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Billete al futuro

Basura espacial. Una gatera abierta en el cinturón de Kessler

La acumulación de escombros de basura espacial en la órbita terrestre amenaza la seguridad y viabilidad de futuros lanzamientos y misiones espaciales.

Un brazo robótico retira escombros espaciales
Un brazo robótico retira escombros espaciales
NASA

El presente: esta órbita es una ruina

En el momento actual la acumulación de desechos y escombros de basura espacial en órbita terrestre ha alcanzado un nivel ‘crítico’, en palabras de los responsables del Clean Space Programme de la Agencia Espacial Europea.

Tanto es así que si no se le pone remedio con inmediatez, puede llegar a comprometer, a corto plazo, la seguridad y viabilidad de futuros lanzamientos y misiones espaciales. Ya sea, en el mejor de los supuestos, por exceso de tráfico u ocupación en una órbita determinada o, en el peor de ellos, por acabar convirtiéndose en una barrera poco menos que infranqueable debido al riesgo de impacto.

Y el peligro no solo se refiere a las futuras misiones espaciales, sino también a la posibilidad, que va en aumento, de que alguno de estos restos acabe por precipitarse sobre el planeta e impacte en una zona habitada.

Hasta 2018 se habían catalogado 23.000 de estos restos espaciales de un tamaño superior a 10 cm –desde satélites retirados hasta fragmentos de naves, herramientas varias, etc.–. Se trata solo de una pequeña parte de los que se sabe que orbitan alrededor del planeta. Y ello sin incluir los millones de fragmentos más pequeños. También en 2018, la Agencia Espacial Europea estimó que al menos se han producido ya 500 colisiones, impactos, explosiones u otros sucesos destructivos entre satélites y restos espaciales que han generado un nuevo aluvión de escombros. La primera identificada, por parte de la NASA, tuvo lugar en julio de 1996 y afectó a una nave espacial francesa. En 2009 se produjo la primera colisión documentada entre un satélite de comunicaciones operativo, el estadounidense Iridium-33, y el Cosmos-2251, un satélite ruso ya retirado. El choque generó más de 2.300 fragmentos de escombros espaciales.

La única solución pasa por buscar alternativas para reducir estos restos espaciales. Entre las que se están considerando está su destrucción, utilizando láseres, o su captura y retirada por parte de ‘grúas’ espaciales y naves especializadas para su posterior reutilización o reciclaje.

El futuro: reacción en cadena

Año 2069. Instalaciones de la Agencia Espacial Europea. Centro de Control de la ‘Misión Gatera’. Todos los presentes mantienen una tensa espera hasta el momento en que la ventana orbital esté accesible.

Hace ya algunos años que los acontecimientos sufrieron un giro inesperado –o tal vez no tanto– antes incluso de que las medidas para limpiar el espacio de basura espacial se pusiesen en marcha a gran escala, más allá de programas y ensayos piloto, el preconizado efecto o síndrome Kessler se convirtió en una infranqueable realidad. Cabe recordar que dicho efecto, propuesto por el ingeniero de la NASA Donald J. Kessler en 1978, describía una hipotética situación producida por una cascada –una reacción en cadena– autosostenida iniciada por la colisión de dos restos de basura espacial que, al impactar, generarían nuevos restos que saldrían disparados y, a su vez, chocarían con otros y así sucesivamente, creando de este modo un chorro, río o cinturón de infinidad de fragmentos girando a gran velocidad que se convertiría en una amenaza constante e inevitable para cualquier satélite o vehículo espacial enviado al espacio.

Y eso fue exactamente lo que sucedió. La colisión entre un satélite puesto en órbita y uno ya en desuso propició una cadena de impactos y fragmentaciones que desembocó en la formación de un cinturón giratorio de basura espacial viajando a velocidad vertiginosa y en el que los impactos se suceden de forma continua y constante hasta el punto de constituir una barrera casi insuperable.

Casi porque, gracias al empleo desde la superficie de láseres capaces de volatilizar por completo los restos hasta convertirlos en una nube gaseosa inocua desde el punto de vista de las colisiones, se ha conseguido abrir una ventana, apenas una rendija o, como ha sido bautizada por la ESA, ‘la gatera’, que habilita una arriesgada salida al espacio exterior que ahora se apresta a atravesar una nave espacial de dicha agencia en cuanto se encuentre en posición sobre el punto de lanzamiento. Los tripulantes de esta misión son conscientes de la posibilidad de que no haya retorno, ya que todo depende de que la gatera se mantenga abierta o, en su defecto, se pueda habilitar otra. Por ello, la nave cuenta con un programa de emergencia que, llegado el caso, enviaría a la nave hacia los confines del espacio para evitar que acabase contribuyendo y reforzando el cinturón de Kessler.

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