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Aquí hay ciencia

Por qué te enfadas con más facilidad en verano

Cuando suben las temperaturas también aumenta nuestra agresividad. El corazón se acelera, aumenta la testosterona y la hormona del estrés. Incluso el riesgo de conflicto bélico se incrementa con el calor.

Soltar palabrotas es una forma bastante inocua de liberar la ira
Soltar palabrotas es una forma bastante inocua de liberar la ira
Saurabh Vyas

El pasado agosto fue el segundo más caluroso del último medio siglo en la piel de toro, solo superado por el de 2003. Un récord que hizo subir el mercurio, pero también la ira de los españoles. Porque hay que aceptarlo: la agresividad aumenta en verano. Basta echar un vistazo a los archivos policiales para comprobar que los crímenes violentos se disparan en la época estival, especialmente cuando la media de temperaturas es más alta de lo habitual. Y lo mismo ocurre con los suicidios. Incluso existen estudios científicos que vinculan las guerras y los conflictos sociales al calentamiento climático.

¿Por qué? Algunos expertos sospechan que se trata de una cuestión puramente fisiológica. El aumento de la temperatura hace que el corazón se acelere, a la vez que sube la testosterona y se desencadenan otras reacciones metabólicas que ponen a mil al sistema nervioso simpático, el responsable de la famosa respuesta lucha-huida. Eso explica por qué, analizando la saliva de estudiantes de Medicina polacos, Dominika Kanikowska y sus colegas detectaron que los niveles de cortisol -la hormona del estrés- están por las nubes en verano y mucho más controlados en invierno. Y no hay que olvidar que, a medio plazo, esta molécula nos predispone a volvernos peleones.

Tampoco hay que perder de vista la teoría de la neoasociación cognitiva. Formulada en 1989, apuesta porque las personas expuestas a estímulos aversivos, como un ruido intenso, un olor fuerte o un calor sofocante, están predispuestas a reaccionar agresivamente al resto de estímulos que reciben en ese momento. Aunque sean completamente inocuos.

Los científicos manejan una tercera baza. Que se trate de una cuestión de escasez de recursos. Es decir, que cuando el cuerpo dedica toda su energía a regular la temperatura corporal, no queda 'carburante' suficiente para controlar los impulsos agresivos. Y la ira se nos desboca.

Lo que está claro es que dejarte llevar por una furia infundada solo puede perjudicarte. Entre otras cosas porque la probabilidad de ataque cardíaco es 8,5 veces mayor en las dos horas que siguen a un monumental enfado, según calculaban hace poco investigadores australianos de la Universidad de Sidney. Es decir, uno en el que sientas tensión, aprietes los nudillos o los dientes y te suban los colores. Lo atribuyen a que la furia acelera el corazón, estrecha los vasos sanguíneos y aumenta la coagulación, tres disparadores de los ataques cardíacos.

Para colmo, la ira atrae a la ira. Según demostraron hace poco neurobiólogos rusos y neoyorquinos , ponerse hecho un energúmeno provoca cambios a nivel cerebral que hacen que, si te dejas llevar por la ferocidad, te resulte más fácil recaer en la violencia en ocasiones venideras. Anatómicamente, los cambios coinciden con un aumento del número de neuronas en el hipocampo, en una estructura conocida como giro dental.

Así que si este verano te enciendes de ira cuando te ves atrapado en un monumental atasco camino de la playa, o si se te cuela algún caradura en la cola del supermercado, tienes permiso para seguir el consejo de Mark Twain: "Cuando estés irritado, cuenta hasta diez; cuando estés muy irritado, suelta tacos". Resulta que las palabrotas son una forma bastante inocua de liberar la ira que, para colmo, tienen efectos colaterales muy positivos. A nivel cerebral, decir groserías genera un subidón de adrenalina que surte el mismo efecto analgésico que una aspirina. Y reduce significativamente el dolor (físico y psicológico).

Si la temperatura sube, los conflictos armados también

En una investigación que publicaba 'Nature' hace unas cuantas semanas, científicos de la Universidad de Stanford (EE. UU.) estimaban que, en el último siglo, el ascenso global de las temperaturas, unido al aumento de las sequías, podría haber sido un factor influyente en el 20% de los conflictos armados. Lo peor es que si las previsiones más pesimistas se cumplen y los termómetros suben 4 grados centígrados, el riesgo de conflictos bélicos podría aumentar en un 26% en las próximas décadas. "Emitir gases de efecto invernadero de forma descontrolada tienen costes sociales que hasta ahora ignorábamos", reflexionaba Katharine Mach, al frente del estudio.

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