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Ciencia ciudadana

Ciencia ciudadana o el poder de la comunidad

De arriba abajo y ¿de abajo arriba? Resulta que los ciudadanos que se sienten invitados por los científicos a hacer ciencia ciudadana se parecen demasiado. Aunque le gustaría, la ciencia ciudadana no llega a todo el mundo. ¿Por qué las comunidades desfavorecidas no participan en la ciencia? Ya hay en marcha proyectos cuyos investigadores principales salen de la comunidad, no de una universidad. La inclusión se dibuja como el gran reto de una ciencia ciudadana que, en las poderosas manos de la comunidad, puede ser una herramienta de justicia social.

tercermilenio.heraldo.es Karen Purcell, Jennifer Lynn Shirk y Caren Cooper, en el foro de ciencia ciudadana organizado por la Fundación Ibercivis
tercermilenio.heraldo.es Karen Purcell, Jennifer Lynn Shirk y Caren Cooper, en el foro de ciencia ciudadana organizado por la Fundación Ibercivis
Enrique Cidoncha

Podría estar muy contenta. El grupo que dirige en el Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell ha puesto en marcha el proyecto de ciencia ciudadana de conservación de la biodiversidad más grande del mundo: ‘eBird’. Cada año, los ‘eBirders’ contribuyen con más de 100 millones de registros de aves desde países de todo el mundo. Los datos aportados por los ciudadanos cubren el 98% de las especies de aves. Ni una legión de científicos podría lograr algo así. Karen Purcell muestra, en el I Foro Internacional de Ciencia Ciudadana organizado por Ibercivis en Madrid, una animación sobre la migración de especies en las Américas. "Un conocimiento así ayuda a decidir, a saber dónde poner dólares para conservación en cada época del año".

De arriba abajo

Sabe que ‘eBird’ "permite entender las aves y conservarlas, pero no es perfecto". Para empezar, parte de la comunidad científica, "de arriba abajo". Para continuar, aunque haya gente de todos los países, no todas las personas son partícipes. "Si miras de dónde vienen los datos, hay lugares marginales, sin datos, sin participación; y, aunque los datos son abiertos, hace falta cierta preparación para usarlos y entenderlos". Y resulta que "el perfil del participante se parece a mí, no al mundo; son personas con educación y con recursos, que viven en lugares con ventajas".

Incluir es, para ella, el gran reto de la ciencia ciudadana, "que la gente que se beneficie no se parezca, sino que sea diversa como el mundo". Y proyectos tan valiosos y positivos como ‘eBird’ cojean en que "no benefician a todos de la misma manera". Una persona "que está en la Amazonía peruana tratando de sobrevivir y enjaula un ave endémica para sacar un poco de plata de un tour turístico y así sobrevivir..., quizá no piense en conservación porque tiene otras realidades".

"Si nuestro proyecto no refleja el mundo en que vivimos, algo tiene que cambiar, porque si uno pone su esfuerzo en comunidades parecidas a las suyas, tenemos un problema, un problema de exclusión"

Por eso, hace tiempo que vio que "si nuestro proyecto no refleja el mundo en que vivimos, algo tiene que cambiar, porque si uno pone su esfuerzo en comunidades parecidas a las suyas, tenemos un problema, un problema de exclusión". Y se puso manos a la obra, sabiendo que no es éticamente simple ir a lugares marginales.

Despojándose de esa actitud tan extendida de "yo sé lo que necesitas", Purcell practica una ciencia ciudadana colaborativa desde la base, que da poder a la comunidad. Hasta el punto de que ella misma ha tenido que "pedir permiso para exponer hoy" y explicar en Medialab Prado el trabajo que están haciendo juntos –el Laboratorio de Ornitología y las comunidades desfavorecidas– para comprender su falta de implicación en la ciencia. Así, se evita que quien comunica se beneficie de los resultados de un trabajo colaborativo.

Por qué no entran

Porque no sentirse beneficiados por la ciencia es una de las razones por las que las comunidades desfavorecidas no participan en proyectos de ciencia ciudadana. "Aunque estén abiertas las puertas, ellos no van a entrar; por eso hay que ir, conversar, crear relaciones, pasar tiempo en esas comunidades de base y colaborar equitativamente con ellas".

En esta indagación sobre por qué esa negativa a formar parte del mundo científico, han reunido a grupos de México y Estados Unidos, 15 organizaciones que representan a diversas comunidades que se denominan ICBO (organizaciones independientes basadas en la comunidad), donde hay latinos de bajos recursos, afroamericanos, musulmanes, religiosos, jóvenes de pandillas, granjeros urbanos... Estudian, "desde su perspectiva, por qué las comunidades en que viven no quieren ser parte del mundo científico" y cómo llegar a la equidad en ciencia. Y los resultados interesan a investigadores que desean llegar a nuevas audiencias con la ciencia ciudadana.

Con esta voluntad de desarrollar colaboraciones equitativas entre instituciones científicas y organizaciones comunitarias que trabajan con comunidades marginadas, cocrean materiales educativos y guías, y comunican resultados a través de las artes. Con vídeos que dejan muy claro cómo las comunidades sienten que van ‘pisando huevos’ –cuando no expresan su opinión por miedo a molestar a la institución que cuenta con ellos, en una suerte de ‘racismo institucional’–. Porque no puede haber confianza sin equidad. Sin que la institución se baje de la altura de su pleno acceso a todo –fondos y datos– y se ponga a trabajar con la comunidad, codo a codo.

Dejar de navegar a ciegas destapa la injusticia ambiental

"La ciencia ciudadana crea un conocimiento que la ciencia por sí sola no podría generar y, además, crea redes de capital social que pueden llevarnos a tomar mejores decisiones de gestión ambiental, por ejemplo, y, en definitiva, hacer justicia social". Caren Cooper siente que impulsar ese cambio social que viene de la mano de la ciencia ciudadana es su misión.

Autora del libro de referencia ‘Ciencia ciudadana. Cómo podemos todos contribuir al conocimiento científico’, en él explica que, igual que, ejerciendo la gobernanza, "los ciudadanos tienen el derecho y la responsabilidad de participar en un colectivo más amplio", los científicos ciudadanos "ejercen su derecho y su responsabilidad de participar en esfuerzos científicos colectivos". Al participar en el proceso de gobernanza se emiten votos; al participar en el proceso de la ciencia, se entregan datos, y se aportan "las observaciones y la pericia amateur de cada cual a la creación de nuevo conocimiento".

Por este camino, se conocen la distribución y las rutas migratorias de las aves, gracias a proyectos como los que ella misma impulsó desde el Laboratorio de Ornitología de Cornell (Nest Watch, Feeder Watch, Christmas Bird Count, Breeding Bird Survey y My Yard Counts). Y, aplicando lo aprendido en ciencia ciudadana a la contaminación ambiental, se ha llegado a conclusiones como que "en Estados Unidos existe un racismo ambiental", visible en los mapas trazados con los datos de todos los voluntarios que registran y miden, generando un gran activismo, para ver que "la contaminación de los blancos afecta más a las zonas habitadas por hispanos y negros, de modo que la salud está más marcada por dónde vives que por el ADN".

Poder local

Este tipo de ciencia ciudadana tan local, "creada por gente normal y corriente", parte de lo que Cooper llama ‘comunidades de lugar’, que "se autoorganizan y plantan cara y tienen el poder de destapar la injusticia ambiental". Así, la ciencia surge de abajo arriba, a través de la cocreación, equidad, autonomía y confianza.

"Hoy en día, toda disciplina científica digna de ese nombre ha agregado la ciencia ciudadana a su caja de herramientas"

Escribe que "hoy en día toda disciplina científica digna de ese nombre ha agregado la ciencia ciudadana a su caja de herramientas". Mediante iniciativas dirigidas a estudiantes y profesores universitarios –es miembro del Programa de Excelencia del Profesorado en Liderazgo en Ciencia Pública en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, donde es profesora–, quiere "cambiar la cultura científica, para que responda a las necesidades de la sociedad". La ciencia ciudadana "no inventa nada –señala–, pero podemos dejar de trabajar a ciegas".

Los pioneros

Así, con la sensación de avanzar a ciegas, era como se sentían los navegantes al atravesar los océanos antes de disponer de un mapa de mareas. Miles de oficiales de astilleros, marineros, capitanes de puerto, personas que confeccionaban tablas de las mareas locales, topógrafos costeros, militares profesionales y observadores aficionados reunieron, a lo largo de dos semanas de junio de 1835, casi un millón de observaciones en el ‘gran experimento de las mareas’. William Whewell coordinó a todos aquellos voluntarios de nueve países y colonias a ambos lados del Atlántico para la medición sincronizada de las mareas. Y, sin saberlo, todos ellos se convirtieron en pioneros de la ciencia ciudadana.

Un conocimiento socialmente más robusto

Cuando piensa en el futuro de la ciencia ciudadana, hay algo que Jennifer Lynn Shirk sitúa personalmente en el centro: "Conservar la integridad de la ciencia". "Hagamos lo que hagamos –dice–, una buena educación, un buen compromiso y un buen aprendizaje dependen de esa ciencia". Todo el mundo que se involucra en la ciencia ciudadana invierte mucho tiempo y "si no se obtienen resultados científicos, con un impacto, no se hace justicia a la dedicación de toda esa gente que participa en el proyecto".

Durante su carrera –muchos años en el Laboratorio de Ornitología de Cornell y ahora convertida en científica social que estudia sistemas socioecológicos complejos– ha constatado que el grado de participación ciudadana está ligado a la obtención de resultados científicos, pero también pone énfasis en las necesidades de los participantes y no solo de los investigadores. En su opinión, "la ciencia ciudadana pone de manifiesto que es posible que los dos aspectos estén bien equilibrados, lo que conduce a un conocimiento socialmente más robusto".

En los últimos cuatro años ha tenido la oportunidad de poner a prueba estos conceptos como asesora del Consejo de Gestión Pesquera del Atlántico sur, que forma parte del National Oceanic Atmospheric Administration (NOAA). Y ha podido comprobar que las muy diferentes visiones –científicas, comerciales, conservacionistas, políticas, sociales, ecológicas…– en torno a la pesca son más fácilmente abordables desde la perspectiva de la ciencia ciudadana. El Consejo ve la ciencia ciudadana como un camino para entender mejor qué está pasando en un sector que se enfrenta a enormes desafíos para lograr una gestión sostenible de la zona, con 71 especies y sus correspondientes hábitats. Ve en la ciencia ciudadana una ciencia íntegra, con más y mejor información empírica y, además, comprometida con la complejidad de los sistemas de estudio.

Como directora ejecutiva de la Citizen Science Association en Estados Unidos, explica que su papel es "construir relaciones entre gente que hace cosas diferentes en el ámbito de la ciencia ciudadana, de cara a integrar ambos lados: la investigación científica y el compromiso público". Una comunidad conectada, con hondas raíces y amplias ramas, como tituló su presentación en Medialab Prado.

Empieza a tejerse una futura red europea

En los próximos tres años irá tomando forma la Plataforma Europea de Ciencia Ciudadana. El proyecto europeo EU-Citizen.science reúne a un consorcio de 14 países europeos y 9 ‘terceras partes’ que ya están trabajando en ello. España participa a través del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (Fecyt) y la Fundación Ibercivis.

También está en marcha una futura Red de Ciencia Ciudadana en España que promoverá el trabajo conjunto de los actores involucrados y la representación de la ciencia ciudadana española en redes internacionales. Más de 150 expertos convocados en el marco del plan de acción para la consolidación de la ciencia ciudadana en España liderado por Ibercivis durante 2018 y 2019 han ido perfilando sus líneas principales. "La idea –explicó Francisco Sanz, director ejecutivo de Ibercivis– es no reinventar la rueda, sino reutilizar y aprovechar en lo posible todos los recursos –código, metodologías, documentación, espacios físicos…–, que se ahorren esfuerzos al estar los recursos disponibles en abierto y que la red sea, de hecho, una red de apoyo".

La red se nutrirá inicialmente del Observatorio de la Ciencia Ciudadana en España y aprovechará también recursos de Fecyt e Ibercivis. También establecerá colaboraciones con otros proyectos (como EU-Citizen.Science o We Observer) y con otras asociaciones de ciencia ciudadana de ámbito internacional.

Esta sección se realiza en colaboración con el Observatorio de la Ciencia Ciudadana en España, coordinado por la Fundación Ibercivis

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