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Opinión

La mudanza de una Facultad

La mudanza de la Facultad de Filosofía y Letras ha venido a poner de manifiesto que quien pretenda sabiduría constante deberá adaptarse a frecuentes cambios.

Alberto Sabio Alcutén 10/07/2018 a las 05:00
Traslado del material de la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza.Guillermo Mestre

Ha llegado, por fin, la anhelada reforma al edificio de la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza. "Nada es permanente a excepción del cambio", decía Heráclito. Con la Facultad de Letras casi se equivoca Heráclito: sus instalaciones parecían inamovibles, ancladas en el pasado, en la cápsula del tiempo, preparadas para cualquier rodaje de ‘Amar en tiempos revueltos’. Pero no. Por fin es tiempo de mudanzas en el viejo caserón del campus universitario. Filólogos, geógrafos, historiadores, documentalistas, filósofos y periodistas se apresuran estos días a limpiar sus despachos y a empaquetar pertenencias con destino al camión de la mudanza. ¡Cuántas toneladas de papel somos capaces de amontonar! Por su acumulación compulsiva, conozco profesores al borde del síndrome de Diógenes. Yo mismo. Los contenedores para reciclar papel no dan abasto, se llenan hasta los topes y rebosan sabiduría venida a menos. Delante de la papelera gigante reflexiono sobre el paso del tiempo. Se dice de él que es un gran maestro. Yo no lo creo: para empezar, va matando a sus discípulos y minusvalora lo que con tanto empeño hiciste hace años. Por lo menos nos relativiza a todos, mecanismo siempre saludable para desinflar egos.

De su dueño tal vez olvidado, y desde luego cubierto de polvo, todo un aparataje docente ha salido del fondo de los armarios de la Facultad. Cachivaches variopintos para unos, auténticas joyas para otros, desde luego con muchos años de antigüedad: una máquina de escribir con caracteres griegos, estereoscopios de otros tiempos para estudiar la percepción de profundidad, planchas antiquísimas para hacer prácticas de paleografía o un lector de microfilm de finales del siglo XIX, de marca alemana, casi de los tiempos de Otto von Bismarck, el principal estratega en el juego de ajedrez de aquella Europa. Hablando de juegos, ha aparecido también, en un vetusto cajón, una caja de mahjong, un juego de mesa de origen chino que se popularizó en Occidente durante la década de 1920. A pesar de contar con más de tres mil años de antigüedad, solo la clase dominante china sabía jugar a mahjong e incluso mantenían las reglas en secreto para que ningún campesino chino las escuchara. Únicamente se volvió de conocimiento público tras la caída del último emperador chino a comienzos del siglo XX. Otros gurús, los de Apple, cuando todavía no se planteaban grandes fusiones, fabricaron en 1970 el ordenador ahora redescubierto en la Facultad. Apenas tiene una memoria de 2 K, menos que el más modesto ‘pendrive’, pero se lo disputarían los museos de arqueología informática.

Esperemos que todo este material se quede en el museo que prepara el propio Decanato, donde se conservará también un gran mural realizado durante la década de 1960 por unos cuantos estudiantes, Alberto Blecua, entre ellos. Con fondo negro y grafiti blanco, es muy similar al que colgaba en el desaparecido Café Las Vegas de Zaragoza.

Varios profesores y catedráticos han cedido generosamente cientos de libros a las bibliotecas o los hemos sacado a los pasillos para libre disposición de cualquier persona interesada, en una especie de feria del libro antiguo fuera de temporada. Me pregunto cómo hubiese sido esta mudanza en un mundo predigital, sin contenidos ‘online’, donde el soporte en papel tenía un componente patrimonial más estratégico y no solo fetichista. ¿Nos desprenderíamos de esos tomos amarillentos de forma tan rumbosa?, ¿o hubiésemos sido más celosos en la privatización de esos saberes vetados por otras vías, como las elites chinas con el juego mahjong?

La mudanza de la Facultad ha venido a poner de manifiesto que quien pretenda sabiduría constante deberá adaptarse a frecuentes cambios. Sea en soporte digital o en analógico, la cultura siempre nos hace más libres. Nos vamos del edificio, pero volveremos dentro de cuatro años. O eso esperamos. Mientras tanto, acumularemos viejos teléfonos móviles en el fondo del cajón. Inasequibles al desaliento.

Alberto Sabio Alcutén es profesor de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza





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