Sociedad

Opinión

Garrapatas

El peligro de la garrapata está en las enfermedades que transmite.
F.P.

La primera vez que oí la palabra ‘garrapata’ me produjo un enorme repelús. Era muy pequeño. Sin entender nada, escuché a mis mayores hablar de esa ‘cosa’. Recuerdo que, mientras mi imaginación creaba un monstruo sin dimensiones y chupasangres, me empezó a picar todo el cuerpo. Entonces medio entendí que eran unos seres diminutos peligrosos. Mis mayores hablaban de lo mal que se encontraba la hija de unos amigos de un pueblo vecino. Uno de esos bichos se había agarrado a su cabeza y casi había taladrado su cerebro. Exageraban, claro. Pero a mí me parecía absolutamente cierto. Decían que habían tenido que recurrir al gasóleo y no sé cuántas peripecias añadidas para desprenderla de la piel. Después de aquello, aprendí a ver las garrapatas en más de un perro pulgoso. Me inquietaba pensar que me pudiera pasar a mí.

Más tarde descubrí que tampoco era para tanto. Con los años, estos parásitos pasaron a formar parte del paisaje. Están ahí. Solo hace falta tener cuidado y saber dónde se pisa, con qué animales se trata y cómo actuar cuando uno de estos ‘ixodoideos’ muerde. Pero no es para tomarlo a broma, porque lo peor son las fiebres y enfermedades que transmiten. Son vectores de una lista enrevesada de dolencias que arruinan la salud e incluso pueden terminar matando. Y no es una exageración. Estos minúsculos arácnidos se alimentan de la sangre de vertebrados mientras están hospedados causando más daño que bien.

Lo ‘curioso’ de estos parásitos es su carácter temporal. Vienen, se instalan y se van. No son como los piojos que se multiplican infinitamente en un mismo huésped. El ciclo vital de las garrapatas recorre tres fases -larva, ninfa, adulto- y necesitan sangre ajena para conseguirlo. Durante entre tres y diez días se aprovechan hasta saciarse. Y entonces, cuando ya están maduras, se dejan caer al suelo y ponen los huevos de la siguiente generación. Si tienen las condiciones favorables de temperatura y humedad, en un par de semanas eclosionan, listas para volver a parasitar al primer vertebrado que pase por su lado. Se enganchan en el hospedador correspondiente con un anclaje sofisticado y firme. Si se quieren ‘extirpar’, ha de hacerse con mucho cuidado. No se puede aplastar sin más, porque provoca que se expandan las enfermedades que portan en sus fluidos. Eso es lo peor, lo que llevan dentro, no tanto sus ocho patas y sus quelíceros -esas piezas pre-bucales que clavan como cuchillas-. La mordedura como tal puede pasar desapercibida y no provocar nada más, salvo cuando se inoculan los correspondientes virus y bacterias. Es un comportamiento que tiene múltiples paralelismos con la vida social.

Con los años he descubierto que también hay garrapatas de dos patas. Proliferan en todo tipo de organización, independientemente del sector productivo. Aunque no soportan la transparencia ni la claridad emocional. Cultivan el sigilo y la discreción, porque, cuando se les identifica succionando la sangre de su huésped, saben que ya no volverán a contar con las mismas oportunidades. Crecen con facilidad en los grupos humanos donde la conversación es pobre. Incluso contribuyen a descomponer usos y costumbres de sociabilidad alta. Suelen llegar como promesa que resuelve no se sabe bien qué. Hablan de cooperación e incluso cooperan, mientras instilan su propio mecanismo de ‘parasitización’. Consiguen crear un halo a su alrededor de bonhomía y prudencia. Hablan lo justo, regulan sus palabras al mínimo. Administran bien su silencio, porque conocen bien sus límites. Pero con suficiente astucia se adhieren emocionalmente a su presa y allí se instalan mientras puedan succionar los réditos necesarios. Simulan con habilidad su forma de proceder. Se entregan, se dan a la causa, pueden dedicar más horas que el reloj del jefe… pero solo será así mientras el rendimiento resulte favorable. Pueden parecer generosos, abiertos y, de hecho, rara vez se enfadan; al contrario, sonríen, obedecen. Hasta que llega el momento de caerse y buscar otro hospedador donde continuar alimentándose. Sobre todo cazan ideas de las que sacar partido, porque son incapaces de crear. Cuando se quedan sin sangre ajena, solo saben repetir lo que han robado. No son fáciles de descubrir. Hace falta pillarlos con las manos en la masa.

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