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Soportar, resistir, soñar

Negar la realidad o ignorar nuestras propias limitaciones son estrategias inadecuadas para hacer frente a los problemas. Aceptar nuestra situación no significa someterse a ella pasivamente, sino que es el primer paso para cambiar las cosas.

31/01/2019 a las 05:00
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Para cambiar el mundo, hay que romper la inercia en nuestro interior.POL

Aceptar los contratiempos no significa conformarse. Soportar las desdichas no es instalarse en ellas. Al contrario, ahí se abre la puerta para mirar de frente la vida, la cruda realidad. Y esto, que parece reclamar un tratado de ontología para explicar el ser de las cosas, es un asunto que no requiere mediaciones externas: basta la propia conciencia dispuesta a buscar. No hace falta estudiar metafísica para distinguir lo que es de lo que no es. Ni tampoco es necesario dedicarse a la psicología ni a la inteligencia artificial para reconocer que las relaciones entre mi sistema de creencias, mi conjunto de datos, determinan las relaciones con mi forma de entender el mundo. Es algo tan simple y complicado como el refrán: al pan, pan y al vino, vino. Pero esto es más que un simple ejercicio de sinceridad propia planteado sin rodeos, sin (auto)engaños. Tiene un componente que afecta a la voluntad de querer ser; pues cada uno es responsable de lo que quiere y de lo que hace.

En cierta manera, Esopo reflejó el problema en su fábula ‘La zorra y los racimos de uvas’, decía así: "Estaba una zorra con mucha hambre, y al ver colgando de una parra unos deliciosos racimos de uvas, quiso atraparlos con su boca. Mas no pudiendo alcanzarlos, a pesar de sus esfuerzos, se alejó diciéndose: -¡Ni me agradan, están tan verdes!". Y terminaba con una enseñanza moral que sigue vigente: "Nunca traslades la culpa a los demás de lo que no eres capaz de alcanzar". Esa forma de elaborar la respuesta encaja en la teoría que construyó Anna Freud (1895-1982). La hija menor del creador del Psicoanálisis describió esto como un mecanismo mental, precisamente en su libro ‘El Yo y los mecanismos de defensa’, publicado en 1936. Ella continuó con las teorías descritas por su padre, Sigmund Freud, en el estudio de ‘Las neuropsicosis de defensa’ publicado en 1894, que usaba "para describir las luchas del yo contra ideas y afectos dolorosos e insoportables". O dicho de otro modo, indagaba en las formas de cada sujeto para buscar atajos y solventar, que no solucionar, las tensiones emocionales provocadas por los conflictos causados entre el deseo y la realidad, entre mis pulsiones instintivas y el mundo exterior a mi piel. Cuando los contratiempos son esas uvas verdes, la clave está en reconocer la diferencia entre lo que puedo y no puedo cambiar, como primer paso para no engañarme a mí mismo. ¿Dónde estoy? ¿Qué me está pasando? Son preguntas que conectan con el mismo reto. La racionalización elaborando un argumento eximente de esa frustración no ayuda. Al igual que tampoco es eficaz a largo plazo la negación del problema o la proyección para ocultar lo que me duele. Es difícil mirar de frente a la cruda realidad.

El hecho de aceptar los disgustos no quiere decir pactar con ellos. Soportar las cargas que producen es lo contrario a someterse de manera sumisa. Ahí la paciencia y la tolerancia son claves para resistir y soñar. Muestran la paradoja: cada quien actúa haciendo aquello que le gusta. Incluso cuando a regañadientes soporta lo peor. Pues hay quienes prefieren instalarse en la pereza antes de asumir el esfuerzo de cambiar su inercia interior. Hay quien prefiere sentirse ofendido antes que transformar su ego. Hay quién pacta tragando la bilis que le mata, sin reconocer que se comporta así porque no se ha parado a pensar, ni a respirar profundamente, ni a cambiar su ‘yo’.

Abrir la puerta del corazón es el primer paso para disfrutar de la esperanza, llenarse de ánimo y seguir soñando con pragmatismo. E inteligencia, como cuando Esopo decía: "Una zorra saltaba sobre unos montículos y estuvo de pronto a punto de caerse; para evitar la caída, se agarró a un espino, pero sus púas le hirieron las patas y sintiendo el dolor que ellas le producían, le dijo al espino: -¡ Acudí a ti por tu ayuda, y más bien me has herido! A lo que respondió el espino: -¡Tú tienes la culpa, amiga, por agarrarte de mí, bien sabes lo bueno que soy para enganchar y herir a todo el mundo, y tú no eres la excepción! Nunca pidas ayuda a quien acostumbra a hacer el daño".

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza





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