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La carrera contra el cambio de hora

El domingo cambiamos la hora y ahora parece que no será la última vez. La Comisión Europea ha dado a elegir a cada país qué horario quiere, pero nuestros expertos no han llegado a un acuerdo.

Una hora más de sueño influye en la productividad.
Una hora más de sueño influye en la productividad.
Nick Webb

Este próximo 31 de marzo se cambia la hora. A las dos serán las tres en lo que iba a ser el último cambio horario, que ahora igual es el antepenúltimo, que en realidad vaya usted a saber. El verano pasado, la Comisión Europea (CE) lanzó una encuesta en la que se consultaba la posibilidad de acabar definitivamente con el vaivén de los horarios de invierno y verano. Respondieron cuatro millones y medio de europeos y más del 80% dijeron que basta, que ya estaba bien. Después, lo que se lanzó como una iniciativa para este 2019 se pospuso hasta 2021, aunque nadie tiene claro si por entonces se cumplirá. Esta es una historia muy breve de nuestros horarios, del motivo de los cambios, de sus consecuencias y de qué decisión deberíamos adoptar.

Contra las contraventanas

La idea de adelantar los horarios parece empezar con el polifacético político e inventor del pararrayos Benjamin Franklin, quien se sorprendió de lo pronto que amanecía en Francia cuando era embajador de los Estados Unidos a finales del siglo XVIII. Aunque no llegó a proponer un cambio de hora como tal, sí llego a idear medidas como gravar con impuestos a quienes montasen contraventanas que impidiesen a la gente despertarse con el sol. Los cambios más modernos de hora se implantaron en Europa y en España a partir de 1974 con la crisis del petróleo, con la idea de que permitirían un considerable ahorro energético.

En España, ese cambio horario se unió a la decisión de Franco en los años cuarenta de unificar nuestro horario con el de Berlín, lo que nos desplaza sobremanera de nuestra correspondencia solar. Eso, junto con explicaciones sociológicas –la dictadura y la escasez petrificaron unas jornadas laborales larguísimas–, motiva que nos acostemos considerablemente más tarde que otros países vecinos como Italia o Portugal.

La cuestión es que el ahorro de energía no parece ser tal. Los estudios han llegado a la conclusión de que el beneficio, si existe, es marginal: los últimos estiman un ahorro en el consumo eléctrico inferior al 0,5%, y la comisaria europea de Transportes, Violeta Bulc, habla de un 0,1-0,2%. Ni siquiera otros motivos como un supuesto descenso de los accidentes de tráfico parece ser tal. En Europa, la mayoría parece (¿parecemos?) tenerlo claro. Hay que acabar con tanto cambio, escoger un horario definitivo.

Un horario por el sueño

La encuesta de la CE, sin embargo, esconde matices. La inmensa mayoría de quienes respondieron eran alemanes o residentes en países del norte, quienes además escogieron adoptar el horario de verano. Limitados en su luz solar, claman por algo más de claridad en sus tardes norteñas. Aunque hay estados, como Portugal, que prefieren seguir con los cambios, la Comisión Europea parece decidida a acabar con ellos y –aunque tengan también el confuso propósito de armonizar las decisiones– ha dado a elegir a cada país qué horario quiere escoger. De ahí que, hace unos meses, se creara en España una comisión de expertos que nos aconsejara qué debemos hacer.

Dentro de la comisión –formada por profesionales de ramas tan diversas como la física, la sociología o la filosofía– las voces individuales que han hablado no permitían ser optimistas con la posibilidad de alcanzar un quorum, ni siquiera sobre la necesidad de acabar con los cambios. Unos tienen claro que habría que adoptar un horario fijo, otros que hay que mantener las cosas como están y que es un ‘debate de besugos’. Hace unos días, la ministra portavoz Isabel Celaá confirmó las sospechas al admitir que no habían conseguido llegar a un acuerdo. ¿Qué hacer, pues?

En Cataluña hace años que se instauró un Consejo Asesor por la Reforma Horaria, que aboga claramente por abolir el cambio. Así piensa también la Asociación para la Racionalización de los Horarios en España (AROHE) y la Sociedad Española de Sueño. Más allá de los trastornos por los cambios en sí, que pueden ser leves, todas estas agrupaciones claman por mantener como fijo el horario de invierno, aunque sea impopular, aunque implique menos horas de sol por las tardes. Porque esa medida, junto con otras de tipo más social, ayudaría a combatir la epidemia de sueño insuficiente. Con esta contundencia lo dijo Ferrán Barbé, jefe de servicio en el Hospital Arnau de Vilanova de Lérida y organizador de un reciente congreso en Barcelona (llamado B·Debate) sobre la importancia del sueño: "Hay que comer sobre la 1 de la tarde, prohibido salir de trabajar después de las 6, cenar a las 8 y a la cama a las 10".

Al sueño lo llaman ya el cuarto pilar de la salud, un gran olvidado y cuya falta, sin embargo, se relaciona con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y neurológicas, diabetes, obesidad o cáncer. Incluso con pérdidas masivas de productividad. En ese mismo congreso, David Gozal, responsable de Salud Infantil en la Escuela de Medicina de la Universidad de Missouri, señalaba: "Cuando grandes directivos e ‘influencers’ hablan de que pueden dormir solo cuatro horas cometen un tremendo error. Que gente con tanto éxito pueda decir tonterías tan grandes implica una ignorancia tremenda respecto al sueño".

Ya no solo por la salud, también por la economía. Una hora más de sueño se ha asociado con un incremento de productividad de hasta el 16%. Y al sueño insuficiente se le ha responsabilizado directamente con una pérdida del 1,56% del PIB en Alemania o del 2,28% en los Estados Unidos (más de 400.000 millones de dólares).

Si los motivos del cambio eran un escaso ahorro eléctrico, no es como para arrendarle las ganancias.

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