Sociedad

Tercer Milenio

¿Por qué me pasa?

Por qué me gusta tanto cotillear

Contarnos quién tontea con quién, quién se pelea con quien, quién envidia a quién, quién merece más o menos confianza, favorece nuestra supervivencia.

No podemos evitar compartir chismes con otros
No podemos evitar compartir chismes con otros
Carl Nenzén Lovén

Igual que los monos encuentran una fuente de placer infinito en despiojarse y rascarse unos a otros, a nosotros lo que 'nos pone' es intercambiar cotilleos. Según los expertos en evolución, se debe a que la cooperación social es clave para sobrevivir y reproducirnos. Dice el historiador israelí Yuval Harari en su libro 'De animales a dioses' que en una cuadrilla de 150 individuos existirían 3.775 tipos de relaciones combinadas entre ellos. Y conocer y compartir esas sinergias, contarnos quién tontea con quién, quién se pelea con quien, quién envidia a quién, quién merece más o menos confianza, favorece nuestra supervivencia.

Escudriñando en nuestro cerebro para encontrar la sede de los chismes, científicos estadounidenses de las Universidades de Temple y Harvard descubrieron que el archivo de datos recabados sobre cada una de las personas que conocemos se encuentra en el lóbulo anterior temporal (ATL, por sus siglas en inglés). Cuando alguien nos pregunta por nuestro vecino del quinto o por el exnovio de aquella amiga común, inmediatamente esta región se pone a trabajar y saca a la luz toda la información que tenemos sobre esa persona: su aspecto, nombre, estatus, rasgos, biografía y, por supuesto, chismorreos.

Lo más interesante del asunto es que en esos momentos también se intensifican las conexiones de la ATL con otras áreas relacionadas con el reconocimiento de personas. Por ejemplo, si nos enseñan unas fotos, fluirá la información entre la ATL y el área fusiforme que reconoce las caras.

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