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¿Por qué me pasa?

Por qué me gusta el café, a pesar de su sabor amargo

Si instintivamente escupimos otras cosas amargas, ¿por qué nos gusta tanto el café?

¿Otro café?
¿Otro café?
Linh Nguyen

Lo has escuchado más de cien veces. Que el sabor amargo nos repele instintivamente. Que evolucionó como un sistema natural de alerta para protegernos de sustancias tóxicas y venenosas. Que la respuesta normal al llevarnos a la boca una sustancia excesivamente amarga es escupirla. Y, sin embargo, pocas cosas te causan tanto placer como ese café matutino, intenso, aromático y, por supuesto, muy amargo. Que eres capaz de degustar a sorbos incluso sin edulcorar. ¿A qué se debe esa aparente contradicción?

El misterio fue resuelto el año pasado por Marilyn Cornelis y sus colegas del departamento de Medicina Preventiva de la Universidad Northwestern en Chicago (Estados Unidos). Analizando la relación entre el sentido del gusto de más de 400.000 británicos y su afición al café, encontraron que las personas más sensibles al sabor amargo de la cafeína son también las que más tazas de este negro brebaje consumen. Justo lo contrario de lo que nos dicta la lógica.

Cornelis lo explica por un ‘refuerzo positivo’ que hace que los individuos que mejor distinguen el sabor amargo de la cafeína aprendan a asociar ese amargor con sus efectos positivos. Esa asociación, asegura la investigadora estadounidense, contrarrestaría la repulsión natural que, en teoría, debería provocarnos consumir una bebida tan amarga como el café.

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