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El elevado impacto ecológico del muro de Trump

En segundo plano, detrás de las graves consecuencias sociales y humanitarias, la construcción de un muro que separe México de Estados Unidos también podría afectar negativamente a la ecología y la biodiversidad de la zona.

Camisetas contra el muro de Trump en Boquillas (México).
REUTERS / Jessica Lutz

Tras 35 días de cierre de Gobierno en Estados Unidos, Donald Trump decidió finalmente capitular y abrir un período de tregua con el partido demócrata en el Congreso en su disputa para obtener financiación para el muro que pretende construir en la frontera sur con México. La tregua se truncó con una declaración de emergencia nacional por parte del presidente que busca así poder desviar fondos para su construcción. El muro de Trump, definido por él mismo como "grande y bonito" durante la campaña electoral, acarrea una serie de consecuencias que van más allá del impacto inmediato que el cierre de Gobierno más largo de la historia ha tenido para muchos trabajadores públicos. En este ‘Aquí hay ciencia’ analizaremos los efectos que su construcción podría tener sobre la ecología y la biodiversidad de la región.

La humanidad ha erigido muros y cercos desde por lo menos 4.500 años antes de Cristo, generalmente con funciones defensivas para protegerse de otras poblaciones humanas. En tiempos más recientes los muros han servido a otros propósitos políticos y económicos y se han levantado para controlar la libre circulación de personas y de mercancías, ya sea con la excusa de la inmigración, el terrorismo o el tráfico de drogas, entre otros. El muro de Trump representaría una ampliación de los tramos ya existentes hasta una longitud final de 3.200 kilómetros y, aunque ha concentrado mucha atención mediática, poco se ha discutido sobre su impacto ecológico.

En julio del año pasado, en un informe publicado en la revista ‘Bioscience’, 18 científicos alertaron de las amenazas para la biodiversidad y la conservación de determinadas especies que supondría la construcción de un muro continuo e infranqueable desde el Pacífico hasta el Golfo de México. El informe fue respaldado por más de 2.500 científicos de 43 países, la mayoría de Estados Unidos y México. En él se destacaba que el muro pretende sortear leyes medioambientales, dañaría la fauna y la flora silvestre con la destrucción, degradación y fragmentación de los hábitats, y representaría una amenaza para los proyectos en curso de conservación de especies en esta área.

La valla se empezó a construir durante la presidencia de George W. Bush y ya comprende unos 1.050 kilómetros. En 2005, el Congreso de Estados Unidos dio permiso para que el Departamento de Seguridad Nacional pudiese eludir la aplicación de leyes medioambientales como la de especies amenazadas o la ley nacional de política ambiental, que podían retrasar la construcción de la cerca. Sin la aplicación de estas leyes, los estudios de impacto ambiental no se llevan a cabo con el suficiente rigor, no se exploran alternativas menos perjudiciales ni se analizan los efectos del muro una vez construido. Y, desgraciadamente, la política de Trump ha continuado por la misma senda.

Destrucción y fragmentación de hábitats

Las tierras fronterizas entre México y Estados Unidos abarcan seis regiones ecológicas con distintos tipos de vegetación, desde áreas desérticas o semidesérticas hasta bosques templados, pasando por humedales de agua dulce y marismas. En ellas, los científicos han identificado cinco áreas de máxima prioridad por su elevada biodiversidad, que consideran que están especialmente amenazadas por la construcción del muro, y 1.506 especies (1.077 de animales y 429 de plantas) cuyo rango de distribución comprende ambos lados de la frontera y entre las que se cuentan 62 especies amenazadas.

La barrera física imposibilitaría que especies como el lobo mexicano o el berrendo de Sonora, en peligro de extinción, pudiesen moverse libremente para reforzar poblaciones con pocos individuos al otro lado de la frontera. También impediría las migraciones estacionales o anuales de aquellos animales terrestres que no la pueden sobrepasar, por lo que dificultaría su acceso a fuentes de alimento y de agua, a potenciales parejas sexuales y a áreas de cría. Los científicos calculan que más del 34% de los animales terrestres no voladores de Estados Unidos (346 especies) perderían el 50% o más de su rango de distribución que se encuentra al sur de la frontera. Especies como el jaguar o el ocelote tienen poblaciones residuales en Estados Unidos que quedarían desconectadas de las mexicanas, aumentando su riesgo de desaparición.

El muro no solo produce un impacto ecológico una vez erigido como barrera física, también tiene efectos negativos su construcción y la infraestructura asociada a él como carreteras, luces, bases operativas y los vehículos patrulla que circulan fuera de pista. Toda esta actividad humana, luces y ruido, desplazan a la vida salvaje. El informe cita efectos como la degradación y eliminación de la vegetación autóctona, la destrucción y fragmentación de hábitats de animales que conducirían a su muerte y que darían lugar a poblaciones más pequeñas y vulnerables, la erosión del suelo y cambios en las dinámicas de incendios y en procesos hidrológicos, que podrían producir inundaciones.

El cerco del dingo
Existen precedentes en otros lugares del impacto ecológico en cascada que pueden tener las barreras físicas introducidas por el ser humano. A finales del siglo XIX, se construyó en Australia la valla más larga del mundo, de 5.614 kilómetros, conocida como 'el cerco del dingo', para mantener esta especie de cánido –propia del sudeste de Asia y de Australia– fuera de las tierras fértiles del sudeste australiano, de donde habían sido prácticamente exterminados, y proteger también a los rebaños de ovejas del sur de Queensland. En Australia, el dingo se encuentra en lo alto de la cadena alimentaria –es el superdepredador o depredador alfa– y la restricción de su población al sur de la cerca permitió que proliferasen los zorros y los gatos salvajes que, a su vez, hicieron disminuir el número de pequeños marsupiales y roedores que se alimentan de arbustos y semillas. Estas cascadas tróficas se propagan hasta las plantas y pueden llegar a transformar el paisaje. En Australia esto ha ocurrido con la morfología de las dunas del desierto a ambos lados de la verja.

Como demuestra el caso del dingo, la supresión de grandes carnívoros de un área puede tener un impacto profundo en el ecosistema a través de cambios en la cadena trófica. Y este es solo un ejemplo de los múltiples efectos que una barrera infranqueable como la que plantea Trump podría tener en los ecosistemas fronterizos de Norteamérica en las próximas dos o tres décadas. Para detener tal despropósito, y viniendo de alguien que niega el cambio climático, únicamente podemos confiar en que el proyecto del muro embarranque por razones económicas.

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