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Sociedad

Tercer Milenio

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El lector de árboles

Hay árboles a la espera (lo dicen sus anillos muy estrechos); cuando talen uno de sus vecinos dominantes que les negaban la luz para crecer entrarán en la competición por ser los más altos y dominar la bóveda del bosque. Los árboles nos cuentan su vida. Su tronco, su copa, la forma de sus ramas y raíces, los anillos de su madera... hablan del clima, de la lucha por sobrevivir, de riadas y aludes. Así se refleja en la exposición ‘Arbóreo’.

El tronco de esta sabina negra solo tiene 13 cm de diámetro pero acumula 655 anillos de crecimiento. Datado con carbono 14, da una fecha de 874 (+/– 28) años
El tronco de esta sabina negra solo tiene 13 cm de diámetro pero acumula 655 anillos de crecimiento. Datado con carbono 14, da una fecha de 874 (+/– 28) años
Miguel Ortega

Los árboles no tienen caprichos. Las formas de sus troncos, el crecimiento de sus ramas, el porte de sus copas... no son antojos de la naturaleza sino pura adaptación al entorno. Leyendo su aspecto externo, podemos interpretar las huellas que ha ido dejando cada avatar de su trayectoria vital.

La fisonomía de un árbol refleja, como en un diario, los cambios medioambientales, cómo es el entorno en el que creció, si le afectó la actividad de otros organismos –ya sean hongos o un jabalí que se rasca en el tronco– o de humanos que podan o talan. Nos cuenta también si en su historia hubo incendios, riadas o aludes. Todo deja su huella. Incluso el viento.

La información escrita en los anillos de crecimiento está estrechamente relacionada con el aspecto del árbol. "Son como partituras de instrumentos diferentes que encajan en una sinfonía; ahora empezamos a oír la música". Así lo siente Miguel Ortega, técnico del Espacio Salto del Roldán en Nueno (Huesca), cinco años y 700 rodajas de troncos después. Proceden de 65 especies de árboles y arbustos, y han sido cortadas y lijadas, e interpretadas con la ayuda de Jesús Julio Camarero, dendrocronólogo del Instituto Pirenaico de Ecología (CSIC). Todas estas piezas han ido casando con los apuntes dibujados en sus cuadernos de campo. Ahora se recogen en una ‘Pequeña guía del lector de árboles’ que acompaña a la exposición ‘Arbóreo, los árboles nos cuentan su vida’, que se muestra en el Paraninfo.

"Esta manera de ver los árboles –advierte Ortega– no es una ciencia exacta, pero es una forma sencilla de aproximarnos al conocimiento de la naturaleza. Abre las puertas a un territorio maravilloso que podemos descubrir en un paseo cercano, sin tener que ir a una selva".

Cambia la forma de ver un árbol si, "para empezar, no los vemos como individuos sino como colonias". "En verdad –reflexiona– hay una guerra tremenda en un bosque. Nosotros vamos y decimos ‘¡qué paz!’, pero están todos peleándose por la luz, y van a muerte además".

El lector de árboles

A veces, las apariencias engañan. No todos los árboles viejos son grandes y algunos de los más longevos guardan misterios por comprender. Es el caso de la sabina negra. "El ejemplar más antiguo que hemos encontrado –655 anillos de crecimiento, aunque con carbono 14 la dataron en 874 años– mide, incluyendo ramas y raíces 170 cm y su tronco, solo 13 cm de diámetro", destaca Ortega.

Todo lo contrario le ocurre al chopo o álamo negro, que puede ser un árbol joven muy grande.

Las sabinas negras crecen en lugares secos y con poco suelo –a veces una grieta en la roca–. En estas condiciones "su crecimiento es desesperadamente escaso (en 1 mm pude haber diez anillos de crecimiento), pero es una especie tan longeva que puede superar los 1.000 años) y su madera es prácticamente imputrescible". Los troncos y raíces de esta especie se retuercen y giran incluso 360º.

Y es que, en su crecimiento, un árbol es capaz de solucionar todos los problemas de tensiones y pesos. "En construcción naval, para las piezas curvadas, la madera de compás que llamaban, buscaban que los troncos de roble estuvieran curvados de forma natural porque los cálculos de resistencia los había hecho ya el árbol".

Historias de madera 
Las huellas de la tragedia de Biescas

El lector de árboles

La gran herida que le duele a este cedro tiene fecha y hora: la tarde del 7 de agosto de 1996, cuando el desbordamiento de un barranco debido a una fortísima tormenta se llevó por delante el campin de las Nieves, en Biescas, y la vida de 87 personas. El agua arrastró gran cantidad de piedras al atravesar una antigua morrena glaciar. Se calcula que, en pocos minutos, llegaron a caer unos 200 litros por metro cuadrado que movieron unas 130.000 toneladas de lodo y piedras. La tragedia quedó grabada también en la vegetación de la zona. La corriente quitó la corteza de este y otros árboles porque el episodio fue "de tipo arroyada: una crecida de agua de gran extensión y mucha violencia, acompañada de piedras, troncos y ramas", explica Miguel Ortega. A lo largo de los años, el ejemplar "fue cicatrizando la herida con madera procedente de las zonas con cambium (tejido entre la corteza y el leño) cercanas, pero llegó tarde para evitar la pudrición del duramen (parte central, más seca y compacta, del tronco) de la zona descortezada". Hay heridas difíciles de curar.

Lucha a muerte por la luz en el abetal

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Este abeto fue talado en la selva de Lasieso, Biescas, en 2015. Sus anillos "contaban lo mismo que otros 11 ejemplares: muy estrechos hasta 1965, es decir, el árbol crecía muy poco, y, ese año, una gran herida y un aumento de crecimiento". "Preguntamos y aquella era una zona con explotaciones forestales, así que lo más probable es que en 1965 hubiera una tala para sacar madera", explica Miguel Ortega.

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Y esta es la historia: una situación inicial con árboles dominantes que hacen sombra a los pequeños, que no tienen suficiente luz para crecer. Cuando se talan los árboles grandes, los pequeños, con alguna herida por la caída de sus mayores, prosperan.

Tumbado pero vivo. Tensiones desiguales tras un alud

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En 2014 cayó un alud en Benasque, en Peña Blanca, donde nadie recordaba que se diera este fenómeno. Pero la madera de los pinos tumbados sí que se acordaba de aludes anteriores. "Era como un libro: los anillos concéntricos nos decían que, primero, ese árbol crecía vertical y recibía tensiones en todas direcciones, pero el cambio de forma de los anillos, que pasan a ser excéntricos, indica que el árbol cambió de posición: de vertical a tumbado", señala Ortega. "Hay una tensión que domina: su propio peso y por eso desarrolla anillos más anchos, que son precisamente, en el caso de coníferas, los que están contra el suelo, como un contrafuerte".

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El mejor ingeniero crece contra el viento

Vientos fuertes que soplan siempre en la misma dirección hacen que la copa del árbol desarrolle formas aerodinámicas para minimizar su efecto, como en el pino negro de Ansó de esta ilustración.

El lector de árboles

Los arbustos rastreros pueden crecer protegidos del viento tras una roca; otras veces, el propio tronco hace de defensa y la copa se desarrolla a sotavento de él. Y es que "el árbol es buen ingeniero" y en ocasiones es capaz de crear un contrafuerte para soportar el viento, algo que se ve también en los anillos, como los del ejemplar de este abeto solitario batido por el viento en Villanúa (Huesca).

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Sabina negra, la longevidad como estrategia

Sobre un suelo mínimo, bajo altas temperaturas y pese a las sequías, crece durante siglos la sabina negra. "En un sitio tan limitante, sería lógico dejar un banco de semillas para cuando vuelvan los buenos tiempos". Pero la estrategia de esta especie es la longevidad y librarse de insectos y hongos gracias a esencias y resinas que le dan su peculiar aroma. Tallos y raíces se retuercen sin un claro porqué. Además, "cada raíz no lleva savia a todo el árbol, sino que la distribuye por compartimentos estancos". Así, "una sabina puede estar muerta en un 80% y el resto viva".

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En la foto, la flecha horizontal indica la parte mas vieja; la vertical, la más joven.

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