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Juego de tronos. El poder... ¿te cambia?

Lo hemos visto en ‘Juego de tronos’, pero también los científicos han investigado hasta qué punto nos puede cambiar el poder –o la lucha por alcanzarlo–. Artículo solo apto para quienes hayan terminado de ver la serie o no les importe leer aquí cómo acaba.

Daenerys Targaryen arengando a sus tropas, en una escena de la serie ‘Juego de tronos’
Daenerys Targaryen arengando a sus tropas, en una escena de la serie ‘Juego de tronos’
HBO

Siete reinos peleando por un solo Trono de Hierro. Ese es el eje de todas las tramas de la saga de ficción ‘Juego de tronos’, que ostenta un triple récord: el de la serie más vista, la más pirateada y la que más premios ha ganado en la historia de la televisión. Y también la que más protestas ha recibido tras conocerse su final. El descontento de los seguidores llega a tal extremo que el mes pasado se puso en marcha una recogida de firmas mundial para pedir a la cadena HBO que rehaga la última temporada sin que Daenerys Targaryen, la gran heroína libertadora de pueblos, se convierta en el último momento en una ambiciosa genocida sin escrúpulos.

Viendo las luchas sin cuartel, las puñaladas traperas y las batallas que libran los protagonistas de la serie cabe preguntarse: ¿hasta qué punto nos puede cambiar el poder (o la lucha por alcanzarlo)? ¿Cuánto hay de verdad en la que algunos analistas tildan como la gran moraleja de ‘Juego de tronos’, que ‘el poder saca lo peor de las personas’?

Déficit de empatía

Escarbando en los últimos estudios científicos, encontramos algunas respuestas interesantes. Según Dacher Keltner, investigador de la Universidad de California y director del Laboratorio de Interacción Social de Berkeley, existen datos empíricos suficientes para afirmar que las personas que acceden al poder tienen un claro déficit de empatía. O, lo que es lo mismo, que les cuesta ponerse en el pellejo de los demás.

Estudios con estimulación magnética transcraneal revelan que las neuronas espejo de las personas en posiciones de poder se atrofian. Los actos de los demás resuenan menos en su coco. Algo profundamente irónico, dice Keltner, "porque resulta que la escalada al poder se ve favorecida por el interés sincero hacia los demás, la colaboración, la generosidad, el sentido de la justicia... –curiosamente, los valores de Targaryen durante las siete primeras temporadas de ‘Juego de tronos’–; y, sin embargo, una vez que alcanzamos el éxito nos volvemos más egoístas y menos empáticos".

El cerebro de las personas poderosas actúa igual que el de algunos afectados por traumatismo cerebral

No solo eso. Tras dos décadas estudiando este fenómeno, Keltner dice estar en condiciones de hacer una afirmación aún más drástica: que el cerebro de las personas poderosas actúa igual que el de algunos afectados por traumatismo cerebral. Porque el poder les hace menos conscientes de los riesgos, más impulsivos, e incapaces de analizar diferentes puntos de vista.

Voz de mando

Otra cosa que se altera al empoderarse es la voz. Según una investigación reciente de la Universidad Estatal de San Diego (Estados Unidos), estar al mando hace que las propiedades acústicas de nuestra voz cambien de tres maneras diferentes: subiendo de tono, reduciendo su monotonía (o lo que es lo mismo, más variaciones en la entonación) y aumentando las inflexiones también en el volumen.

Un hecho indiscutible es que romper las reglas nos hace parecer poderosos. De acuerdo con Gerben Van Keef, de la Universidad de Ámsterdam (Holanda), actuar con rudeza, incluso con descortesía, se asocia a un alto estatus. En un curioso experimento, Van Keef mostró a una serie de sujetos el vídeo de un hombre que, sentado en una cafetería, ponía sus pies en la silla de enfrente, dejaba caer las cenizas de su cigarro al suelo y le pedía bruscamente bruscamente al camarero la comida. Y comprobó que todos consideraban que a él se le daría mejor tomar decisiones y hacer que sus opiniones se escucharan que otro sujeto que se comportaba educadamente en el mismo contexto.

El precio de la felicidad

"No importa lo que queramos, una vez que lo obtenemos luego queremos algo más", dice uno de los villanos de 'Juego de tronos', Petyr Baelish, apodado ‘Meñique’. La avaricia de los aspirantes al poder tiene cierta justificación si tenemos en cuenta que, en contra de lo que dice la sabiduría popular, el dinero sí compra la felicidad... aunque teniendo en cuenta que el precio de la dicha depende de dónde vives. A principios de 2018, un equipo de investigadores de la Universidad de Purdue (Estados Unidos) realizó un cálculo de esa ‘tarifa’ basado en datos de 1,7 millones de personas procedentes de 164 países diferentes. Concluyeron que, mientras el precio de la felicidad en Australia se cifra en 100.000 euros anuales, en el África subsahariana el techo de la codicia ‘sana’ se sitúa en 32.000, y en Europa occidental, en 80.000.

Si sobrepasamos esas cantidades, la acumulación de capital se vuelve en nuestra contra. Es decir que, lejos de disfrutar, perdemos calidad de vida. "El dinero es solo parte de lo que nos hace felices, pero tiene sus límites", explica Andrew T. Jebb, coautor del estudio que publicaba ‘Nature Human Behaviour’. "A partir de cierto nivel económico, nos vemos inmersos en comparaciones sociales y deseos de riqueza que provocan un importante malestar", advierte el investigador.

Mejores decisiones

No hay mal que por bien no venga. Y con el poder, también pasa. Resulta que, a la vez que nos resta empatía, también nos ayuda a tomar mejores decisiones. De demostrarlo se encargaron Pamela Smith y sus colegas de la Universidad de Nijmegen (Holanda). Trabajando con más de 80 estudiantes en su laboratorio, comprobaron que quienes se sienten poderosos son más hábiles a la hora de encontrar solución a problemas complejos siempre y cuando se les deje sopesar toda la información de manera consciente. Según concluían Smith, se debe a que la responsabilidad del ‘poder’ nos hace razonar de manera más abstracta para identificar la mejor opción.

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