplificado sus méritos "cuando lo único que he hecho es hacer bien mi trabajo". La única mujer que se sienta en la Academia de Ciencias está "un poco cansada de ser considerada un caso excepcional" y es consciente de que las cosas cambiarán en unos años "porque en los laboratorios ya hay más mujeres que hombres". No ocurría así cuando, para su tesis, le dieron un tema de poca trascendencia "por si lo hacía mal", ni cuando, mientras trabajaron juntos, fue "la mujer de mi marido". "Solo cuando él eligió otra línea de investigación -relata- empecé a ser Margarita Salas".

Discípula de Ochoa

Margarita Salas preside desde el 95 el Instituto de España, organismo que coordina la labor de las ocho Reales Academias que existen en nuestro país y desde el que pretende acercar la ciencia y las humanidades a la sociedad. Discípula de Severo Ochoa y asturiana como él (Canero, 1938), desarrolla su labor científica en el Centro de Biología Molecular.

Tras licenciarse en Químicas y doctorarse en Ciencias en la Complutense, aprendió biología molecular junto a Ochoa en Estados Unidos. A su vuelta, ella y su marido montaron en plan pionero el primer laboratorio de esta especialidad de nuestro país. Su trabajo científico, centrado fundamentalmente en el estudio de un virus bacteriófago denominado Phi-29, ha sido reconocido con numerosos premios y distinciones, entre los que sobresalen el Premio Santiago Ramón y Cajal (1973), el Severo Ochoa (1986), la Medalla Mendel de la Academia de Ciencias de Checoslovaquia (1988), el Premio Carlos J. Finlay de la UNESCO (1991) y el Rey Jaime I de Investigación (1994). Durante su carrera profesional, ha dirigido el Instituto de Biología Molecular del CSIC y el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa.

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