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Tercer Milenio

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El Leonardo da Vinci de los relojes

Este genial relojero suizo diseñó y construyó sofisticados modelos con originales ‘complicaciones’ –término técnico con el que se designa cualquier función que no sea la básica de dar la hora y los minutos–. Sus invenciones le llevaron a ser conocido entre sus coetáneos como el ‘Da Vinci de la relojería’ y, con el paso del tiempo, le han consagrado como uno de los más grandes –si no el mayor– maestros relojeros de la historia. Algo que –solo en parte– ilustra el puñado de términos técnicos que portan su nombre: agujas Breguet, espiral Breguet, dentado Breguet…

Mecanismo de escape en un reloj Breguet
Kjorford

Nacido en Neuchatel (Suiza) en 1745, el destino de Abraham-Louis Breguet quedó marcado a los 11 años: con el fallecimiento de su padre y el posterior matrimonio de su ya viuda madre con un primo lejano de aquel, Joseph Tattet, un reputado relojero de París. Fue este quien, tres años más tarde, instó a Breguet a abandonar la escuela para entrar a trabajar como aprendiz en el taller de un relojero local. Un año después, Breguet se trasladaba a París para completar su formación en el taller de su padrastro. Pero, además de formarse en el arte de la horología, aprovechó para estudiar física, óptica, astronomía e ingeniería mecánica. Conocimientos que con los años aplicaría en su oficio.

Breguet no se estableció por cuenta propia hasta la tardía edad de 28 años. Y fue gracias a su matrimonio con Marie-Louise Lhullier, perteneciente a una adinerada familia parisina y quien aportó una dote con la que su esposo pudo abrir su propio taller. Nacía así la casa o marca Breguet, que desde el principio se distinguió por su sofisticación y originalidad técnica, su elegante diseño y la perfecta ejecución de sus relojes.

El Perpetuelle

Las relaciones y prestigio de su padrastro y de la familia de su esposa le abrieron las puertas de la corte versallesca. Corte que Breguet conquistaría solo cinco años más tarde, con su primera gran creación: el Perpetuelle. Fue el primer modelo de reloj de bolsillo automático, es decir, que no necesitaba que se le diese cuerda, pues se recargaba con el movimiento al incorporar un mecanismo oscilante que aprovechaba los movimientos del portador al caminar para cargar el muelle de cuerda. En 1780 fabricó uno de los primeros ejemplares para el Duque de Orleans, un reconocido aficionado de los más sofisticados relojes. Y, en 1782, otro para la misma reina María Antonieta. Con ello, el Perpetuelle se convirtió en el reloj de moda en el Versalles del momento y su creador se ganó la admiración y el favor de la corte y de sus monarcas. Breguet se convertía así en el relojero predilecto de las élites parisinas, que desde entonces iban a desear exhibir cada último y exclusivo modelo surgido de su taller. Como el reloj repetidor, con un ingenioso mecanismo que daba la hora con un gong cada 15 minutos o a intervalos de un minuto. O los relojes dotados de ‘Pare chute’ o antichoque.

En 1783 recibió el encargo de su vida: fabricar un reloj digno de la reina María Antonieta.

Diez años después, con el revolucionario Régimen del Terror instaurado, Breguet se vio obligado a abandonar París. Sus relaciones con la corte lo ponían bajo sospecha. Sin embargo, no partió a su Suiza natal hasta conseguir un pasaporte oficial, gracias a la mediación de Marat, que le garantizaba seguir manteniendo la propiedad de su taller. Durante esos años de exilio voluntario, la producción en París continuó a cargo de los relojeros allí empleados, que firmaban las piezas como ‘Fils de Breguet’.

La firma secreta

En Suiza fundó otro taller donde, alejado del bullicio de París, desarrolló muchas de las ideas, diseños e innovaciones que luego introdujo en sus relojes. También fue entonces cuando, alertado por la aparición de falsificaciones con su nombre, diseñó una firma secreta con la ayuda del famoso grabador y mecánico Jean Pierre Droz. Una filigrana en miniatura grabada en el dial, que solo podía leerse con lupa.

En 1795 regresaba a París con un documento del Gobierno francés solicitando su retorno para colaborar en el desarrollo de la industria y el comercio nacional. Fue entonces cuando dio rienda suelta a toda su creatividad. Ese mismo año inventa la espiral de volante Breguet que mejoraba el isocronismo. También el ‘reloj de carruaje’, que podía llevarse de viaje al no desajustarse con el traqueteo; el primero tuvo como destinatario a Napoleón Bonaparte.

Siguió el ‘reloj simpático’, que el propio Breguet explicaba: "He inventado un sistema que permite poner un reloj en hora y ajustado sin que nadie tenga que hacerlo. Se precisa un reloj de péndulo o un cronómetro de la marina para dejar sobre él el reloj de bolsillo. Cada noche, al acostarse, se coloca el reloj de bolsillo sobre el péndulo y al día siguiente indicará la misma hora que este. Ni siquiera es necesario abrir el reloj…". Efectivamente, se ponía espontáneamente en hora al entrar en sincronía con el péndulo.

Finalmente, en 1801, presentaba el Tourbillon, un sofisticado desarrollo que reducía el efecto de la gravedad sobre el mecanismo de escape a fin de minimizar los desajustes. Para ello diseñó un sistema que alojaba el escape en el interior de una caja o celda que a su vez rotaba en continuo a un ritmo constante. Todavía hoy es una de las ‘complicaciones’ o filigranas mecánicas más celebradas en el universo de la relojería.

El Leonardo da Vinci de los relojes

Dibujo original de Abraham-Louis Breguet para una solicitud de patente emitida en el año 1801. Ilustra el mecanismo de relojería conocido como el tourbillon de Breguet y se conserva en el Instituto Nacional de la Propiedad Industrial de París

En 1810 creaba el primer reloj de pulsera de la historia para Caroline Murat, reina de Nápoles. En 1815 era designado Relojero de la Marina Francesa, el mayor honor de la época para un relojero. Y un año después entraba en la Academia de las Ciencias francesa.

Su último gran triunfo lo constituyó, en 1820, la ‘Montre à Doublé Seconds’, un reloj –precursor del cronógrafo– con dos agujas segunderas que podía pararse y ponerse en marcha de forma independiente, lo que permitía cronometrar lapsos o tiempos intermedios, así como dos eventos distintos. Tres años después fallecía en París, a los 77 años y sin haber podido completar el encargo de su vida…

El encargo de su vida
En 1783, casi al inicio de su carrera, Breguet iba a recibir el encargo de su vida. La denominada ‘Comisión 160’ le encomendaba a fabricar un reloj digno de la reina María Antonieta. Tan bello como ingenioso. Con el máximo de ‘complicaciones’ posibles y elaborado con los materiales más valiosos y exclusivos. Sin límite de tiempo ni de dinero para fabricarlo. Y tampoco se consignaba quién era el ‘comisionado’, el cliente que había hecho el encargo; según la leyenda, había sido un príncipe danés que había quedado prendado de la monarca. Pasaron 44 años antes de que el reloj estuviese acabado. El último día de 1827 –muchos años después de la muerte de la reina en la guillotina e incluso cuatro años después del fallecimiento del propio Breguet–, su hijo y heredero de la ‘casa Breguet’, Louis-Antoine, por fin daba por rematado el conocido como reloj ‘Marie Antoniette’ o ‘ultracomplicado’. Y se lo entregaba al Marqués de la Groye, quien había sido paje y persona de confianza de la desafortunada reina, quien, dicho sea de paso, al parecer portaba un reloj de bolsillo Breguet prendido al vestido cuando subió al patíbulo.

Elegancia relojera
Las aportaciones de Breguet no se limitaron a nuevos mecanismos y ‘complicaciones’, también fue un innovador en el plano estético. En 1783, diseñó un nuevo tipo de agujas de un elegante azul metálico, extremadamente finas y coronadas por un círculo hueco, y también unos números arábigos ligeramente estirados e inclinados hacia la derecha. Las ‘agujas Breguet’ y los ‘números Breguet’ son hoy en día un estándar de la elegancia en la industria relojera.

Miguel Barral Técnico del Muncyt

Esta sección se realiza con la colaboración del Museo Nacional de Ciencia y Tecnología

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