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Opinión

Sexo, amor, sociedad

Hoy, ‘salir del armario’, pregonar la intimidad y hacer de ello un baluarte, una cuestión de orgullo, se ha convertido en obsesión pública. El cuerpo se declara propiedad particular donde cada quien hace lo que le viene en gana. No hay límites para el deseo.

Chaime Marcuello Servós 12/07/2018 a las 05:00
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Sigmund Freud publicó en 1905 ‘Tres ensayos de teoría sexual’. Fue una obra que revisó sucesivamente hasta la sexta edición de 1925. Los elementos fundamentales estaban presentes en trabajos anteriores sobre la histeria y la neurosis. En el prólogo a la tercera edición escribía: "'Los ‘Tres ensayos de teoría sexual’ no pueden contener más que lo que el psicoanálisis necesita suponer o permite comprobar. Por eso queda excluido que alguna vez puedan ampliarse hasta constituir una ‘teoría sexual’, y es comprensible que ni siquiera tomen posición sobre muchos problemas importantes de la vida sexual". Dicho lo cual, sirvió para lo contrario, teorizó más allá de: ‘Las aberraciones sexuales’, ‘La sexualidad infantil’, ‘Las metamorfosis de la pubertad’. De hecho, ese era su propósito tras publicar ‘La interpretación de los sueños’. En cualquier caso, la teoría psicoanalítica abrió un universo y rompió muchos moldes. Freud fue acusado de inmoralidad por rebasar límites axiológicos que hoy han sido desbordados de manera entonces inimaginable.

El psicoanálisis freudiano ha sido cuestionado desde el dogma del materialismo realista predicado por Bunge y sus acólitos que lo consideran una pseudociencia. Pesa poco en los planes de estudio, en parte por desinterés e incapacidad, en parte por modas y nuevas aproximaciones a lo psicosocial. Incluso, en buena medida, por considerarse un asunto decimonónico. Sin embargo, la explicación freudiana de la psique individual, su distinción de los planos de conciencia ha servido para conocer mejor la vida en sociedad y transformar el mundo que describió, nombrando lo que no se nombraba. Así, decía: "El hecho de la existencia de necesidades sexuales en el hombre y el animal es expresado en la biología mediante el supuesto de una ‘pulsión sexual’. En eso se procede por analogía con la pulsión de nutrición: el hambre. El lenguaje popular carece de una designación equivalente a la palabra ‘hambre’; la ciencia usa para ello ‘libido’".

Freud vivió un tiempo donde el sexo y la sexualidad eran tabú. En cierto modo porque era una parte sacralizada, privada y religiosamente organizada de la vida social. Los límites simbólicos de su sociedad constreñían la interpretación de las pulsiones, los roles sexuales y las respuestas socialmente aceptables tanto para hombres como para mujeres. Aquel universo ha sido transformado radicalmente. El sexo y la sexualidad siguen siendo temas íntimos, pero hoy se han convertido en una mercancía y en un asunto político. Hay quien considera que son parte de las ‘commodities market’, de las materias primas que alimentan el mercado y las interacciones sociales. Se presentan como un ‘consumible’, como material fungible. Es un asunto desacralizado, para lo bueno y para lo malo, que impregna redes sociales, computadoras, televisiones, pantallas. En las sociedades occidentales se ha trivializado separando la pulsión –…nutritiva, el hambre–, del valor transcendente que conecta con lo sagrado y mistérico de la vida humana. Por un lado, se han abierto las miradas, reclamando el respeto a la diversidad y a las diferencias, normalizando "las aberraciones sexuales" que describía Freud. Por otro, la sociedad ya no facilita caminos claros y definidos. Lo normal es la disolución de normas. Ahora es una tarea personal e intransferible delimitar, por ejemplo, cuánto de amor tiene el sexo o cuánto pesa el placer individual. Los significados culturalmente asignados a cada una de esas dimensiones, además, se han (re)cargado de contenido político. Así se ha convertido en obsesión pública ‘salir del armario’, pregonar la intimidad y hacer de ello un baluarte. Una cuestión de orgullo. El cuerpo se declara propiedad particular donde cada quien hace lo que le viene en gana. Igual que se tatúa, se perfora o se escarifica: no hay límites para el deseo, las pasiones y la posesión. Sin embargo, algo frágil, intangible e incorpóreo parece reclamar el espacio perdido en esta gran mutación. Se han roto los límites de la represión, la sublimación que antes cercenaba emociones se ha disuelto en otros procesos. La pregunta es si esto nos hace más felices y libres.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza





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