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Sociedad

El síntoma de la 'a'

La batalla política del feminismo y la omnipresente imposición de la perspectivade género necesitan un contrapunto. La defensa de la libertad individual y de laigualdad no debería convertirse en arma para una descarada lucha por el poder.

La 'a', con la que designamos el género femenino, ha venido para desbancar a la 'o'.
La 'a', con la que designamos el género femenino, ha venido para desbancar a la 'o'.
Krisis'18

La letra ‘a’, esa que es la primera de nuestro alfabeto y primera vocal, se ha convertido en un síntoma. O mejor dicho, es la muestra donde se refleja un cansino proceso de transformación social para pensar y confrontar. Con la ‘a’ comienzan palabras fundamentales para la vida como amor, agua, alimento, amanecer, alma, ayuda, aquí, ahora… Y en español, como cualquiera sabe, con la ‘a’ asignamos el género femenino a lo que corresponda. La ‘a’ es la gran vencedora de esta última década. Ha venido para quitar del pedestal a la ‘o’, que estaba en todas partes, pero también a la neutral ‘e’, tan socorrida e interesante. La ‘a’ es expresión de una lucha y de una mutación social. Es el instrumento quirúrgico de unas que saben que con las palabras se construye el mundo. Pero la ‘a’ ha sido secuestrada como herramienta de uso político. Está en manos de quienes, bajo capa de crear un lenguaje inclusivo y no sexista, ven por todas partes la sombra del patriarcado e imponen su lógica por encima de cualquier otro argumento con el propósito de conseguir más poder para sí.

El colmo de esta deriva llegó cuando al miembro, la entonces ínclita ‘ministra’ de igualdad, contrapuso la ‘miembra’. Con antelación, portavoces y jueces, entre otros vocablos, pasaron por la cirugía de la ‘a’, de tal modo que hoy tenemos ‘juezas’ y ‘portavozas’. No así ‘poetos’ que prefieren seguir siendo poetas, sin que por ello sientan maltrato o perjuicio, porque tampoco querrían ser ‘poetisos’. Y lo mismo con pediatras, psiquiatras, violinistas, chelistas… quienes no se sienten raros, discriminados e invisibles por no tener una ‘o’ bien puesta.

Más allá de la ironía, la batalla política del feminismo y la omnipresente imposición de la perspectiva de género necesita un contrapunto. No quiero ser feminista precisamente por no ser machista y no soportar el adocenamiento del gregarismo acrítico. Además, una ideología no es lo mismo que una psicología, aunque puedan señalarse intersecciones. En sentido estricto, no es correcto decir ‘el feminismo’, en singular, cuando es un constructo político heterogéneo habitado por gentes -y ‘gentas’, por lo de la ‘a’- de todo pelaje y condición. En ese universo de feminismos, hay más de una dispuesta al uso de la violencia, al abuso de poder y a imponer su lógica por medio de lo que sea necesario. Una feminista no es necesariamente pacifista, pudiendo ser más racista y clasista que el peor de los ‘machistos’.

Estoy parcialmente de acuerdo con ‘bell hooks’ (en minúscula, como ella quiere) y su «Feminismo para todo el mundo» en la crítica a los privilegios y a la desigualdad; no comparto el énfasis imperativo con el que convierte un análisis acertado en una etiqueta universal. La sencillez de su explicación del feminismo como «un movimiento para acabar con el sexismo, la explotación sexista y la opresión» no se ajusta a lo que es y luego amplifican los medios y aprovechan en la política profesional. La apuesta por la igualdad, por la libertad y la solidaridad no es patrimonio (¿debería decir matrimonio?) de los feminismos, más bien a la inversa. Los feminismos no dejan de ser un resultado parcial del pensamiento humanista crítico e ilustrado. Esa es la senda por la que conseguir objetivos socialmente transformadores y eficaces. Las personas somos la prioridad. Con los juegos del lenguaje modelamos el mundo y activamos procesos de conciencia, pero al rebosar el vaso debemos pensar qué hacer con los efectos de quienes solo buscan cambiar de manos el poder recurriendo a la cirugía léxica, como la de la ‘a’.

A este juego se han apuntado tipos -y tipas- con intereses divergentes. A mi juicio, los peores -y las ‘peoras’- son intelectualmente rastreros y moralmente peligrosos, pues dicen lo que hay que decir mientras no cambia el viento. Palabras medidas, ajustadas al poder dominante. Con su puñal escondido hasta que la oportunidad permita clavarlo en la espalda de quien obedecen como corderitos, mientras es más fuerte su cobardía que la posición del otro. Eso es lo que hay que combatir. El contrapunto es la defensa de la libertad individual por encima de cualquier otro propósito, sabiendo que solo se puede ser libre -y ‘libra’- si las demás personas lo son.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

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