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Ciencia ciudadana

Las fronteras de la ciencia ciudadana

No son lo mismo pero suelen llevarse bien. No hay una competición entre ciencia ciudadana y ciencia profesional. Veamos qué las une y qué las diferencia.

Observación de aficionados a la astronomía
Observación de aficionados a la astronomía
Perry Vlahos CC Share-Alike 4.0 international

¿Puede una persona con poca formación científica hacer ciencia? Pues depende. Obviamente, es altamente improbable que esa persona encuentre la solución a la hipótesis de Riemann (por cierto, te darán un millón de dólares si la resuelves). Sin embargo, hay varios puntos que deberíamos tener en cuenta.

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La ciencia no tiene por qué aplicarse únicamente para solucionar problemas de ‘alto nivel’. Del mismo modo que uno puede tocar el violín en la Filarmónica de Viena o en el cumpleaños de un primo y en ambos casos se está haciendo música (siempre y cuando lo que estés haciendo sea claramente música), uno puede hacer ciencia para atacar esos problemas incomprensibles o para, por ejemplo, medir la calidad del agua de tu bloque de vecinos (algo que, por cierto, puedes hacer a través del proyecto Aqua, de Ibercivis).

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Aun pensando en esos problemas incomprensibles, ser 'científico profesional' no es la única forma de tener ciertas posibilidades de resolverlos. En el fondo, la única ventaja del científico profesional es que puede dedicar mucho tiempo (en realidad, todo su tiempo) y además cobrar por ello. Afrontémoslo: es una gran ventaja. Aun así, son multitud los casos de científicos no profesionales que se han acercado a los límites de la ciencia, veamos algunos de ellos: Michael Faraday, que estableció las bases del campo magnético; Gregor Mendel, que ayudó a fundar lo que hoy conocemos por genética; Thomas Edison, gran inventor, o Henrietta Swan Leavitt, que ideó un sistema para medir el brillo de las estrellas. Pero no nos engañemos, si bien estas personas no tenía una excelsa formación científica formal, sí que dedicaron una enorme cantidad de tiempo a formarse científicamente de una manera algo heterodoxa. Por cierto, desde hace tiempo, grandes compañías (por ejemplo Google) contratan a sus empleados no por sus méritos académicos, sino por lo que hacen.

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No hay una frontera -salvo el sueldo- entre ciencia profesional y ciencia amateur (o ciencia ciudadana). He visto científicos profesionales muy buenos (para ser honestos, la mayoría), pero también he visto científicos ciudadanos excelentes. He visto científicos amateurs con un gran compromiso por la ciencia y el proceso científico en cada una de sus etapas, he visto ciudadanos científicos hacer cosas increíbles dedicando su tiempo libre (o robando unos minutos a su trabajo, como hizo Einstein en la oficina de patentes en Berna) por el bien de la ciencia.

Sin embargo, sí que hay algo que une a ambos (ciudadanos científicos o ciudadanos profesionales): su pasión por la ciencia. En eso están todos de acuerdo, y por eso ( tal y como se vio en el XXIII Congreso Estatal de Astronomía en Cuenca) suelen llevarse bien. No hay una competición entre ciencia ciudadana y ciencia profesional, pues ambos persiguen mismas metas y sueños.

Así pues, no, no hay fronteras entre amateurs y profesionales. No hay límites en la ciencia ciudadana. ¿Cómo los va a haber? En ambos casos, solo son personas pasando el tiempo en lo que les motiva, solo son personas haciendo ciencia.

Francisco Sanz Director ejecutivo de la Fundación Ibercivis

Esta sección se realiza en colaboración con el Observatorio de la Ciencia Ciudadana en España, coordinado por la Fundación Ibercivis

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