Sociedad

Opinión

Sé tú mismo... o no

Por
  • Andrés García Inda
Llevamos dentro muchas identidades.
Llevamos dentro muchas identidades.
Krisis'19

Cuando les pregunto a mis alumnos qué virtudes consideran necesarias para tener éxito en una entrevista de trabajo suelen responder, entre otras cosas, que es importante ‘ser uno mismo’. Eso depende de quién -o cómo- seas, suelo decir. Porque ¿qué significa realmente ‘ser uno mismo’?, ¿sinceridad?, ¿coherencia?, ¿espontaneidad? También el farsante o el pelota, cuando fingen o adulan para obtener reconocimiento o ganar el favor de los demás, están siendo ellos mismos. E incluso el traidor, cuando delata o falsea la palabra dada, podría decir como el escorpión a la rana en la fabula atribuida a Esopo: "Es que estaba en mi naturaleza". Hay quienes piensan, como hacía alguna de las tradiciones gnósticas, que al traicionar a su Maestro Judas obedecía a un impulso o un mandato ineludible. Porque incluso cuando mentimos decimos la verdad sobre nosotros mismos. Nunca dejamos de serlo.

El primer error del imperativo ‘sé tú mismo’ es que responde a un ideal contemporáneo de autenticidad que tiende a pensar que nuestra identidad es única y plena, esto es, que nos viene definida de una vez por todas (sea inscrita en los genes o en la historia) y que así debe expresarse en todo momento. A ese esencialismo identitario se suma cierta sobrevaloración de la espontaneidad, en la idea de que la expresión libre, inconsciente e improvisada de nuestras emociones, ajena a toda deliberación y juicio, es la que mejor revela la verdadera riqueza interior (lo que sientes es lo que eres). El resultado de ese planteamiento es la confusión de la sinceridad y la naturalidad con lo que podríamos llamar ventosidad emocional (incluso podríamos echar mano para definirlo de aquello que Rafael Sánchez Ferlosio llamaba "la moral del pedo").

Pero en realidad no somos una unidad definitiva para siempre. Una de las paradojas de la identidad es que es plural, compleja y solo sobrevive a través del cambio. Ser persona implica representar un sinfín de personajes: somos vecinos, clientes, profesionales, amigos y amantes, padres o madres, hijos, ciudadanos… y no parecerá normal ni virtuoso aquel que se muestre exactamente igual en cada una de esas facetas de la vida. Ser uno mismo requiere saber estar y desenvolverse en cada situación y en cada momento. Por supuesto que la coherencia personal -¡y la salud y el equilibrio emocional!- implica la necesidad de que exista una armonía entre todas esas esferas vitales, pero seguramente la coincidencia total entre ellas no solo es imposible, sino indeseable: un ideal que acaso el único tipo -por decirlo weberianamente- que podría representarlo adecuadamente es el ermitaño.

Tampoco podemos negar que existen un sinnúmero de condicionantes que nos impiden decidir totalmente ser quienes somos. Suele decirse que no elegimos las cartas que nos tocan en la vida, pero somos responsables de cómo jugarlas. El otro error del imperativo -la fantasía liberal- radicaría por tanto en pensar que no existen límites, que podemos elegir libremente ser quienes somos. Como dice Appiah en ‘Las mentiras que nos unen’, "las identidades funcionan solo porque, una vez caen sobre nosotros, nos dan órdenes, nos hablan como una voz interior, y los demás, al ver lo que creen que somos, también nos interpelan de ese modo. Si a uno no le gusta la forma que adoptan sus identidades, no es tan sencillo rechazarlas sin más, porque no son solo de quien las lleva. Para poder reenmarcarlas, para que encajen mejor, hay que trabajar con los demás, con quienes están dentro del grupo que lleva esa etiqueta y con quienes están fuera de él".

El sujeto, por lo tanto, no es un marchamo, ni una herencia, ni un destino. Es sobre todo un proyecto dialógico, que construimos en relación con otros. Porque, como escribía Taylor, no adquirimos por nosotros mismos los lenguajes necesarios para autodefinirnos, sino en la relación y el intercambio con los demás y, sobre todo, con aquellos que más nos importan.

Así pues, ‘sé tú mismo’, por supuesto (lo vas a ser de todos modos). Pero sobre todo esfuérzate en que ese ‘tú’ sea la mejor versión de ti mismo. Y así, de paso, aprovecha para conocerte.

Andrés García Inda es profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Zaragoza

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