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Sociedad

Reliquias

ACTUALIZADA 25/05/2019 A LAS 02:00
Con frecuencia el reloj pasa de padres a hijos.
Con frecuencia el reloj pasa de padres a hijos.
José Miguel Marco

El único reloj que tuvo mi padre en toda su vida fue uno que le compró su padre, no sé si al cumplir la mayoría de edad, o cuando se ordenó sacerdote. Por decisión familiar, cuando mi padre murió, su reloj pasó a mi muñeca, donde lo vengo llevando regularmente desde hace más de tres décadas. Sin embargo, nunca lo he considerado realmente mío, sino que he preferido acogerme a la ficción de que el reloj sigue siendo propiedad de mi padre y que yo solo lo disfruto en calidad de privilegiado depositario.

De palabra y sobre todo con su ejemplo, mi padre trató de inculcar a su progenie que no hay que venerar reliquias ni, en general, dejarse arrastrar por el apego a las cosas materiales. Así que me cuesta poco imaginar lo que diría, viéndome darle tanta importancia a un reloj. Por esta razón, precisamente, ahora me gustaría poder preguntarle por aquel hábito diario suyo, siendo yo muy niño, de dejar su reloj sobre el mantel, junto al desayuno, para que yo le diera cuerda, antes de irse a trabajar.

En aquel tiempo, dicha costumbre aparentaba ser un acto sin trascendencia, mecánico y funcional. De hecho, no me consta cuándo dejé de recibir el encargo, ni recuerdo que, más adelante, en vida de mi padre, habláramos de ello. Y tampoco he sido consciente de lo que pudo significar para mí aquel trato diario con el reloj de mi padre, hasta que he visto cómo se afana mi hijo cada mañana para darle cuerda y la seriedad con la que me lo devuelve. Se produce entonces un extraño y maravilloso momento en el que no sé si me siento hijo, padre, o ambas cosas. Y si esto es venerar reliquias, es lo que hay, papá.

jusoz@unizar.es

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