Sociedad
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Día de santos

Hoy en día, tomarse en serio la muerte forma parte de lo prohibido. Pero la desaparición de nuestros seres queridos es, junto a la enfermedad, uno de los retos existenciales a los que todo ser humano debe dar una respuesta.

Cuando mi padre murió tardé varios años en digerir su pérdida. De hecho, todavía me sigue doliendo. Y ya han pasado casi treinta y seis. Sigo recordando su presencia y su partida. Son muchas las cosas que hubiera querido hablar con él. Muchas dudas que me hubiera gustado consultar y conversar. Pero, posiblemente, nada sería como es, ni yo mismo como soy. De facto, mi vida y la de mi familia no sería. Los renglones torcidos por los que han discurrido estos años no habrían sido, precisamente, más rectos. Todo sería distinto. Seguro. Habría tardado más en caerme del guindo, en dejar de ser un ‘aborrescente’ subsumido en la típica adolescencia insoportable. Me habría costado mucho más descubrir y cambiar tantos detalles que tuve que asumir sin transición. ¡De golpe! El hecho de su pérdida me obligó a despertar.

Los contratiempos nos sacan del sueño donde la rutina nos instala. La idealización de lo deseado rara vez coincide con lo que se tiene y se vive. Por eso, imaginar lo que no fue ayuda poco. Conjeturar sobre lo que habría sido, menos. Instalarse en el quizá, en quién sabe, en ojalá hubiera… tampoco sirve, ni resuelve la falta del ser querido. La distancia que pone el tiempo cicatriza este tipo de herida, si y solo si nos damos permiso para vivir. Cuando pasan los días la inercia nos lleva a olvidar el dato de la vida como algo efímero y misterioso. Cuando los años pasan, la mochila se va llenando de recuerdos y de ausencias. La conciencia del tiempo, a poco que uno se detenga a pensar, empuja a reconocer lo volátil del propio hecho de existir.

En esa vivencia intransferible de volatilidad, la memoria se convierte en el arma con la que olvidamos lo que no queremos recordar. Pero también es el ancla donde sostener la esperanza y los sueños que permiten seguir volando, al imaginar, y haciendo, al caminar. Ahí, en esa tensión, cada quien busca sentido a su propio viaje, siempre dentro de los límites de lo socialmente disponible. En cada sociedad y en cada época las interpretaciones cambian, los usos se transforman y las ideas existentes ofrecen ‘perchas’ diversas donde sujetarse ante la incertidumbre. La más radical, la muerte de un ser querido, seguida de la enfermedad. Ante eso uno se siente desbordado y desarmado.

Hoy pese a las grandes conquistas científicas sigue siendo un reto. Un reto que cada quien se debe responder. Sabiendo, como escribía James Frazer (1854-1941) en ‘La Rama Dorada’ que «en último análisis, magia, religión y ciencia no son más que teorías del pensamiento, y así como la ciencia ha desplazado a sus predecesoras, así también puede reemplazarla más tarde otra hipótesis más perfecta, quizá algún modo totalmente diferente de considerar los fenómenos, de fijar las sombras de la pantalla, que en esta generación no podemos ni siquiera imaginar». Sin embargo, cualquier apuesta personal está limitada socialmente.

En nuestro país, en Aragón, al igual que en otros lugares de tradición católica, se fija en el calendario el 1 de noviembre como el día de Todos los Santos. Forma parte de un ritual construido sobre las bases cristianas de nuestra historia. Aunque ahora solo parece un festivo más, es un día especial. Es un día solemne porque recuerda a quienes no están y el futuro que aguarda a quienes creen. Es un futuro de gloria y de celebración, una esperanza alejada de zombis, de monstruos y brujas. No es un día para frivolizar ni simplemente consumir disfraces jugando a ‘truco o trato’. Es una ocasión para destacar las virtudes que hacen de alguien una buena persona. Y es un día para situarnos ante el final ineludible de la vida. Algo que hoy se oculta, se esconde y se calla como tabú. Forma parte de lo prohibido tomarse en serio la muerte. Quizá porque las dinámicas de la sociedad de consumo de masas nos llevan a otros derroteros. A modas superficiales marcadas por la aceleración de los deseos, de las prisas por gastar y disfrutar narcotizando la propia conciencia. Se nos olvida que vivir es un don, no un simple derecho que se pueda comprar en una máquina expendedora. Y hoy también se nos olvida que cuando uno está vivo ha de celebrar y gozar cada bocanada de aire que respira.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

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